ensayo
Lezama y los castillos
Rafael Rojas
|México DF
| 28-10-2010 - 12:24 am.Residente o empleado en varios castillos, Lezama Lima ocupó una colina habanera más: la universitaria.
En el prólogo a la edición habanera de Oppiano Licario (1977), un año después de la muerte de su autor, Manuel Moreno Fraginals se disculpaba por ser un historiador que hablaba de una novela de José Lezama Lima. Acto seguido, la disculpa daba paso a una justificación del prólogo desde la amistad que lo unió a Lezama y, sobre todo, desde el pedazo de historia de Cuba o, más específicamente, de historia de La Habana que ambos compartieron. Moreno se sentía autorizado para escribir el prólogo de Oppiano Licario por considerarse amigo y contemporáneo de Lezama y por haber compartido con él La Habana de fines de los 30 y principios de los 40.
Aunque diez años más joven, Moreno ingresó en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana en 1940, dos años después de que Lezama se graduara en esa misma institución. Durante la época en que Moreno estudió, entre 1940 y 1944, Lezama trabajó en el Consejo Superior de Defensa Social, un organismo de fuertes vínculos con la Escuela de Leyes, ubicado en la Cárcel de La Habana, en el castillo del Príncipe. De ahí que el poeta y el historiador –desde sus tiempos de estudiante de Derecho, Moreno definió su vocación de historiador con el ensayito Viajes de Colón en aguas de Cuba (1942), que ganó el Premio de la Sociedad Colombista Panamericana- se conocieran en aquel castillo:
"Nuestras primeras conversaciones extensas se originaron en la cárcel del Castillo del Príncipe, donde él tenía un misérrimo puesto burocrático, a cargo de no sé qué asuntos legales. “Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo” o “Narciso en pleamar fugándose sin alas” eran tan aparentemente incoherentes con Chicho Botella acusado de escándalo público en el billar de Yeyo, que la coexistencia real de ambas imágenes nos producía una sacudida cósmica".[1]
El Consejo Superior de Defensa Social, en el que trabajaba Lezama, había sido creado, de acuerdo con el artículo 192° de la Constitución de 1940, como una institución autónoma del poder judicial que se encargaría de “la ejecución de las sanciones y medidas de seguridad que impliquen la privación o la limitación de la libertad individual, así como la organización, dirección y administración de todos los establecimientos o instituciones que se requieran para la más eficaz prevención y represión de la criminalidad”, además de “tener también a su cargo la concesión y revocación de la libertad condicional, de acuerdo con la Ley ”.[2] No se trataba, pues, una institución ociosa o de una cárcel local, como generalmente se piensa, sino de un organismo nuevo, creado, según las premisas más avanzadas del derecho penal iberoamericano, durante el proceso de refundación de la República que siguió a la Revolución de 1933.
Lezama, que en el verano de 1939 había fundado Espuela de plata con su compañero de la Facultad de Derecho Guy Pérez Cisneros y el pintor Mariano Rodríguez, fue contratado en dicho Consejo Superior de Defensa Social en 1940, el mismo año de su creación. No es difícil imaginar que dicha contratación tuvo que ver con la tesis que dos años antes, en 1938, Lezama había presentado en la Universidad de La Habana para obtener el título de Doctor en Leyes. El título de dicha tesis era “La responsabilidad criminal en el delito de lesiones” y tan sólo por su tema no es difícil concluir que la rama jurídica en que se especializó el poeta fue el Derecho Penal. El joven autor del Coloquio con Juan Ramón Jiménez (1938) era, pues, un abogado penalista, como sus amigos Enrique Villarnovo y Manuel Menéndez Massana, con quienes había editado, en 1937, los tres números de la revista Verbum, “órgano oficial de la Asociación Nacional de Estudiantes de Derecho”.[3]
Lezama hizo una vida universitaria intermitente y prolongada, entre 1929 y 1938, debido a los varios cierres de la Universidad de La Habana que se produjeron en aquella década revolucionaria. La propia concepción de la Facultad de Derecho y su claustro de profesores cambió notablemente en aquellos años. Una reforma de 1928, vigente hasta 1937, amplió el perfil académico de la Escuela de Leyes, que pasó a llamarse Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. Aunque el plan de estudio preservó, en lo fundamental, el proyecto que Enrique José Varona elaboró en 1900 (Derecho Romano, Derecho Político, Derecho Canónico, Derecho Civil, Derecho Penal, Derecho Mercantil, Derecho Internacional, además de Filosofía y Sociología del Derecho o Historia General del Derecho), Lezama perteneció a una generación de juristas cubanos más expuesta a las humanidades, como se percibe en su formación histórica y filosófica.[4]
Durante aquellos nueve años Lezama tomó clases de Filosofía Jurídica con el santanderino Emilio Fernández Camus, quien fue Decano de la Facultad y publicó en Verbum el largo ensayo “Hacia una nueva conciencia histórica” (1937), de Derecho Internacional con Antonio Sánchez de Bustamante y Sirvén, de Derecho Romano con Ernesto Dihigo y de Derecho Hipotecario con Manuel Dorta Duque –cuyo Curso de legislación hipotecaria (La Habana, Editorial Verdugo, 1937) fue reseñado en Verbum por Víctor Amat.[5] Pero Lezama también pudo haber recibido cursos de Historia de la Filosofía con Roberto Agramonte y de Sociología del Derecho con Elías Entralgo, en sus últimos años de estudiante. Los tres autores que se citaban como guías espirituales en el primer editorial de Verbum –Paul E. Moore, E. R. Curtius y Jacques Maritain- sintetizaban el perfil humanístico de aquella formación universitaria.
