21 de Mayo de 2012 - 06:20 pm

Crítica

Los lados de Milena Rodríguez Gutiérrez

Un examen de los tres libros publicados por la poeta y antologadora.

Una muy reciente antología de poetisas cubanas, realizada por Milena Rodríguez Gutiérrez, tiene una rara cualidad: ella se excluye, pudorosa, de la "breve muestra" final, donde con generosidad —excesiva— incluye algunas de las nacidas después de Reina María Rodríguez (1952).

Tal loable decisión en Otra Cuba secreta. Antología de poetas cubanas del XIX y del XX (Verbum, Madrid, 2011), viene acompañada de otra forma de generosidad: la de ejercer con rigor filológico la crítica literaria, como podemos disfrutar en la edición, introducción, notas y bibliografía del citado volumen o en su mejor —y de sobrio, hermoso, diseño de cubierta— antología de Fina García Marruz (Pre-textos, Madrid-Buenos Aires-Valencia, 2010), cuando aún la única sobreviviente del Grupo Orígenes no había recibido el Premio Reina Sofía de Poesía Latinoamericana.     

Esta nota trata no de hacer justicia —la crítica literaria no es un juzgado correccional— sino de invitar a la lectura de la que es una de las voces vigorosas dentro de la actual poesía escrita por nacidos en Cuba. Un vigor apasionado, aun con sus prejuicios, quizás dictados por la misma generosidad amorosa de su labor crítica, pues la antología de poetisas implica una discriminación de género, que justificaría "valoraciones" por raza o sitio o edad o religión o gusto por los nenúfares; aunque sabemos de los diversos y sutiles modos de discriminación que la mujer aún sufre…

Y el prólogo a la antología de Fina elude una crítica a las zonas endebles de sus poemas: los textos "nica-Cardenal" y otros "exterioristas" o de la "obviedad coloquial"; aunque el mismo acto de condescendencia aparece en el minucioso prólogo de Carmen Ruiz Barrionuevo a la antología de Fina que acaba de aparecer (2010) publicado por la Universidad de Salamanca, bajo un hermoso título —verso de Fina—: ¿De qué, silencio, eres tú silencio?

Algo de esa amorosa generosidad tendré ahora, cuando intente argumentar ese peculiar "vigor" y otros sesgos que caracterizan los poemas de Milena, que ya ha publicado tres cuadernos: El pan nuestro de cada día (Universidad de Granada, 1998, Premio García Lorca); Alicia en el país de lo ya visto (Diputación de Granada, 2001); y El otro lado (Renacimiento, Sevilla, 2006).

A semejanza de otros poetas, el cuaderno inicial señala una heterogeneidad estilística, propia de quien aún se encuentra a merced de la "angustia de las influencias". La heterogeneidad prima. Sin embargo, en El pan nuestro de cada día poemas como "Ultraísmo" muestran otros valores, cercanos a Heberto Padilla y Raúl Rivero. Me refiero a su procacidad irónica, de evidente corte político disidente. ¿Quién sino Fidel Castro puede ser ese "líder popular" que "a los cuatro vientos" "pregona": "El Estado soy yo"?

Un epigrama —como los de Roque Dalton— es más explícito, impublicable aún en nuestro arruinado país natal. Se titula "Certeza". Dice: "¡Qué es democracia!/ dices pisándome con tu Barba ¿azul?/ Que es democracia yo no lo conozco/ mas sé que no eres tú".

Quizás la actualidad paradójica, respecto de su labor como antologadora, sin obviamente preverlo entonces, se halle en "A un poeta mayor de la antología". También aquí ya comienza a modularse su tipo de vigor, caracterizado por una nota irónica, que pone distancia, extrañamiento: "Tú no existes./ Te soñaron los hombres/ que buscan espejos/ o una conciencia que nos diga:/ 'No es verdad; no has llegado'".

Un poema dedicado a Luis Rogelio Nogueras —que nunca fue rojo en el sentido político— no solo argumenta el irónico vigor, sino que muestra en un solo verso el otro ingrediente que caracteriza sus mejores poemas: un lirismo atemporal, sin locaciones en movimientos literarios, con ese eclecticismo sin "ismos" que es signo decisivo de la posmodernidad. El verso de "Homenaje en negro" —alusión a la temprana muerte del poeta— dice: "deshojaste su nombre entre tus manos". Y es su delicada forma de aludir al noviazgo que mantuvieron su madre —Virgen Gutiérrez— y Wichy el pelirrojo, cuando compartíamos aula en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, desde mediados de los 60.

