crítica
'Musulmanes' de Mariano Dorr
Gerardo Muñoz
|Gainesville
| 01-02-2012 - 12:58 am.'La relación entre padre e hijo, tema medular en la literatura moderna, se encara en este relato a la manera de una fascinación perversa por lo desconocido.'
Como Michel Houellebecq, Pola Oloixarac o Juan Terranova, la escritura del argentino Mariano Dorr suele arrastrarnos hacia un territorio en donde coexisten las pasiones y el intelecto, los restos que abruman el comienzo de siglo XXI y la poética de la vida cotidiana, con sus efemérides e indecencias. Es una escritura que podríamos pensarse como "experimento", y no como una poética. No son pocas las novelas que se asoman en la contemporaneidad partiendo desde el "experimento" para establecer cercanías entre varios registros de la cultura global, y de esta manera desmontar las jerarquías de valores que se le adjudican a la tradición literaria.
Mariano Dorr, graduado de filosofía, y a quien conocíamos más que nada por sus ingeniosas notas en el diario Página/12 sobre filosofía contemporánea —y quien por cierto reafirma, luego de leer la novela, su afinidad con Foucault y psicoanálisis— pone al descubierto sus múltiples talentos como narrador en esta primera novela. Y para hablar de ella, tendríamos que comenzar por la misma carátula del libro: un dibujo que, entre la agresividad y la ternura, deja ver la incómoda imagen de un arma de fuego apuntando hacia la cabeza de un recién nacido.
Aunque todavía queda por realizar un estudio profundo en torno al arte de las portadas de libros en relación con sus poéticas, Musulmanes abre con una imagen que desubica al lector y explicita las primeras filigranas del deseo en esta historia. Esa imagen, la de un niño a punto de morir por asalto a mano armada, si bien no aparece en todo el libro, puede ser leída como el leit-motiv de una trama que gira alrededor del embarazo, la familia, la violencia, el intelectualismo, el nihilismo, y la precariedad en los tiempos que se viven.
Con relación a estos temas y otros, la ruta de Dorr es otra, sin embargo. Su libro, a diferencia de la reciente novela de Alejandro Zambra (Formas de volver a casa, Anagrama, 2011), no es una puesta en escena sobre el recuerdo de la infancia, ni tampoco sobre la potencia que se alcanza, al decir de Giorgio Agamben, en cuanto a los límites del lenguaje durante este período de la formación humana. Musulmanes teje, entre la jocosidad de un estilo y la putrefacción decadente de su narrador (supones que se trata del "gesto" del propio Dorr), la historia de cómo la vida aparece, desde sus orígenes, como un deshecho, como un resto abandonado o desquite: como un enquiste que logra, y a veces no del todo, salir de otro cuerpo.
El cuerpo que matiza la novela de Dorr viene siendo una malformación de una historia de amor y del nacimiento entendido como azar electivo y desfigurado. Así, la novela también puede ser leída como una articulación de la desaparición de la familia, marcando la entrada a eso que pudiéramos llamar la vida precaria. Precaria porque ya no existen soportes para alentar los deseos y las utopías de una vida, aunque seguimos hablando de "vida", ya que siguen naciendo seres, cuerpos, bebés que lloran a la noche y que no dejan dormir a los padres. Padres que, por otra parte, aman a esos bebés que son sus hijos.
De ahí también que el título Musulmanes cobre sentido, así como el epígrafe de Primo Levi en la primera página del libro. El "musulmán" —según Giorgio Agamben, figura central del campo de concentración que existe en la medida de su total vida animal (zoe)— no es ya un momento del sujeto frente a la política, sino más bien el grado cero por donde reaparece hoy la subjetividad. Musulmanes somos todos aunque no lo sepamos: el bebé que nace mañana, el que escribe y el que lee, Freud mismo. La vena existencialista que recorre el "experimento" de Dorr también se ha alejado de los antiguos ademanes sartreanos de la autenticidad y de la acción, para vincularse más con el espectro de un futuro poco legible de la cultura de los placeres bajos.
La historia de Musulmanes es la biografía de un padre que espera a su hijo, o mejor, la de un hijo que espera a su padre. ("El infierno debe estar tapizado de hijos", leemos en alguna parte.) La relación entre padre e hijo, tema medular en la literatura moderna, se encara en este relato a la manera de una fascinación perversa por lo desconocido. Al solo abarcar el periodo del embarazo y los siguientes primeros días de vida del nacido, Dorr pone entre paréntesis la inusual relación, desde el punto de vista de la literatura, entre el infante y el padre. Relación signada por la fascinación y el goce: "Que la placenta se forma rápido, que mi pastel no tenga naúseas, que pueda comer cualquier cosa, que Margarita se divertía y sueñe, y nos escuche cuando le hablamos, te amamos hijito, y te estamos esperando para vivir untos el loco de la vida familiar. La más infinita fantasía de amor".
Este padre es, por una parte, un escritor fracasado, o al menos un wannabe escritor. Por otra, es un adicto a la mariguana y la cocaína que recorre Buenos Aires en busca de dealers. Como en la novela Las teorías salvajes (Entropía, 2008) de Pola Oloixarac, el gran logro de Musulmanes es encontrar el espacio de indeterminación entre los placeres bajos y la ternura, entre la precariedad y la honestidad de una escritura que se lee como un diario o como correos electrónicos enviados a ciertos parientes lejanos.
Si la escritura de Mario Dorr es, en efecto, más que una poética un experimento, entendido a la manera de César Aira, entonces este experimento se condensa en la medida que entendemos a la cultura cómo un horizonte de equivalencias. De ahí que circulen por toda la novela la apropiación de Nietzsche y Freud, a la par de la música contemporánea y el mundo de las drogas. Igualando la alta cultura y la pop culture, Mariano Dorr logra hilvanar un mundo en tiempo real, nuestro mundo, en el cual una reescritura de uno de los famosos versos de Paul Celan, como en este fragmento, puede ir trenzada de una discusión culinaria:
"Dejamos de comer los chanchos que nos caracterizaron durante el embarazo, ahora trabajamos el potaje, una sopa aguachenta, con algunas verduras en el fondo. Tomamos el potaje al mediodía, leche negrea del alaba, y lo tomamos de noche. Tu pelo de oro, pitufina blanca…Esperamos el potaje con entusiasmo. La sopa nos ayuda a cortar con la ansiedad. Sobrevivimos así, desde hace ya varias semanas, gracias al potaje."
Musulmanes es una novela potaje. Así como las novelas en sus orígenes eran pensadas como enormes cajones de sastre donde todo cabía, este tipo de novela recoge todo el imaginario de la cultura contemporánea y lo pone en mix. Prescinde de las jerarquías del gusto y de la economía literaria, apuesta por la democratización de la novela como género, y de la escritura en general.
Si Lukacs originalmente habló de la novela como la forma de la ideología burguesa o del habla de esta ideología, en las novelas de escritores como Mariano Dorr, Yuri Herrera o Mario Bellatin, la escritura no se trabaja contra una ideología, sino al margen de ésta. Y esto se debe no solo a la desaparición de los dos actores del conflicto histórico según el marxismo —la burguesía y el proletariado— sino a que las nuevas formas de relación posibilitan la imagen de nuevos espacios, de experimentos matizados por los signos y las lenguas. Musulmanes es, en todo caso, un dispositivo de la experiencia contemporánea, uno de los hilos que comienzan a exponer las fisuras de lo que llamamos vida.
Mariano Dorr, Musulmanes (Casa Nova Editores, Buenos Aires, 2009).



Comentarios
Enviar un comentario nuevo