El área en que se especializó el poeta, Derecho Penal, era por entonces la de mayor desarrollo en Cuba y la que experimentaba más claramente el choque entre el viejo paradigma de la criminología positivista y las nuevas teorías funcionalistas del delito. Algunos juristas cubanos un poco mayores o contemporáneos de Lezama, como Diego Vicente Tejera García, Israel Castellanos González, Evelio Tabío, José Ramón Hernández Figueroa o Francisco Hernández Pla hicieron aportes considerables al Derecho Penal, reconocidos en el campo jurídico iberoamericano. La formación humanista de aquellos abogados se refleja, claramente, en Verbum, cuyo editorial, escrito por Lezama, hablaba de la “exigencia de recalcar un estilo y una técnica de civilidad” para enfrentar las “equivocaciones radicales que dentro del demos suelen presentarse en forma de llamadas contradictorias y de antinomias irresolubles”.[6]
La búsqueda de esa “equidistancia de la irresponsabilidad multitudinaria y del pragmatismo del especialista”, de esa “suprema postura de dignidad disciplinante”, propia de una cultura jurídica republicana, se observa en algunas obras de esa generación de abogados cubanos.[7] Tejera García, Hernández Figueroa y Hernández Pla, por ejemplo, publicaron el tratado La protección de la víctima del delito (1930) que tuvo considerable resonancia en Hispanoamérica. Aquella renovación del pensamiento jurídico se plasmó en la Biblioteca Jurídica de Autores Cubanos y Extranjeros creada por el exiliado español Jesús Montero, precisamente en 1930, y que editó a abogados de la isla y de Iberoamérica, hasta que en 1961 fue intervenida por el gobierno revolucionario. Montero editó, también, a importantes juristas del exilio español, afincados en México y Argentina, como Mario Ruiz Funes, autor de Endocrinología y criminalidad (1926), El delincuente y la justicia (1944) y La crisis de la prisión (1949), o Luis Jiménez de Asúa, autor de Teoría jurídica del delito (1931) y Psicoanálisis criminal (1940).[8]
En los años en que Lezama estudiaba leyes en la Universidad de la Habana, el Proyecto de Código Criminal, elaborado por Fernando Ortiz en 1926, y toda la legislación penal derivada del orden constitucional de la República de 1901, estaban siendo cuestionados por las nuevas corrientes postpositivistas.[9] La creación, en 1940, del Consejo Superior de Defensa Social, donde trabajó Lezama por cinco años, respondió a esa reformulación de la teoría penitenciaria que se vivió en Cuba a mediados de siglo. Dos contemporáneos de Lezama, Jesús A. Portocarrero y Miguel D’Estéfano Pisani, publicaron en la editorial de Jesús Montero tesis similares a las del joven poeta, como Proyecciones actuales de la ciencia penitenciaria (1944) del primero y Defensa social y peligrosidad (1945) del segundo.[10]
Upsalón: la Universidad
Un hábito de los estudios lezamianos consiste en insistir en la incomunicación entre los ambientes universitarios y jurídicos del autor de Enemigo rumor (1941) y la primera fase de su obra literaria, esa que podríamos enmarcar entre los cuadernos Muerte de Narciso (1937) y Aventuras sigilosas (1945) y que comprende, desde luego, las ediciones de Verbum, Espuela de Plata y Nadie Parecía. El propio Lezama contribuyó al mito de una formación más autodidacta que académica y a la fabricación del personaje del poeta ensimismado, ajeno a la realidad social y política de la isla. Son conocidos, por ejemplo, los pasajes del capítulo noveno de Paradiso, que Lezama dedica a Upsalón, la divinidad de la mitología escandinava que le sirve para nombrar la Universidad de la Habana.