En Alicia en el país de lo ya visto se decanta —en el sentido de separar, aunque mantiene su acepción de elogiar— de aquellos elementos válidos para otras poéticas autorales, pero no propios de su proyección artística. Los ensayos o "probaduras" anteriores solo liban en sus flores. La singularización redacta aquí, tal vez, sus fronteras o bordes.

Pero se añaden nuevos elementos que cualifican el vigor irónico y la delicada pasión. En "Una habitación propia" alude al célebre texto de Virginia Woolf. Pero solo como referencia culterana. El propósito es otro, aunque desde la alusión. El poema habla de la "habitación" anímica, no de un espacio físico inviolable. De ahí su vigor irónico y la apasionada soltura, donde solo queda "la soledad dando portazos".

Aquí parece estar su peculiaridad. "Blancanieves y los enanitos" lo reafirma. "Granada tierra soñada" (en realidad poema sin título, solo con el epígrafe de la conocida canción de Agustín Lara) también argumenta la incorporación de alguna referencia. Pero obsérvese que la elección de esos textos anteriores —evito nomenclaturas crípticas— no discrimina entre las referencias. Anda suelta. Como disfrutamos en "Casa de muñeca", con el epígrafe de Emily Dickinson, que nos conduce a la biografía del mejor poeta     —sin género— de los Estados Unidos en el siglo XIX, a su casa en Amherst, donde casi vivió recluida, cuidando su hermoso jardín, que aún se conserva tras subir los escalones…

"La otra, la misma" —claramente autobiográfico— quizás sea el mejor exponente —antologable, por cierto— de ese mundo de alusiones que le es inevitable a Milena. Solo los conocedores del célebre soneto de Borges a Spinoza —escribió dos, me refiero al que comienza "Las traslúcidas manos del judío"— pueden multiplicar el placer artístico que produce este soneto, donde ella y sus dobles danzan intercambiando máscaras.

Su más reciente cuaderno intensifica las espirales apreciativas del vigor, la pasión y el gusto alusivo. En El otro lado llegamos a sus lados versales sin los pocos tropiezos que observamos en algunos de los poemas anteriores. Desde el que encabeza y sirve de título al libro hasta "Arte poética", desde "Lucha de clases" —quizás el más irónico y representativo de su disidencia política— hasta "Ligeros de equipaje", donde Antonio Machado parece marcharse no de España, sino de Cuba.

"Una fábula para adultos" entinta la delicadeza de su pasión con añoranzas infantiles. Este sería otro sesgo a considerar, en su vertiente lúdica, para caracterizar su quehacer poético. Porque esa nostalgia es la misma que antes experimentó Gastón Baquero, de ahí el largo poema que le dedica.

¿Es inocente? ¿Cuál es la "arena" donde Milena Rodríguez Gutiérrez escribe? Consciente de que las olas borrarán todo gesto o signo o metáfora, ella —sus poemas— proclama la inocencia de quien no padece de culpas, mucho menos ajenas, mucho menos para su generación y la siguiente. Porque las arenas cubanas son universales cuando son movedizas, cuando tragan, hasta El otro lado.

Comentarios

Imagen de Dovalpage

Ay, qué bien dicho está esto:

"la crítica literaria no es un juzgado correccional"

No entiendo mucho de poesía pero buscaré el libro y otros más de Milena. Ésta es una crítica de llas que provocan ganas de leer lo criticado.

Imagen de El Anónimo Nónimo

Sí hace falta mostrar el pedigree, porque de casta le viene al galgo. Y porque además, la voz de Rodríguez Rivera es otra de las poderosas presencias e influencias en la obra de Rodríguez Gutiérrez a quien, digámoslo también alto y claro, Odette Alonso olvidó en su último catálogo de voces de la poesía del exilio. Un error importante. Y una vindicación necesaria que hace Prats Sariol con este texto crítico. Sobre todo porque la poesía de Milena tiene un vigor y un tono ácido que la hace resaltar y la identifica.

Por cierto, hay otros pocos autores que llevan algunos años en el exilio, que han publicado en sitios importantes y ganado premios internacionales, y que también han sido olvidados por la antología de Alonso. A ver quién tiene la decencia de recordarlos algún día, porque suele ocurrir que si no eres "amiguito o amiguita de", o no perteneces al círculo del compincheo farandulero, es como si no existieras.

Imagen de Anónimo

no hace falta mostrar su pedigree...

Imagen de Anónimo

El padre de Milena Rodríguez es el profesor de literatura y escritor Guillermo Rodríguez Rivera, que Prats Sariol no menciona en su reseña.

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