Viernes, 15 de Diciembre de 2017
14:55 CET.
Béisbol: 51 Serie Nacional

'Out' por regla

En vísperas de la 51 temporada nacional de béisbol, los fanáticos y especialistas se enzarzan en un debate sobre el futuro.

Los más optimistas —una buena parte de los periodistas deportivos oficiales, forzados a ofrecer un rostro esperanzador— consideran que, a pesar de las sucesivas derrotas en eventos internacionales, el béisbol cubano goza de buena salud.

Los especialistas opinan que si los triunfos no llegan en racimo, como hace 15 años, es porque a día de hoy, Cuba se enfrenta a equipos profesionales, con mejor nivel de juego. Fracasados, mediocres o descartes, a fin de cuentas, dicen, son peloteros que dominan el abc técnico-táctico y tienen rigor competitivo.

Solo que… justificar las derrotas y buscar culpables donde no los hay ha sido una constante en 52 años de régimen. Aquéllos por cuya sangre corren bolas y strikes, están que trinan debido a la sobrevaloración y expectativas creadas por los medios estatales acerca de la selección nacional.

No se olvide que en Cuba los amantes de la pelota sufren de desinformación crónica, dada la falta de conectividad a internet y la escasa divulgación de las mejores ligas profesionales del mundo.

Súmese a esto el espejismo que provocan las estadísticas en las campañas locales: en la última temporada, 77 bateadores promediaron por encima de 300. Por contrapeso, en 2010, en las Grandes Ligas, sin discusión el mejor béisbol del mundo, solo 23 peloteros batearon por encima del mágico guarismo. Si en 2011 apenas tres toleteros de las Mayores conectaron más de 20 jonrones, en la pasada temporada 16 bateadores criollos superaron la cifra.

Dos de ellos, José Dariel Abreu y Yoennis Céspedes —quien luego abandonó el país y ahora es pretendido por una veintena de equipos norteamericanos— pegaron 33 vuelacercas, estableciendo una cota nacional.

Más allá, las estadísticas de bateo son de espanto: colectivamente se promedió para 298, el chorro de carreras por juego es abrumador, y preocupa la baja calidad de la mayoría de los lanzadores.

Los defensores de la teoría de que Cuba ha trastabillado, pero que nuestro béisbol sigue estando entre los mejores del mundo, se agarran a la hipótesis de que de una u otra forma, siempre ocupamos un lugar en el podio de premiación.

Es una buena manera de engañarse a uno mismo.

Ya en el Clásico 2009 obtuvimos un quinto escaño. Mientras los eventos internacionales no se respetan porque a la verdadera pelota de calibre, llámense Grandes Ligas de Estados Unidos, Japón o Corea del Sur, no le interesa esas competencias, en el Clásico se juega un béisbol diplomático y de vitrina para estrellas que llegan pasados de peso y fuera de forma.

Véase cómo el triunfalismo exagerado en los medios oficiales cubanos lleva al autoengaño. De los más de 350 peloteros que han huido de la Isla en los últimos veinte años, los que han brillado allende los mares pueden contarse con los dedos de las manos. Y sobran dedos.

La discusión actual de especialistas y fanáticos se centra en la estructura que debe adoptar la pelota nacional para su relanzamiento.

Algunos argumentan que 17 equipos es una locura. Otros apoyan la tesis de diseñar un evento con seis novenas. Es cierto que en la actual serie nacional sobran el 60% de los equipos. Según sus defensores, la solución serían pequeños parches para lograr un equilibrio entre defensa y ofensiva. Pero, ¿un número reducido de novenas mejoraría el actual nivel?

Medidas y soluciones

En la próxima temporada, que arrancará este domingo 27 de noviembre, Higinio Vélez, director de la Federación de Béisbol, dijo que se utilizará la pelota Mizuno 200, con menor bote, en sustitución de la Mizuno 150.

Además, se elevará el montículo a 15 pulgadas —tres por encima de la reglamentación internacional—, una medida que busca lograr más paridad en el duelo bateo-picheo, permitiéndole a los lanzadores alcanzar unas millas extras en sus rectas.

Es cierto que la Mizuno 150 era un misil disfrazado de pelota. Pero, aún con una bola de poco bote y una tabla de lanzar más elevada, la fiesta de batazos en la pelota nacional continuará.

La razón principal son las pocas armas que poseen la mayoría de los lanzadores. Apenas rectas y sliders. Encontrar un lanzador como Yadier Pedroso, con un tenedor de nivel y un excelente cambio de velocidad, es una rareza. Ya no se ven jamás las bolas de nudillos o las rectas cortadas. A ello se suma la mala calidad de los terrenos y los numerosos errores defensivos que esto provoca.

El béisbol nacional tiene que cambiar, pero no de arriba abajo, sino a la inversa. Desde hace dos décadas, jugar pelota en Cuba dejó de ser un placer. Atrás quedó la época en que la industria deportiva local confeccionaba guantes, pelotas y bates.

Ahora mismo en La Habana han desaparecido cerca de medio centenar de terrenos. En otros se practica fútbol, un deporte sin arraigo nacional pero que cuenta con el visto bueno del Estado y cuatro emisiones televisivas donde se refleja lo que acontece en las ligas de Europa y América del Sur. Eso está bien. Lo malo es que a la pelota profesional no se le dedica ni una línea.

Los niños que en este siglo XXI practican béisbol en Cuba, es gracias al sacrificio de sus padres. Estos tienen que comprar en moneda dura guantes, pelotas, spikes y bates de aluminio. Y a qué precios. Una pelota cuesta entre 3 y 6 pesos convertibles. Un guante de calidad, más de 30. Un bate de aluminio para las primeras edades sobrepasa los 50 cuc.

Es en la base donde se nota al vuelo que el béisbol cubano anda cuesta abajo. Los torneos infantiles y juveniles son fantasmales. La prensa nacional apenas les da cobertura. Se juegan 36 partidos anuales en terrenos desnivelados y pedregosos. Los alevines se desplazan en vehículos inadecuados y meriendan lo que sus padres sean capaces de proporcionarles. Amén de que compiten con las gradas vacías.

Si al relevo sigue sin prestársele atención, a la vuelta de diez años el béisbol seguirá en picada. El mal de fondo de la pelota no es si Alfonso Urquiola o Rey Vicente Anglada dirigen la selección nacional. Es de estructura.

La solución parece simple. Debido al embargo, no es posible autorizar a los peloteros a competir y topar en ligas profesionales en Estados Unidos. Pero si se desea subir el nivel se debe consentir que Japón, Corea del Sur o México contraten jugadores cubanos. Así y todo, esta medida por si sola no catapultaría a la pelota local a los lugares cimeros que desea la afición.

También hay que reciclarse en materias técnicas y de estrategias. Aunque, para empezar, se debiera abrir el portón.

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