A partir de las demandas narrativas de un bildungsroman, Lezama describe la Universidad como un mundo erótico y evolutivo, más determinado por la congregación de jóvenes que por las enseñanzas del profesorado. Upsalón, con su gran escalinata de piedra, que “es su rostro, su tronco y su cola”, como si se tratara de un monstruo mitológico, “tiene algo de mercado árabe, de plaza toscana, de feria de Bagdad; es la entrada a un horno, a una transmutación, en donde ya no permanece en su fiel la indecisión voluptuosa adolescentaria”.[11] La Universidad es el lugar donde se descubre el sexo y la política, donde, en pocos minutos, se pasa de las manifestaciones estudiantiles y las reyertas con la policía a la turbación erótica y el drama de la amistad.
Al día siguiente de la manifestación del 30 de septiembre de 1930, en la que murió el líder estudiantil Rafael Trejo y que Lezama narra en tono homérico, Cemí sale de las “clases tediosas y banales” de la Facultad de Derecho y se va al patio de la Facultad de Artes y Letras, donde encuentra a su amigo Ricardo Fronesis, que estudia en esa escuela. La conversación entre ambos trasmite una visión sumamente crítica del mundo académico: Cemí reprocha a los profesores de leyes “que ni siquiera ofrezcan un material cuantitativo donde un estudioso pudiese extraer un conocer funcional que cubriese lo real y satisficiese metas inmediatas”, mientras que Fronesis cuestiona al “vulgacho profesoral”, que repetía el lugar común de que el Quijote de Cervantes era el fin de la escolástica medieval y de la novela de caballerías, por ser incapaz de ver “lo que hay de participante en el mundo del Oriente” y no advertir que Don Quijote es, en realidad, “un Simbad, que al carecer de circunstancia mágica, del ave rok que lo transporte, se vuelve grotesco”.[12]
En esos pasajes, Cemí reconstruye la dualidad que experimentó el propio Lezama en aquellos años, como abogado y como poeta. Luego de reclamar la falta de sentido práctico de las leyes que le enseñaban en la Universidad, Cemí interviene en el debate suscitado por Fronesis, argumentando que la crítica literaria hispánica, desde Marcelino Menéndez y Pelayo, se estaba volviendo cada vez más burda por su incomprensión del barroco, “que es lo que interesa de España y de España en América”, y por su “desconocimiento beatífico” del “centro” y el “contrapunto” de los escritores. Cemí reprocha a los profesores que reparen siempre en las menciones a las joyas incaicas en la poesía de Góngora, sin estudiar la relación entre Góngora y el Inca Garcilaso en Córdoba o el tema de los incas en la imaginación de Góngora o la “verdadera” amistad de este último con el Conde de Villamediana.[13]
Las críticas de Cemí eran preguntas de historiador, inspiradas, tal vez, en los estudios históricos que Lezama realizó en la Facultad de Derecho. No es difícil advertir en las lecturas nocturnas que hace Cemí en su cuarto cerrado, entre polvos y yoduros antiasmáticos, algunos títulos del plan de estudios de Derecho. Herodoto, Tucídides o Los doce Césares de Suetonio, que lee la misma noche de la manifestación del 30 de septiembre, y filósofos como Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, Descartes, Pascal o Kant, tal vez los pensadores antiguos, medievales y clásicos más citados por Lezama, eran lecturas universitarias.[14] No es imposible percibir en algunos comentarios de Lezama sobre estos autores, en diarios y cuadernos de apuntes de la época, un tipo de reflexión marcada por los estudios de Historia Antigua, Derecho Romano, Derecho Canónico o Historia de la Filosofía, que contemplaba su formación jurídica.
