21 de Mayo de 2012 - 06:20 pm

poesía

La soga del ahorcado

'Paré de leer, cerré las luces, cogí las llaves y agarré/ la cuerda de mi perro muerto y fui a la calle.'

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando uno está muerto

ya uno no siente angustia.

Uno se pasea con un vestido negro;

de perfil uno camina delante del espejo.

Rápidamente uno pasa.

Y uno no es yo, es uno.

¿Cuándo morí? El martes, muy temprano.

Recuerdo que leía un escrito: "El amor a los muertos".

Paré de leer, cerré las luces, cogí las llaves y agarré

la cuerda de mi perro muerto y fui a la calle.

Fui a ver al perro, un perro viejo, acabado,

de orejas largas y ojos cansados.

Hacía dos días estaba inmóvil, dentro

del portal de una casa que no era su casa.

No comía. Arrastraba una soga quemada

que llevaba al cuello. La arrastraba despacio con

sus patas zambas, su cara vieja, serena.

Actuaba como si cuidara su casa y yo fuera una extraña.

Si no fuera porque yo soy una y él es lo que es

pensaría que sí, tiene razón. Pero no, no es ningún

perro de casa y además se está muriendo.

Está viviendo de ilusiones. No come, no duerme

y arrastra la soga del ahorcado.

La cerca de ese jardín desierto está abierta.

Pudiera salir de ese jardín prestado, marcharse,

quizás hasta salvarse. Tarde o temprano

lo echarán a patadas, pero no, me amenaza.

La puerta está abierta, David, Davito.

Fui con la idea de llevarlo conmigo,

con la ayuda de la cuerda de mi perro

muerto pero comenzó a ladrarme.

Si no fuera porque arrastra la soga del ahorcado

y la sarna salta entre sus orejas creería que es el perro

dueño de la casa y yo el ladrón de sus sueños.

Fue entonces que me entró el dolor en el pecho.

Serenidad la de él, ansiedad la mía.

Yo sé, y él no, la alternativa del que arrastra la soga.

Inquietante, oscura, melancólica.

Aun si tratara meticulosamente y sin escatimar,

el acto de ahorcarme no puedo aprehenderlo.

No hay posibilidad de ser exacto y no siendo así

la mente es asaltada por caracteres y jueguitos

introspecciones y paraguas que hacen imposible

una muerte sencilla, rápida e impertinente.

Desabrida, salada muerte.

Mirando la soga del ahorcado en el cuello de un perro

me lleva a revisar esas instrucciones que grabé.

Posibles entierros, formas de vestir a la muerta,

chicharritas y cosas graves, pañuelos y Alka Seltzer.

Me duele el pecho, David, Davito.

Si, hoy la muerte llegó y al igual que en el caso del perro

no sé si es verdad o si vivo como él de ilusiones.

En pasados momentos de angustia

sugerí ideas a mis imaginarios amigos.

Ojalá que siguieran el entierro judío.

Desnuda y atrapada en una sábana blanca.

Sin maquillaje y con una moneda en la boca:

Con los ojos llenos de tierra. Sin zapatos.

Con una moneda se paga el pasaje de ida

a la ciudad del olvido. Un gondolero, no,

un perro, sí, Davito vestido de gondolero.

Dicen sueños que en la ciudad al judío se le hace

rezar el vía crucis en caso que la moneda no sea una lira.

Pónganme dos monedas: una hebrea en la boca

y una lira en la palma de la mano derecha

reposando en el pecho.

Sí, tengo la cara de entierro.

Tengo ojos, los veo cuando paso delante de los espejos.

Hay un movimiento rápido, una sombra que pasa.

No es como antes, las cosas han cambiado.

La ausencia es presente y ausencia es un traje definitivo.

Límpida en su absoluta nada.

Es como un velo de éter o un lago de vidrios.

Aun cuando quisiera decir me he ido de este mundo,

la ausencia está en la lengua.

Es como ser agua o aire o viceversa.

Pero veo desde la muerte.  Y oigo.

Sonidos lejanos. Sonidos que no recuerdan

lo que conocimos por sonidos.

Lo asombroso de la extraña percepción

es que no hay vibraciones sino reflejos

de las inflexiones de voces fragmentadas. Apagadas.

La distancia entre tú y ellos y yo, y yo y ellos

es la misma entre tú y ellos pero hay ondas en

el espacio que puedo sentir, evocan el movimiento.

Hace diez años fui a visitar a una mujer famosa

por leer las palmas de las manos.  Me dijo

y ocurrieron sus dichos.  Un día solemne, me dijo

que a los 38 años, veía un accidente,

una enfermedad, un evento.

Ahí en la palma de la mano, en la línea

de la vida estaba la separación. No dijo

que era la muerte.  Dijo que era una separación.

Tres meses más tarde la llamé, me dijo que fuera;

cuando toqué el timbre no abrió.

Pensé, no quiere abrir la puerta.

La llamé por teléfono, desde la esquina,

quería yo cambiar el curso del destino

como si fuera posible juntar la cuerda rota del perro

con sarna con la cuerda de mi perro muerto.

Hoy, un día antes de mi cumpleaños,

estoy muerta,

ausente, separada.

 

 


Magali Alabau nació en Cienfuegos en 1945. Sus últimos libros de poemas publicados son Hemos llegado a Ilión (Betania, Madrid, 1991), Hermana/Sister (edición bilingüe con traducción de Anne Twitty, Betania, Madrid, 1992) y Liebe (La Torre de Papel, Miami, 1993). Acaba de aparecer su libro de poemas Dos mujeres (Betania y Centro Cultural Cubano de Nueva York, Madrid, 2011).

Otros poemas suyos: La reina de la selva, Volver, Irme y Adioses diferentes.

Comentarios

Imagen de Dovalpage

Y la ilustración también es muy bella, complementa el poema. Pobres perritos de Pompeya...

Imagen de Dovalpage

¡Es muy triste y hermoso el poema! Todos tenemos a un perro al que cuidar, nuestro o de los demás. ¡Gracias, Maga!

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