Sábado, 16 de Diciembre de 2017
18:20 CET.
Deportes

Kendrys Messi y Cristiano Chapman

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Pregúntesele a ese segmento de personas en edades comprendidas entre 17 y 30 años sobre grandes luminarias del béisbol cubano de todos los tiempos y, salvo contadas excepciones, se obtendrá la callada por respuesta.

Pocos saben que uno de los padres de nuestro deporte nacional se llamó Esteban Bellán. Casi nadie conoce que Cristóbal Torriente o Atanasio Pérez tienen un sitio en el Hall de la Fama de Cooperstown, EE UU. Del matancero Martín Dihigo se sabe más. Que era negro, que jugaba todas las posiciones y que fue el primer cubano en ingresar al sitio de los inmortales del béisbol.

Es fácil señalar al culpable de que los jóvenes —y no tan jóvenes— desconozcan una parte significativa de la historia de 137 años de béisbol cubano: la política del gobierno y sus medios, empeñados en glorificar exclusivamente el béisbol amateur que se juega en la Isla desde 1962.

Después que Fidel Castro tomara el poder en enero de 1959, se ha querido olvidar y manipular el pasado en diferentes esferas. El deporte de las bolas y los strikes es uno de ellas. Es tan deficiente el quehacer de un amplio sector de la prensa deportiva, que ya apenas se menciona a destacados jugadores de las primeras series nacionales.

Peloteros que jugaron en la liga profesional o en la amateur y que decidieron residir en Cuba después del 59, por regla general, permanecen en el ostracismo y la omisión. Durante años, la política de los jerarcas que controlan y diseñan la información en Cuba pretendió desconocer, eclipsó o intentó borrar un trozo importante de la pelota prerrevolucionaria.

Era la etapa en que danzábamos al compás de los países de Europa del Este, liderados por la URSS, cuando se le prestaba especial atención a la supremacía deportiva socialista.

El gobierno de Castro subsidió el deporte para vender la imagen de un sistema social superior al capitalista. Faltaba la mantequilla y la carne de res, pero en la década del 80 y a principios de los 90, Cuba tenía el mayor per cápita mundial de campeones olímpicos: se fabricaban en serie.

Sin embargo, en 1991 llegó el período especial. Y la Isla entró en una guerra sin tiros. Por no hacer bien los deberes en materia económica, se habían dilapidado rublos y petróleo soviéticos en proyectos descabellados o en guerras civiles por África.

De golpe, la nación cayó a las puertas de la indigencia. Y tal retroceso de la economía causó estragos en el deporte. El régimen intentó salvar los muebles y contra viento y marea, mantuvo los torneos nacionales.

Pero esa crisis económica, que dura ya 21 años, incitó la fuga de jugadores brillantes que deseaban ganar salarios de seis ceros en Estados Unidos. El goteo de fugas ha sido continuo. Más de 320 peloteros se han marchado del país a jugar como profesionales. Y por supuesto, no se van los mediocres. Hoy compiten en circuitos rentados peloteros tan talentosos como el lanzador Aroldis Chapman, el inicialista de los Angelinos de Anaheim Kendrys Morales, o el torpedero de los Azulejos de Toronto, Yunel Escobar.

Fidel Castro pudo revertir la huida de peloteros tirando abajo las obsoletas cláusulas que impiden a los deportistas cubanos firmar por clubes extranjeros. Quizás su hermano Raúl se dé cuenta de que manteniendo dicha política se pierde más de lo que se gana.

En los Lineamentos económicos emanados del VI Congreso del Partido Comunista se contempla estudiar la posibilidad de que clubes foráneos contraten a atletas de la Isla. Pero mientras los leguleyos analizan estrategias, decenas de deportistas planifican sus fugas.

Fútbol internacional contra las 'malas' influencias del béisbol norteamericano

Para intentar amortizar las "malas" influencias del béisbol de Grandes Ligas y el baloncesto de la NBA, deportes estrella en Estados Unidos —el enemigo público número uno—, los mandarines criollos han optado por difundir fútbol internacional, sobre todo de las ligas española, inglesa e italiana.

No está mal. Todos aplauden poder ver en vivo y con una producción televisiva de primera la Eurocopa, la Copa del Mundo, la Liga de Campeones o los clásicos entre el Barça y el Real Madrid. En estos momentos, existen en Cuba cuatro espacios televisivos semanales dedicados al fútbol mundial.

Los jóvenes de entre 17 y 30 años conocen la biografía completa de Leo Messi, Cristiano Ronaldo o Andrés Iniesta. Saben del romance de Iker Casillas y su novia, la periodista deportiva Sara Carbonero, o del affaire de Shakira con Gerard Piqué.

También, para intentar desviar la atención de las Grandes Ligas, por la tele divulgan en diferido carreras de motociclismo y de Fórmula Uno, baloncesto de la liga ACB española, torneos de tenis y hasta deportes extremos y excéntricos.

Se trasmite de todo, menos béisbol estadounidense. A la caída en picada de la calidad de los torneos nacionales, se suma además que en ningún medio local se informa siquiera del acontecer beisbolero en Asia y otros países de América.

Esto ha provocado que a niños y adolescente les esté gustando más el fútbol internacional que la pelota. Muchos se pintan el rostro con la bandera española o alemana para ver un encuentro. Pagan una cantidad de dinero que excede tres veces el salario de sus padres para hacerse con una camiseta azulgrana de Messi o una merengue de Cristiano Ronaldo.

Si esa fiebre por el fútbol mundial se reflejara en una mayor calidad del fútbol nacional, bienvenida fuera. Pero no. El balompié cubano sigue siendo un chiste de mal gusto: tipos rudos que intentan tocar un violín.

Ahora mismo se efectúa el campeonato nacional y los "expertos" locales del fútbol foráneo ignoran sus resultados. Se saben de memoria las plantillas completas del Madrid, Barça, Milán o Manchester, pero desconocen el once regular del equipo de su provincia.

Si al desconocimiento de la historia de 137 años de pelota cubana, se añade el silencio sobre el béisbol internacional, al ritmo de una marcha fúnebre se está sepultando el deporte nacional.

De seguir las actuales políticas de difusión, dentro de un cuarto de siglo el béisbol será un deporte de segunda en Cuba. Y la culpa no la tendrá el embargo.

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