La idea de la “romanidad” en Lezama, a pesar de cierta flexibilización observable en los años 50 y 60, lleva la marca de aquellos estudios universitarios y, especialmente, del libro Derecho romano: sucesiones de su profesor y decano, el jurista español Emilio Fernández Camus, editado por la Secretaría de Educación en 1939.[15] Lo romano aparece siempre, en Lezama, asociado a una legislación universal cristianizada, a una matriz civilizatoria adoptable por todas las culturas de la humanidad. En textos de madurez, como la misma novela Paradiso, un ensayo sobre Federico García Lorca aparecido en Lunes de Revolución (1961) o “Imagen de América Latina”, el artículo que escribió para el libro colectivo América Latina en su literatura (1972), coordinado por César Fernández Moreno, Lezama trasmitió una idea tradicional de Roma y su cultura, proveniente no sólo del derecho romano sino de la teología escolástica, otro componente de su educación jurídica y religiosa. En este último texto, Lezama volvía a razonar como historiador:
"La conquista y la colonización americana se desenvuelven en maneras muy opuestas a los cauces de la romanidad. Esta era un corpus, una fuerza de irradiación histórica que iba dilatando sus contornos históricos, la expresión de un mundo que había alcanzado una plenitud y que estaba convencido de la barbarie que lo rodeaba, aunque, en ocasiones, como sus escarceos por el Oriente, tuviera que pagar con el cambio de sus dioses, de sus creencias, perdiendo por la expansión su fuerza unificada y teniendo que adaptar la máscara de su dualismo imperial en Occidente y en Oriente. Pero todavía en sus conquistas de Inglaterra, Francia y España, la romanidad actuó desde un centro que llegaba a cubrir el contorno de los bárbaros. Impuso leyes, puentes, acueductos, carreteras, supersticiones, con un estilo, con una peculiar energía y con la altivez de un gesto inconfundible".[16]
En aquellas páginas, Lezama no logra demostrar que la conquista y colonización españolas de América hayan seguido un patrón diferente al del imperio romano. Muchos republicanos de la primera generación de Hispanoamérica y muchos historiadores contemporáneos pensaron y piensan, precisamente, que el modelo imperial de Castilla fue Roma y que, en buena medida, Madrid logró imponerlo en América.[17] Pero el razonamiento histórico de Lezama llegaba hasta un punto conveniente y, a partir del mismo, optaba por una salida poética que corrigiera ideológicamente la historia. La idea del barroco como cultura de “contraconquista”, que Lezama desarrolló en La expresión americana (1957) y otros ensayos, reaparecía aquí para sugerir que, al final, la resistencia americana a Castilla logró crear una cultura propia:
"Los celtas, los normandos, los bretones, los druidas, lograron con gran esfuerzo local la supervivencia de su imago ante aquella avalancha de legionarios que desfilaban incesantemente antes de acorralarlos y destruirlos. La gramática latina y la disciplina legionaria peinaban verbos y reducían naturaleza e instintos. Así, se ha podido afirmar que en la raíz de la expresión hispánica está la lucha entre la gramática latina y el celta rebelde. Y en los más grandes escritores nuestros, de Sarmiento a Martí, ese combate perdura con una eficacia que aconseja su permanencia".[18]
Aún después del gesto afirmativo de La expresión americana (1957), Lezama continuó asociando a Roma con la ley cristiana universal. Esta asociación, heredera de la literatura y el pensamiento contrarreformistas del Siglo de Oro, que él tanto admiró, permitiría concluir que la idea de Roma, en Lezama, fue más ortodoxa que la idea de Grecia. Las críticas que hizo Lezama a Junta de sombras de Alfonso Reyes, por su escasa ponderación de las raíces orientales y específicamente egipcias del helenismo, como ha señalado el estudioso César A. Salgado, nos persuaden de un tratamiento diferenciado, propio de la tradición católica –ahora más patrística que escolástica- de esas dos culturas antiguas .[19]
Pero la noción de Roma como portadora de una legislación universal permitiría un acercamiento más arriesgado al concepto de ley en la obra de Lezama. En este sentido, llama la atención que a diferencia de Kafka u otros escritores del siglo XX, no exista en la literatura lezamiana una imagen metafísica de la ley, que represente las estructuras jurídicas y políticas como absurdas, irracionales u opresivas. Hay en Lezama una actitud bastante reconciliada ante el derecho que no debe asociarse únicamente a su creencia en una ley natural y, a la vez, divina, como en Santo Tomás, sino a algo más concreto como su formación jurídica en La Habana de mediados del siglo XX.
