21 de Mayo de 2012 - 06:20 pm

Ensayo

La aguja de Miguel Collazo

El escritor, depresivo y suicida, creó una de las obras más personales de la reciente literatura cubana.

En un capítulo de la teleserie 30 Rock un hombre ha quedado inconsciente sobre un sofá. Acude el disparatado doctor Spaceman, quien dictamina una especie de coma. Alguien le pregunta si no puede clavarle una jeringuilla en el corazón e inyectarle algo que lo reviva (como en Pulp Fiction y muchas otras películas). "Lo haría", responde el doctor Spaceman, "pero es que no hay manera de saber dónde tiene el corazón... Verán, cada ser humano es diferente".

Hoy, en Cuba, ¿hay escritores realmente diferentes? Hablo de esa diferencia que imprime en relatos y novelas un rastro difícil de leer, una búsqueda misteriosa y desesperada que en ocasiones puede cristalizar en un solo gesto, en un acto inevitablemente suicida.

Todo esto es para decir que en uno de los últimos números de la revista Unión (73, 2011) puede leerse una breve pero interesante entrevista a Xiomara Palacio, la viuda de Miguel Collazo (La Habana, 1936-La Habana, 1999).

"Entró en una depresión que ya era irreversible" —recuerda ella—. "Ya él había hecho otros intentos de suicidio, tenía una obsesión constante con la muerte. Ese día estábamos en la cama, de madrugada, y oigo que me dice: 'Me enterré una aguja en el corazón'. Corrimos hacia el hospital, y casi no podía creerlo porque él hablaba con los médicos como si nada, y los médicos azorados, hasta que le hicieron una placa... Allí se veía claramente la aguja, una de aquellas agujas que su mamá usaba para coser colchones, una aguja grande y afilada."

Xiomara recuerda también al Collazo alcoholizado de los últimos tiempos, el escritor de manos temblorosas que ya no podían teclear. Collazo dictándole a una grabadora fragmentos del que sería su último libro: Trastiendas, publicado en el 2000, un año después de su muerte.

La Habana de esta novela es una ciudad fantasmagórica suspendida entre el cielo y el infierno, un escombrero extrañamente iluminado en donde florecen el pillaje y el delirio etílico. Los personajes hablan todo el tiempo, y sus conversaciones alcanzan niveles psiquiátricos.

"Pero importa aclarar que no se trata de esos locos mendigos, indigentes" —leemos en Trastiendas—. "Nadie está hablando de ese tipo de locos. Es la locura generalizada, la gente loca por un no se sabe qué, o por esto y aquello. Es, sinceramente, una locura compulsiva, una locura vital, una locura superactiva que los hace moverse, estar en un tráfico extraño, un afán, una desmesura, en un vamos a ver, en un ahora, un después, un no se sabe qué recarajo monotemático."

Si la locura es una moneda de dos caras —el Caballero de París, en quien Reinaldo Arenas vio la caricatura de Alejo Carpentier, era en realidad un personaje de Miguel Collazo—, una moneda que se desliza por las barras de las cantinas y tintinea en el fondo de los vasos, la otra cara de esa moneda es, por supuesto, la depresión.

Habría que repasar la literatura cubana de las últimas décadas reubicando y desenmascarando tendencias depresivas: la fórmula conservadora, la escritura pasteurizada, el producto. (Hoy, al menos en narrativa, parece que semejante depresión es la literatura cubana.) La ficción como un cuerpo inconsciente: sobredosis de comodidad, el coma.

Afortunadamente estaba Collazo (que no era el único, pero tal vez era el mejor). Allí donde comenzaba a instalarse la depresión —el orden, la jerarquía, la moda—, donde la mayoría empezaba a rendirse y hacer concesiones, él estaba ahí para clavar una aguja. Para inyectar una sustancia diferente cada vez. Fantasía, compulsión, tráfico, desmesura, algo. Lo importante es el pinchazo.

El gesto final del suicida habilita así otras lecturas. Es acaso el último signo de lucha. Un deseo de revivir, de reiniciarse. Un mensaje en medio de la oscuridad. La aguja es el instante a partir del cual la literatura puede hacerse posible otra vez.

Recorriendo hacia atrás, libro a libro, la extraña obra que culmina con Trastiendas, llegaremos a El libro fantástico de Oaj. Salir a la palestra en los 60 con una parodia de ciencia-ficción era como empezar a escribir en Cuba desde una suerte de no-lugar. (Virgilio Piñera, en una revista completamente diferente que también se llamaba Unión —julio-septiembre 1966—, publica una aturdida reseña en la que destaca, sin embargo, las "motivaciones extraterrestres" del autor.) Hay que volver ahí.

