21 de Mayo de 2012 - 06:20 pm

poesía

Vamos a recorrer los cuartos en que anduvimos...

'La peluquería improvisada, los cepillos,/ la acetona, los algodones,/ el pelo cortado en el piso es la alfombra,/ los espejos, tú y yo.'

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vamos a recorrer los cuartos en que anduvimos

juntas

las casas,

las sombras,

la noche, el mosquitero,

los zumbidos.  También la madrugada

y los patios.

Había dos patios, uno grande donde las gallinas

y las chivas y el perro caminaban,

había el cementerito verde

donde entre dos o tres matas de clavel

nacían ajos.

Había una ventana y mirábamos

y de ella el patio un tramo.

Imaginemos un autobús

solitario que nos pasea entre los cuartos.

La sala,

entramos.  Se esconden las caras al vernos llegar.

El sillón dando vueltas.  Nos sentamos.

Lo imaginamos de carrusel y polvo.

Abrimos la ventana y la otra ventana

y cerramos las ventanas.

Los muebles son negros.

La mesa tiene mantelitos bordados.

Observamos los muñecos,

la bailarina, el elefante,

la jirafa y los tres reyes mosqueteros.

La peluquería improvisada, los cepillos,

la acetona, los algodones,

el pelo cortado en el piso es la alfombra,

los espejos, tú y yo.

Los bombillos arriba y te digo:

no enciendas la luz, las cucarachas bailan,

los patines tirados, dos de un mismo pie.

La saleta guarda los fantasmas

que se esconden detrás del sofá y el radio callado

dice que es de noche.

 

No puedo seguir en este recorrido

porque no estás.

Aquí entro.  Abro las dos o tres cartas

que anuncian objetos perdidos.

La llave se traba.

La puerta habla bajito. La luz apagada,

una pequeña llama.

El baño, los cigarros,

la falta de vino para recordar los pasos,

el tilo, la cama.

Quiero recordarte, pero escapas.

La noche hace acordarme

que te hubiera traído

a un país diferente. Como si la enfermedad

escapara por la ventanilla de un avión.

Se puede traer el recuerdo, dormirlo

entre los años, despertarlo

en un poema, hacerle una visita

como a un presidiario.

Siento que tenemos que hurgar

como si en la saleta hubiera un tesoro enterrado,

como si tuviéramos que escribir una pequeña historia,

hacer una islita en el patio,

estirar las ramas y vernos dos plantas

encaramándose en el aire.

La casa tiene sus limitaciones.

Es una isla.  La cocina es de abuela,

el baño de todos,

el comedor de abuelo,

la sala de mi madre

y los dos cuartos nos pertenecen

y nos cortan el paso.

Caminamos como las luciérnagas,

tuertas las dos paseamos,

mirando los percheros, el almidón,

la naftalina.

La casa la hubiéramos abandonado en cualquier momento.

Se abriría la nevera,

se arrimarían las sillas,

trataríamos de recordar los almuerzos,

pero no hay vino y la memoria

permanece acorazada en el vaso de agua.

 

 


Magali Alabau nació en Cienfuegos en 1945. Sus últimos libros de poemas publicados son Hemos llegado a Ilión (Betania, Madrid, 1991), Hermana/Sister (edición bilingüe con traducción de Anne Twitty, Betania, Madrid, 1992) y Liebe (La Torre de Papel, Miami, 1993). Acaba de aparecer su libro de poemas Dos mujeres (Betania y Centro Cultural Cubano de Nueva York, Madrid, 2011).

Otros poemas suyos: La soga del ahorcado, La reina de la selva, Volver e Irme.

Comentarios

Imagen de Joaquín Gálvez

Un bello homenaje a esa memoria que permanece acorazada en el vaso de agua. Gracias a DDC por publicar este excelente poema de Magali Alabau.

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