En sus diarios y cuadernos de apuntes juveniles, de fines de los 30, cuando estudiada Derecho en la Universidad de La Habana, Lezama hizo algunas anotaciones sobre el tema y, contrario a la imagen antijurídica que trasmiten los citados pasajes de Paradiso, encontramos un intento, muy a tono con San Agustín y Santo Tomás, de reconciliar la ley con la fe, la naturaleza, el arte y la poesía. Glosando la eterna disyuntiva entre Descartes y Pascal, de la mano de Paul Valéry, Lezama creía encontrar una “raíz poética” no sólo en el segundo sino, también, en el espíritu geométrico del primero, ya que “creía en la mayor calidad de aquellos países que han tenido un Licurgo, que a priori le dictase sus leyes, más que en aquellos otros pueblos que han encontrado su legislación después de haber construido su experiencia sobre las agitaciones de su intimidad social”.[20] Descartes, concluye Lezama, “prefiere aquellas leyes que se escribían en versos”, observación que sintoniza con la reciente advertencia de Claudio Magris a propósito de la identidad entre el poeta y el legislador en algunas mitologías.[21]
No habría que hacer demasiados esfuerzos para relacionar estas glosas con la transformación política que experimentó Cuba mientras Lezama era estudiante universitario. En la Isla se estaba produciendo un cambio constitucional luego de varios años de “agitaciones”, por lo que el lamento por la ausencia de un Licurgo que, a la manera de José Martí, hubiera trazado el curso legal de la nación desde su nacimiento, parece instalarse desde entonces en la obra de Lezama. En muchos textos posteriores encontraremos alusiones a esa ausencia de libro fundacional, de tablas de la ley originarias, que habrían cifrado el devenir de la isla. En el mismo comentario sobre Descartes, Lezama atribuye un sentido “poético” y, a la vez, “religioso” al filósofo francés cuando sostiene que la ausencia o la presencia de un Licurgo conducen al mismo fin por la vía de lo que llama “la verdad del arbitrismo católico”.[22]
La noción del libre albedrío de Lezama no era, desde luego, liberal sino neotomista. Sin embargo, ese enfoque teológico lo protegía de las representaciones metafísicas o diabólicas de la ley. En sus antípodas, Kafka, por ejemplo, pensaba que lo más “mortificante” de las leyes era su precedencia, es decir, esa condición de estar siempre dadas por la historia y las costumbres, de anteceder irremediablemente al individuo, que ve su libertad limitada desde que nace.[23] Este entendimiento entre la ley y la poesía nos regresa a la frase de Manuel Moreno Fraginals, anotada al principio, en el sentido de que los versos de Muerte de Narciso eran “aparentemente incoherentes” con el trabajo legal y penitenciario de Lezama en el castillo del Príncipe.
Tres castillos habaneros
Tal vez esa sea también la explicación de la ausencia de imágenes diabólicas de los castillos en la obra de Lezama. Tres castillos habaneros marcaron la vida del poeta: La Cabaña, donde vivió de niño, mientras su padre era Director de la Academia Militar, situada en otro castillo, El Morro; el Príncipe, donde trabajó por cinco años, entre 1940 y 1945, en el Consejo Superior de Defensa Social; y La Fuerza, donde fue trasladado el acervo de la Biblioteca Nacional en 1938, año en que Lezama se graduaba de Leyes en la Universidad de la Habana. Esas fortalezas coloniales, construidas o reconstruidas por los Habsburgos y los Borbones para defender la ciudad de corsarios, piratas o enemigos atlánticos, aparecen como sitios mágicos en la obra de Lezama.
