narrativa
Sangre en el ojo
Lina Meruane
|Nueva York
| 14-01-2012 - 3:33 pm.'...quizá sea mi enfermera quien me dice que estire hacia el techo un dedo de la mano que ahora pesa una tonelada y pronto se disuelve. El dedo ya no está. La mano ya no está y tampoco el brazo. Ya no estoy yo.'
¿qué ojo?
Inicio de un protocolo: quítate la ropa, ponte esta bata de franela floreada, ajústate estos pantalones demasiado anchos. Falta la gorra de plástico. Estás preciosa, exclama mi madre. Me ajusto la gorra mientras añade, estás igual que cuando eras una niñita. Mamá, le digo, arreglándome el pelo bajo un elástico descosido, ¿me quieres decir cuándo fui yo una niña? No recuerdo haber tenido ni un solo momento de infancia. Ni un instante de calma. Ni un segundo en el que no pensara cuándo me iba a tocar la varita de la desgracia. Mi madre no responde, hace un mohín, con toda seguridad se muerde el labio. Yo continúo intentando que mi pelo no se venga abajo, pensando por qué será que cuando hago una pregunta nadie me contesta, diciéndome que yo tampoco debiera contestar ahora que empieza el interrogatorio. Voces filipinas con acentos afilados. Una me pregunta quién soy, cómo me llamo. Digo mi nombre completo, lo deletreo. Mi madre confirma que es mi nombre de bautizo. Ignacio verifica que esté escrito como corresponde. Alguien más me toma del brazo y me amarra una pulsera plástica que lleva mi alias de prisionera. Me levanto, me siento. Hace frío, digo, pero ya nadie me responde. Otra voz interviene. ¿Cuál es tu nombre?, dice. Escucho que teclea mientras contesto temiendo equivocarme. Y entonces ¿alguna enfermedad congénita?, ¿qué medicinas estás tomando?, ¿hace cuántas horas que no comes?, no lo sabía ni quería saberlo, ¿fuiste al baño esta mañana?, eso espero, ¿de qué te van a operar?, ¿qué ojo primero? Las voces van cambiando pero son siempre las mismas preguntas: ¿con qué ojo va a empezar el médico?, con el ojo de la mente, ¿te lo han operado alguna vez antes?, sí, ¿llevas placa?, tal vez, ¿y cómo te llamas?, deletrea tu nombre, ¿firmaste los documentos, todos?, ¿qué documentos?, la autorización para grabar la operación, ¿grabarla?, sí, hay que tenerla, por tu seguridad, por si acaso, para resguardarte, ¿alergia a alguna medicina?, ¿alguna intervención quirúrgica previa?, ¿cuál es tu apellido?, ¿qué ojo van a operarte?, ¿éste?, oeste, ¿algún diente falso?, quizá, ¿lentes de contacto?, ¿tu apellido, tu primer nombre?, ¿firmaste?, ¿soltera o casada?, ¿cuál será el primer ojo?, dígale a Lekz que quiero una copia, una, del video, le digo a la voz de turno, me contesta, ¿tienes sida?, ¿has tenido enfermedades venéreas?, ¿cuántos amantes?, ¿mujeres o solo hombres?, dígale el médico que lo autorizo pero que quiero copia, ¿pareja estable?, que yo quiero copia de la grabación, sí, me dicen, ahora le preguntamos, ¿viven tus padres?, ¿estás embarazada?, ¿cuántas unidades de insulina al día?, el doctor manda a decir que para qué quieres copia de la película, para qué podría quererla, digo, para verla cuando pueda ver, con mis propios ojos o con los de Ignacio, ¿y llevas algún anillo?, ¿por qué estás aquí?, para supervisar la maniobra, ¿estatura?, ¿alergia a la penicilina o a alguna sulfa?, ¿a algún analgésico?, ¿de qué te vas a operar?, ¿alergias?, ¿el permiso para grabar la operación, lo firmaste?, ¿pero me darán la copia de esa cinta hermosa y repulsiva, llena de sangre?, ¿alguna prótesis metálica?, todas, soy la mujer biónica, la del ojo de titanio, y me río sola, a gritos, preguntando de vuelta, al aire, quién era el del costoso ojo telescópico e infrarrojo, ¿el hombre de los seis millones de dólares?, ¿él te acompaña?, ¿quién?, ¿qué ojo?, ¿cuál?, ¿estás segura?, ¿y qué seguro médico, que plan?, ¿cuántos hijos tienes?, ¿algún aborto inducido o ilegal?, ¿cuántos?, ¿qué ojo?, ¿y el segundo?, ¿firmaste los papeles?, ¿el derecho o el izquierdo?, ¿el permiso para filmar la operación?, ¿cómo te llamas?, ¿quién es tu médico?, deletrea, ¿qué ojo va a intervenir?, ¿uno solo o los dos?, ¿número de seguridad social?, ¿qué apellido?, ¿el mío o el de mi médico?, ¿alguna enfermedad crónica?, ¿qué medicamentos?, ¿unidades?, ¿gramos?, ¿cuánto pesas?, ¿quién te acompaña?, ¿qué edad tienes?, ¿la autorización para que te operen?, ¿el documento que libera de responsabilidad al hospital por perjuicios?, ¿eres diestra o eres zurda?, ¿con qué mano firmas tu nombre? ¿cuál es tu verdadero nombre?, ¿algún seudónimo?, ¿a qué te dedicas?, ¿qué es la ficción?, ¿y eso qué es, perjuicios?, ¿verdadero o falso?, ¿qué ojo primero?, ¿te duele?, ¿por qué insistes en señalarlo?, ¿es este?, ¿este?, ¿o este?, ¿y tú, quién eres?, ¿de quién es esta gorra?, ¿y este ojo, de quién es?
