Domingo, 17 de Diciembre de 2017
05:39 CET.
Béisbol: Serie Nacional

El béisbol cubano necesita un cambio de estructura

Ya fue anunciado. En la próxima temporada beisbolera competirán 17 equipos. La serie numero 51 se iniciará el 28 de noviembre. Mantendrá la misma estructura actual de dos zonas, occidental y oriental. Con una ligera variante: en la llave occidental rivalizarán nueve novenas, por ocho en la oriental.

Esta organización se debe a los últimos cambios político-administrativos ocurridos en Cuba. Desde el 1 de enero de 2011, la antigua provincia Habana se dividió en dos territorios: Mayabaque y Artemisa.

Tienen derecho a participar en torneos nacionales. Pero sucede que la pelota nacional, debido a su caída en picada, presenta una plantilla inflada. Veamos los puntos a favor y en contra.

Cuando Fidel Castro llegó al poder en 1959, la nueva política deportiva tuvo como meta diversificar el deporte por todas las provincias. La liga profesional existente la conformaban cuatro clubes: Marianao, Habana, Almendares y Cienfuegos.

Desde 1946, cuando se inauguró el Estadio del Cerro, todos los juegos se realizaban en esa sede. En 1961 Castro decidió abolir el béisbol profesional. Un año después se crea un torneo amateur de nuevo formato con cuatro equipos. En años posteriores esto fue cambiando. Y se jugaba en todas las provincias.

En 1977 se diseña una estructura con 18 conjuntos. Matanzas, Pinar del Rio y Ciudad de La Habana contaban con dos novenas, producto de la gran cantera de jugadores que tenían.

En 1991 se crea la actual estructura, con 16 equipos. Cada una de las 14 provincias contaba con una selección. Más el municipio especial Isla de la Juventud y Ciudad Habana, que debido a su desarrollo y resultados mantuvo dos novenas, Industriales y Metropolitanos.

Contaba con 90 partidos para cada equipo. Y un calendario de play-offs al mejor de cinco la primera ronda y de siete a ganar cuatro semifinales y la gran final. Fue, y ha sido, un éxito de taquilla y audiencia televisiva y radial. Sobre todo los play-offs. Desde hace un par de años, todos los juegos de post-temporada se juegan al mejor de siete.

Al desaparecer las series selectivas, un torneo extra que se jugaba después de la campaña nacional, con un techo de calidad más alto, y al concentrase en ocho equipos los mejores peloteros del patio, quedó únicamente la temporada de 90 juegos. Que dio resultado durante varios años.

Existía y existe rivalidad y las provincias se ven representadas. Pero el actual nivel del béisbol nacional no justifica un torneo con 17 equipos.

Japón, con 127 millones de habitantes, tiene doce equipos en su liga profesional. Estados Unidos, con una población de alrededor de 300 millones, organiza sus Grandes Ligas con 30 conjuntos. Si se mira hacia Corea del Sur, República Dominicana, Puerto Rico o Venezuela, indiscutibles potencias beisboleras, se ve que en sus torneos no participan 17 equipos.

La serie nacional de béisbol es el mayor espectáculo deportivo en Cuba. Y el que más gente convoca de manera espontánea. Un juego candente entre Industriales y Santiago de Cuba lleva a las gradas del viejo Estadio del Cerro a casi 60 mil espectadores. Pero el descenso de calidad en nuestra pelota ha provocado que numerosos fanáticos se alejen del principal pasatiempo.

Entre las causas, defensa errática, malas estrategias de directores, un pitcheo sin rigor, novenas que no tienen establecido quiénes son abridores, estabilizadores y cerradores.

A ello, súmesele que la calidad de los lanzadores es lamentable. Cuesta reunir quince lanzadores de nivel para eventos internacionales. Para desgracia mayor, está el problema de las continuas fugas de estrellas y jóvenes talentos.

Debido a la desacertada política de los jerarcas criollos, de no autorizar a competir a peloteros en eventos foráneos, los jóvenes deciden marchase en balsas o abandonan sus concentrados cuando están de gira en el extranjero.

Más de 300 peloteros han huido de Cuba en los últimos 20 años. Y no se vislumbra un fin. Por tanto, conformar un torneo con 17 equipos parece, cuando menos, exagerado.

Estirando el chicle al máximo, la actual calidad del béisbol cubano daría para unas ocho novenas. No más. Se pensaba que en la venidera temporada los federativos iban a realizar los urgentes cambios que pide a gritos el deporte nacional. Pero no. Se apearon con la noticia de mantener la estructura, e incluso agregaron un equipo. Los analistas y especialistas de la pelota cubana han escrito toneladas de artículos invocando a una nueva estructura. Sus análisis han caído en saco vacío.

Por estos días, los partidarios de la actual organización armaron una campaña mediática para que apartaran a Metropolitanos del torneo. La lógica de los que defendían esa opción era que al haber 17 conjuntos, en todas las jornadas habría un equipo de descanso, ocasionando gastos a la precaria economía local.

Por suerte, los mandamases no eliminaron a los Metros. Sí, deben haber cambios, pero no eliminando al segundo equipo de La Habana. Argumentos tontos y pueriles, de que una nueva estructura cambiaría las estadísticas, llevó a los directivos a dejar las cosas como estaban.

Esa mentalidad de inmovilismo, típica de los dirigentes e instituciones en Cuba, causa más daños que beneficios.

La Habana, por cantidad de habitantes, técnicos de nivel y resultados en todas las categorías, debe tener dos equipos. Desde hace 15 años, la capital es la potencia número uno, a partir de la categoría 9-10 años hasta el nivel juvenil.

Si los Metros, en la serie élite, llevan cinco años siendo sotaneros, no es debido a la calidad del béisbol capitalino. Es resultado de más de 150 fugas de jugadores.

De lo que se trata, de alzar el techo de la pelota en Cuba, 17 equipos son demasiados. Se debería autorizar a los peloteros a competir en ligas profesionales. Sólo así se acortarían distancia con las potencias del Caribe, como República Dominicana, que con sus 400 jugadores en las Mayores nos deja sin aliento.

Desde hace un tiempo, el béisbol cubano va cuesta abajo. La solución está a la vista. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.

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