El castillo de La Fuerza, sobre todo, adquiere una connotación gótica en Paradiso, Oppiano Licario y varios ensayos de Lezama. Es en esa fortaleza, convertida en biblioteca, donde un vigilante nocturno, negro, le cuenta a José Cemí la historia del adelantado Hernando de Soto, quien dejó allí a su esposa, Isabel de Bobadilla, cuando partió a la conquista de La Florida y a la búsqueda de la Fuente de la Eterna Juventud. La leyenda estableció que doña Isabel subía diariamente a una de las torres del castillo a esperar el regreso de su marido, quien murió en La Florida y fue enterrado en el tronco hueco de un árbol y echado al Mississippi para evitar la profanación del cadáver por los indios. La leyenda se convirtió en mito, cuando Hernando de Soto fue imaginado como un fantasma o un muerto viviente que navegaba desde el Mississippi hasta el puerto de La Habana y se reencontraba con su esposa en el castillo.[24]
En varios de sus ensayos, Lezama transforma al “hechizado” Hernando de Soto en un “genitor por la imagen”, que antecede, en la historia de Cuba, a la figura de José Martí, otro enterrado y desenterrado, que regresa a la tierra como “metáfora participante”. Sin embargo, en Oppiano Licario, con más claridad que en Paradiso, el castillo de la Fuerza es ese espacio gótico, donde habita el fantasma del adelantado y, a la vez, la biblioteca: la casa de los muertos y la casa de los libros. En el puente levadizo de ese castillo es donde se encuentran José Cemí e Ynaca Eco Licario, la hermana de Oppiano, cerrando así el linaje iniciado en Paradiso. Cemí dice a Ynaca Eco: “mientras usted me venía a buscar al Castillo como biblioteca yo convertía la casa de los muertos en agencia de información”.[25]
El propio Lezama parecía consciente de que su idea de la ley y, por tanto, su imagen del Castillo, eran diferentes a las de Kafka. Justo después de aquel pasaje de Paradiso, en el que se narra la primera visita de Cemí a la biblioteca, Lezama anota: “vio Cemí la sucesión pedregosa de la fortaleza y de inmediato pensó lo que harían Kafka o Cocteau con aquellos laberintos defensivos”. Sin embargo, pocas oraciones después, recuerda su infancia asmática en El Morro y La Cabaña, a su padre, a caballo, moviéndose de noche entre una y otra fortaleza, y reitera su visión mágica del Castillo. No era el Castillo, para Lezama, el lugar de la ley, del poder, de la opresión, del absurdo o de la fuerza, sino el lugar de la resurrección:
"El mismo Castillo de la Fuerza parecía que estaba hecho para despedidas, reencuentros, bodas donde los desposados se separan antes de su primera noche de pasión. Era una piedra que receptaba en toda su entereza la marea lunar. Tenía algo de espejo para la configuración de lo invisible. Alguien se asomaba y la lámina de la bahía reflejaba con fijeza querenciosa la imagen que le ofrecía el pozo preparado. Estar en ese castillo era ya esperar el adensamiento del ectoplasma, del hueso que resista para la Resurrección".[26]
La imagen del Castillo como espacio de resurrección y la idea de Roma como imperio universal de la cristiandad no están desconectadas y, de hecho, es posible detectarlas en la primera poesía de Lezama, la escrita entre 1937 y 1945. Algunos poemas católicos de Enemigo rumor (1941), como “Sonetos a la virgen” o “A Santa Teresa sacando unos idolillos”, no han sido detenidamente leídos, por ese laicismo predominante en los estudios lezamianos que intenta presentar a Lezama como menos católico de lo que era. Un tercer poema religioso de aquel cuaderno, “San Juan de Patmos ante la Puerta Latina”, sostiene con claridad que la verdadera romanidad, para Lezama, era la cristianizada, es decir, la que había corregido el paganismo latino por medio del monoteísmo católico.
Desde los primeros versos, Lezama identifica el martirio de San Juan Evangelista, bañado con aceite caliente ante la Puerta Latina por orden del emperador Domiciano, como una prueba de que Roma se impone a sí misma. Primero Lezama transforma el calabozo del castillo en que es martirizado San Juan en un espacio donde se reproduce la imagen del “crucificado”. Luego sostiene que San Juan, lo mismo que San Pablo, se gana a Roma ordenando que en cada lugar de martirio de los antiguos cristianos se levante una iglesia católica. La transición entre el Olimpo de muchos dioses a la tierra de muchos templos católicos era el proceso histórico que hacía emerger la verdadera romanidad. De ahí que Lezama concluya que los romanos paganos, los precristianos, no eran verdaderos romanos:
"Los romanos no creían en la romanidad
Creían que combatían sus pequeños dioses, hablando
de la ajena soberbia, y que aquel Dios era el Uno que excluía,
era el Uno que rechaza la sangre y la substancia de Roma.
La nueva romanidad trataba de apretarse con Roma, la unidad como un órgano proclamando y alzando".[27]
En esa idea de la romanidad había, desde luego, rastros de la lectura de los Evangelios, pero, también, de las clases de Derecho Romano en La Universidad de La Habana, donde le enseñaron que el primer acervo legislativo de esa tradición, el Corpus Iuris Civilis, había sido realizado por el emperador Justiniano, en el siglo VI, cuando el Imperio Romano consumó su cristianización. Baste tan sólo este breve apunte para subrayar, en consonancia con el testimonio de Manuel Moreno Fraginals, el peso que debieron tener, en la construcción de la poética literaria de José Lezama Lima, los estudios jurídicos, históricos y filosóficos que realizó en la Universidad de La Habana y su breve práctica del derecho entre 1938 y 1945.
[1] Manuel Moreno Fraginals, Órbita, La Habana, Ediciones Unión, 2009, p. 294.