pura biología
Aspirando todavía ese olor salado adherido a su camiseta. Aferrándome a él le beso la boca y las mejillas cada día más chupadas y la esquina de los párpados. Me atraviesa una extraña felicidad al sentir el contorno de sus ojos agitarse debajo de la piel. Sus ojos vivos. Ignacio me separa y me pone un beso en la mejilla. Mis dedos vuelven a trepar por su rostro pero Ignacio dice por favor deja de hacer eso. Pone su sien junto a la mía y de nuevo me embarga la felicidad de tener un instante de su cuerpo para mí, justo antes de que nos separen. ¿Qué harán ustedes mientras estoy allá dentro? Silencio. Un silencio que me impide adivinar qué gestos hacen, qué caras ponen. ¿Qué van a hacer con tanto tiempo? No será tanto, dice Ignacio afligido, sabiendo que tendrá tres horas enteras con mi madre. Tres horas apenas, insinúa. Cuatro a todo reventar, dos por cada ojo. Comprendo que repite buscando tranquilizarse. Lekz ha dicho, dice Ignacio, que nunca se ha demorado más de cuatro horas en arreglar un par de ojos. Ha dicho que incluso podría tardar menos, si se apura un poco. No te preocupes, añade mi madre (la veo desde tus ojos, Ignacio, reconfortada por la compañía, arreglándose el peinado), no te preocupes, hija, en algo nos entretendremos él y yo. Y lo dice como si dijera: por fin solos. Mi madre tendrá a mi Ignacio para interrogarlo, lo tendrá sobre todo para asediarlo con esas historias médicas que él detesta y que yo crecí escuchando. Historias de errores médicos a las que soy adicta. Ignacio me estrecha en un abrazo y empieza a temblar levemente, me aprieta, me estruja, me sofoca, no me dejes solo con ella parece que me dice. Se le acelera el corazón. La ansiedad elevada a la décima potencia. Pero yo que soy su escudo contra mi madre, su defensora y su secreta victimaria, yo no puedo ya protegerlo. Suéltame, Ignacio, tengo que irme. No te pierdas, dice. Eso espero, digo, y elevo un pañuelo blanco de despedida mientras una mano suave de enfermera me toma del brazo. Es la mano ajena de una filipina que me habla muy despacio. Y seducida por su voz maligna me dejo llevar al lecho donde van a sacrificarme. Me ayuda a encaramarme a la mesa de operaciones. No vas a sentir nada, asegura mientras me clava dolorosamente la aguja del suero y a continuación la aguja de la anestesia. Se me pierde la cabeza con tanta aguja metida en la vena. ¿Estás bien?, pregunta ella, y ésta que soy yo, esta chilena ridículamente cubierta por una bata floreada, le dice, modulando difícilmente, bien no, nada bien, esta camilla está muy fría. Antes de que termine de quejarme ella me lanza una manta encima y el calor me relaja, me adormece. Mi nueva novia filipina me toma por la muñeca, busca mi pulso y suspira un cómo te llamas, quién va a operarte, qué ojo primero, pero yo he olvidado todo, no sé quién soy y no puedo explicar por qué estoy ahí, entre sus brazos, solo espero que ella lo sepa a pesar de sus preguntas, que esas preguntas sean solo una estrategia para distraerme de mis dientes, que ahora rechinan. Y entiendo, porque reconozco su carraspera, que Lekz ya está detrás de mi cabeza, que son sus manos las que me enderezan la cara, me arreglan la gorra, lavan mis córneas con un algodón cremoso; comprendo también que junto a él hay otra oculista que vagamente recuerdo, porque trabaja en la misma oficina de Lekz, porque es, de Lekz, ahora me acuerdo, su mujer. Ella va a asistirlo en su tarea. Todo en familia, aquí dentro y allá afuera, pienso sin retener el pensamiento. Y quizá sea mi enfermera quien me dice que estire hacia el techo un dedo de la mano que ahora pesa una tonelada y pronto se disuelve. El dedo ya no está. La mano ya no está y tampoco el brazo. Ya no estoy yo. Lucina se esfumó, su ser queda suspendido en algún lugar del pabellón. Lo que queda ahora de ella es pura biología: un corazón que late y late, un pulmón que se infla, un cerebro narcotizado incapaz de soñar mientras el pelo continúa creciendo, lentamente, bajo la gorra.
Lina Meruane nació en Santiago de Chile, en 1970. Su obra de ficción incluye la colección de relatos Las Infantas (Chile, 1998; Argentina, 2010), las novelas Póstuma (Chile, 2000; Portugal, 2001), Cercada (Chile, 2000), Fruta podrida (Chile & México, 2007) y Sangre en el ojo (España, Argentina & Chile, 2012). Es la directora del sello independiente Brutas Editoras que opera simultáneamente desde Santiago y una librería en Soho, Nueva York.
Estos textos pertenecen a la novela Sangre en el ojo.



Comentarios
Enviar un comentario nuevo