Ensayo
Lo que es invisible de tan grande
Jordi Doce
|Madrid
| 27-09-2011 - 7:20 pm.'Algo se rompió para que estos fragmentos emergieran, pero ¿qué?'
Desde el pasado lunes las máquinas se dedican a echar abajo el viejo edificio de la estación de autobuses que ocupaba la manzana adyacente. Todos los días, al llegar a la oficina, me sorprende el olor acre y metálico del aire, la humedad oscura, como de fosa enmohecida, de las nubes de polvo que sortean la manguera del operario. Hoy, tercera jornada de los trabajos de demolición, solo queda la fachada oeste con sus despachos y pasillos correspondientes: una muralla a medio hacer sobre una pequeña sierra de cascotes, amasijos de hierro y cristales rotos.
Redescubro mi fascinación por las ruinas modernas, aunque la fealdad del edificio original, un poliedro mostrenco en el peor estilo de la arquitectura oficialista de la posguerra, rebaja un poco mi entusiasmo. Hace poco, en Gijón, me pasé casi una hora contemplando la demolición de un edificio de El Muro. Lo mejor era observar, abiertos por un corte transversal y se diría que sujetos por hilos invisibles, los cuartos y dormitorios donde aún quedaba una silla o un cuadro mal colgado: el lugar de la intimidad expuesto a la mirada de los curiosos. La pala, como una mano encorvada y afanosa, iba empujando los muros hacia dentro, rompiendo el canto superior de las fachadas con infinita delicadeza, hundiéndose en la pasta quebradiza de los cascotes. La destrucción, además de cautela, exige una paciencia a prueba de rodeos.
Una casa o un edificio son formas de acrecentar el espacio, de dar forma al aire y hacerlo más holgado. Lo que siempre me intriga, al ver el hueco de un edificio demolido, es lo pequeño que era en realidad, lo poco que ocupaba. Lo plegado era más de lo que ahora, caído, se amontona sin orden. La forma no solo hace habitable la materia: la amplía, la engrandece por dentro, cava en ella más espacio. En cierto modo, nuestros bloques de apartamentos son como diques contra el aire: prolongan la tierra y abren nichos en ella.
Hoy, al mediodía, los muros de la antigua estación mostraban su interior cariado: una gruesa lámina de hierro, ladrillos y cemento de mala calidad envuelta en una funda de piedra tiznada. Todo el hollín acumulado a lo largo de medio siglo se ha desprendido del edificio y se extiende en un radio de dos manzanas. El tiempo exhala su aliento de calavera sobre nosotros.
Lo que molesta del sonetista: esa soberbia de gran maestro que busca el jaque mate en catorce jugadas. Apetece que el poema se rinda antes de tiempo tirando su rey, a fin de arruinar ese grand finale que hace relamerse al autor y lo condena a ser prisionero de su talento.
Calles cuya belleza solo es posible apreciar desde un coche.
El buen falsificador no es solo el que hace de nuevo lo que hizo el artista original, sino el que evita hacer aquello que el artista original jamás hubiera hecho. Lo que demuestra que, en el arte, tan importante como lo que uno hace es lo que uno decide firmemente no hacer.
Algo se rompió para que estos fragmentos emergieran, pero ¿qué?
Envidia de quienes son llamados por un nombre distinto según lo que hagan o con quién se encuentren. Poliedro de nombres, cada cual refleja una cara, despide su propio brillo.
La ambivalencia del poema: apunta siempre a otra cosa, quiere ser transparente, una ventana por la que mirar. Pero el poema, para ser y ser leído, ha de llamar nuestra atención; debemos tropezar en él para caer en esa otra cosa. Tal vez por ello quiera ser transparente: para que no lo veamos.
Gente que solo se encuentra en los sueños de los demás.
Escribir lo que importa, eso, lo que a nadie importa que escribas.
El único lugar donde es imposible saber la hora exacta: una relojería.
Hay una lógica que nos empuja a completar las cosas: no tres líneas sin más, sino el cuadrado y sus variantes carcelarias; no una curva truncada, sino el óvalo bien trazado. Olvidamos una y otra vez que todo, la vida misma, suele estar del lado de lo incompleto.
Lo que es invisible de tan grande. Eso, lo que el poema ve.
Jordi Doce nació en Gijón, Asturias, en 1967. Es autor de cinco libros de poemas, tres libros de ensayos y numerosas ediciones bilingües de poetas de habla inglesa: W. H. Auden, William Blake, Anne Carson, T. S. Eliot, Ted Hughes, Charles Simic y Charles Tomlinson, entre otros. Es autor del blog Perros en la playa.
Estas piezas pertenecen a su libro más reciente, Perros en la playa. Notas, poemas y aforismos 2004-2010 (La Oficina, Madrid, 2011). Otras piezas: Perros en la playa.



Comentarios
Magníficos textos. Da gusto leerlos y volverlos a leer.
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