[2] Leonel Antonio de la Cuesta, Constituciones cubanas, New York, Ediciones Exilio, 1974, p. 286.
[3] Verla Introducción de Gema Areta Marigó a la edición facisimilar de Verbum, Sevilla, Editorial Renacimiento, 2001, pp. 9-31.
[4] “Monografía de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana”, Revista de la Facultad de Derecho de México, Núms 33-34, enero-junio de 1959, pp. 73-80.
[5] Verbum, Sevilla, Editorial Renacimiento, 2001, pp. 180-191 y 211-218.
[6] Ibid, p. 61.
[7] Ibid, p. 62.
[8] Jorge Domingo Cuadriello, Los españoles en las letras cubanas durante el siglo XX, Sevilla, Editorial Renacimiento, 2002, p. 120.
[9] Sobre el Código Penal de Fernando Ortiz, ver Arcadio Díaz Quiñones, Sobre los principios. Los intelectuales caribeños y la tradición, Buenos Aires, Universidad de Quilmes, 2006, pp. 289-317.
[10] Jesús A. Portocarrero, Proyecciones actuales de la ciencia penitenciaria, La Habana, Jesús Montero, 1944; Miguel D’Estéfano Pisani, Defensa social y peligrosidad, La Habana, Jesús Montero, 1945.
[11] José Lezama Lima, Paradiso, París, Colección Archivos, 1988, p. 223.
[12] Ibid, pp. 239-240.
[13] Ibid, p. 241.
[14] Ibid, p. 233.
[15] Jorge Domingo Cuadriello, Los españoles en las letras cubanas durante el siglo XX, Sevilla, Renacimiento, 2002, p. 68.
[16] César Fernández Moreno, ed., América Latina en su literatura, México D.F., Siglo XXI, 1972, pp. 462-468.
[17] Ver, por ejemplo, Carlos Garriga, coord., Historia y Constitución. Trayectos del constitucionalismo hispano, México D.F., Instituto Mora, 2010, pp. 11-23
[18] César Fernández Moreno, Op. Cit., pp. 462-468.
[19] César A. Salgado, “El periplo de la paideia: Joyce, Lezama, Reyes y el neohelenismo hispanoamericano”, Hispanic Review, Vol. 69, N°. 1, 2001, pp. 72-83.
[20] Iván González Cruz, Diccionario. Vida y obra de José Lezama Lima, Valencia, Generalitat Valenciana, 2000, p. 439.
[21] Ibid. Ver Claudio Magris, Literatura y derecho. Ante la ley, México D.F., Sexto Piso, 2008.
[22] Ibid
[23] Franz Kafka, “Sobre la cuestión de las leyes”, en El castillo, México D.F., Alianza Editorial, 1979, pp. 429-431.
[24] José Lezama Lima, Paradiso, París, Colección Archivos, 1988, pp. 241 y 291.
[25] José Lezama Lima, Oppiano Licario, México D.F., Era, 2010, p. 117.
[26] [26] José Lezama Lima, Paradiso, París, Colección Archivos, 1988, pp. 242-243.
[27] José Lezama Lima, Poesía completa, la Habana, Letras Cubanas, 1994, p. 64.
Bibliografía
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César A. Salgado, “El periplo de la paideia: Joyce, Lezama, Reyes y el neohelenismo hispanoamericano”, Hispanic Review, Vol. 69, N° 1, 2001, pp. 72-83.
Leonel Antonio de la Cuesta, Constituciones cubanas, New York, Ediciones Exilio, 1974.
Gema Areta Marigó, Introducción, Verbum, Sevilla, Editorial Renacimiento, 2001, pp. 9-56
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Franz Kafka, “Sobre la cuestión de las leyes”, en El castillo, México D.F., Alianza Editorial, 1979, pp. 429-431.
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Rafael Rojas nació en Santa Clara en 1965. Autor de Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano (Premio Anagrama de Ensayo 2006), su libro publicado más reciente es Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la revolución de Hispanoamérica (Premio de Ensayo Isabel Polanco 2009).



Comentarios
soy italiano pero conozco un poco America Latina y su literatura, ya por Europa tenemos pocos, poquisimos estudiosos con esta pasion y cultura, la literatura hispanoamericana ya esta dandole rostro a este mondo tan aeno, carlo carlucci
Felicitaciones sinceras le envío al historiador e investigador R. Rojas por este trabajo tan completo y analítico sobre un periodo poco conocido de la vida y obra del genio inigualable de la Poesía y Literatura cubana que fué Lezama Lima, en este año de su Centenario. El creador de un lenguaje poético en la Literatura que fué Lezama y su talento sin límites lo hacen para mí el más grande entre los grandes, el único verdadero merecedor de un Premio Nobel de Literatura entre los autores cubanos. Gracias Sr Rojas por descubrirnos estas páginas de la biografía y pensamiento de Lezama que han estado ocultos en los manuales biográficos de la Cuba oficialista. Juanma de la Habana.
Zona muy poco estudiada. Rojas, en efecto, investiga con su habitual precisión de historiador, enumeraciones aparte, en un ángulo decisivo para la tan necesaria biografía del autor. aún pendiente. Sin embargo, debió consultar el expediente académico universitario de Lezama, donde aparecen las asignaturas que cursó y las que matriculó en Filosofía y Letras, las calificaciones que obtuvo, etc. Copia fotostática del expediente (incluye las solicitudes de matrícula gratis, otro ángulo que niega lo de "pobreza irradiante") se halla en la Cuban Heritage Collection de Miami University.
Esto lo e recibido de alguien que conozco desde la adolecencia, hoy dia yo tengo 60 anos, esta persona un poco menos, es medico y vive en una ciudad distante, me ha invitado a una conferencia que se dictara el 11-11, sobre Lezama, que fecha tan bonita, y que bien la revelacion con detalles de este LL, con sus vivencias en tres sitios de importancia para la historia nuestra, 5 puntos al autor por el perfil en diagonal, queno solo detalla su obra, que tambien nos habla del hombre de sus conocimientos paralelos a la poesia, gracias a Proenza, gracias a Manuel.
Este magnífico ensayo de Rojas demuestra sin tanta alaraca que la idea de un Lezama marginado en la República y enemigo de aquella Cuba es una patraña más del castrismo.
Rafael, me alegra que el pueblo cubano tenga un hijo con esa erudicion, donde has sacado es fuente cristalina, para expresarte, para decifrarnos, Cuba es un pais, oculto bajo el manto de la Robolucion, tus investigaciones hacen luz sobre nuestra historia, no si sabras el dato que Dulce Maria Loynaz, tambien estudio leyes, fue una mujer de una cultura increible, testigo de un tiempo maltrecho, pero aun la recuerdo sentada en su portal con su perro Capitan alli vi por primera vez que Cuba tenia otra historia detras de la historia oficial, he leido tu libro Tumbas sin sosiego, me llama ese libro esa es nuestra historia sin sosiego, si algun dia pasas por Miami or West Palm Beach avisa para visitarte, sigue luminaria con la verdad de los clasicos, la que nos hace libres.Un abrazo a un gran cubano.
No se trata de una imprecisión clamorosa pero, desde el punto de vista del historiador o incluso del profano, conviene precisar que la prisión del Castillo del Príncipe no es la Cárcel de La Habana (más exactamente, Real Cárcel de La Habana). La primera está situada en los confines del Vedado, tirando a la calzada de Zapata, y la segunda, como su nombre indica, se hallaba en La Habana stricto sensu, hacia el final del Paseo del Prado, o sea a unas cuadras de donde vivía Lezama. Fue demolida hace años, pero existe en su lugar un monumento recordatorio. Allí estuvieron presos Martí, los ocho estudiantes de Medicina, etc. Por otro lado, el Castillo del Príncipe, donde por cierto murió Pedro Luis Boitel tras una larga huelga de hambre, era conocido en la jerga marginal como 'la loma'. De ahí que 'subir a cumplir' jergalmente significara caer preso en el Príncipe. Sin ese dato no se entenderían del todo algunos chistes de Trespatines y algunas sentencias rimadas del Tremendo Juez. O aquel estribillo de "Palo Mayimbe, me llevan pa' la loma". Feliz Jalogüín, Pernóstico
Gracias a Rafael por poner sobre la mesa esas cartas que los comentaristas de Lezama raramente aluden. Y gracias también por esa viñera de la historia de la jurisprudencia cubana que es tierra ignota para tantos —este comentarista entre ellos— y que nos revela otra riqueza de la república que se nos fue al garete hace más de medio siglo.
Tersites Domilo
Nunca me había detenido a pensar en la historia de Lezama más allá de la literatura. Como ser humano, para mí siempre había quedado en un abstracto y segundo plano, opacado por su literatura. Gracias por este trabajo. L.R.
Excelente trabajo. Un merecido reconocimiento a un literato muy importante de las letras cubanas, injustamente silenciado por el actual gobierno.
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