En "Un muerto raro", uno de los cuentos o capítulos que componen El libro fantástico de Oaj, hay un forense que examina un cadáver. A través de los ojos de su personaje, tal vez el joven Miguel Collazo ya se estaba examinando a sí mismo:

"Encendió el tabaco y se quedó reflexionando, mirando de soslayo el cuerpo liso que reposaba desnudo sobre la mesa metálica. Y mientras más pensaba, más se convencía de que el corazón, y todos los órganos del muerto, eran muy raros. Exactamente de qué forma eran raros, no sabría decirlo."

Comentarios

Imagen de Anónimo

Excelente artículo. Solo agregarle el nombre de la autora de la entrevista en Unión: Miriam Rodríguez Betancourt.

Imagen de Anónimo

Ballagas, hombre, es que no adivinaste ni una.

Imagen de Ray Luna

Manuel Ballagas eres familia de este escritor?

"Ya solo soy la sombra de tu ausencia,una oscura mitad que se acostumbra;dulce granada abierta en la penumbra,madura a tu rigor. Sorda existencia.Desmayado vivir, ciega obedienciaque la memoria de tu voz alumbra.Pupila fiel; ojo que no vislumbrasu cielo. ¡Ángel caído a tu sentencia!Desterrado de asombros y coloresbeso mi cicatriz y la humedezcoen salobres cristales lloradores.Me aclimato al olvido que padezco.Ya los agudos garfios heridoresla inútil apagada carne ofrezco."

Imagen de Pregunta para Armando

Entonces, ¿quiere usted decir que todos los escritores que están en el exilio son mediocres?

Imagen de Armando

Prats Sariol no escribe sobre autores mediocres.

Imagen de Luis Enrique Sarabia

No estoy de acuerdo. Prats Sariol escribe sobre cualquiera que se le ocurre, aun sin ser escritor y sin distincion de residencia geografica o mental. Pero no se por que se preocupa usted por lo que haga si para lo que escribe es mejor que escriba de escritores indonesios o malgaches.

 

Imagen de Manuel Ballagas

Muy triste el fin de mi amigo Collazo. Nunca le supuse alguna tendencia suicida, al menos hasta que me fui de Cuba en el 80. Nunca me pareció alguien entristecido, ni mucho menos inclinado a ingerir demasiado alcohol. Aunque era muy buen escritor.

Imagen de carlos a. aguilera

Muy buena la nota de Lage. Lo forense y lo clínico, son dos zonas a explorar en toda la literatura cubana. Dos zonas que generalmente se escamotean por pudor o falsa moral, o por desconocimiento. Collazo quizá sea el mejor escritor cubano de los 70s adentro (adentro de la isla quiero decir). Un escritor raro, con algo de judío y de socarrón, aunque no fuera ninguna de las dos cosas. Sus textos, más políticos de lo que parecen, son una de las asignaturas pendientes que tienen todos los interesados en lo mejor de la literatura.

Imagen de Para Prats Sariol

A pesar de estar fuera de Cuba, a Prats Sariol parece darle alergia la literatura del exilio. Sólo comenta lo que viene firmado desde la Isla. Los que producen fuera de Cuba, los que pasan tanto trabajo para ser publicados, leídos, a él le dan urticaria, le producen rechazo. Al menos eso es lo que demuestra cuando escribe sobre sus compatriotas, por supuesto, que están en nuestra tierra.  ¿Por qué hace esto? ¿Qué segundas intenciones lo impelen? ¿Qué busca? ¿Quiere congraciarse con la UNEAC, o, lo que resulta lo mismo, con la tiranía castrista? ¿O es que para él sólo los nombres de allá tienen valor? ¿O aún hay algo más que no sabemos?

 

Parece que Prats Sariol, no recuerda que la obra más importante de José Martí se escribió en los Estados Unidos. Lo mismo puede agregarse, en otras tierras, de José María Heredia y Gertrudis Gómez de Avellaneda cuyos trabajos se hicieron mayormente lejos de las costas cubanas. Eso durante el siglo XIX. ¿Y qué del XX? ¿Pueden las letras cubanas, dejar fuera a Cabrera Infante, Labrador Ruiz, Lydia Cabrera, Reinaldo Arenas, por sólo citar algunos ejemplos? 

Imagen de José Prats Sariol

Una muerte precoz, padecer de tanatismo, sufrir una adicción, verse envuelto en una tragedia o en un accidente, padecer de alucinaciones o cualquier otro tipo de "destino", "azar" o "sino", por supuesto que no convierte a nadie en escritor o artista... Miguel Collazo, sin embargo, merece ser leído y es muy sintomático que Jorge Enrique Lage haga esta lectura, que tanto dice de cómo anda el panorama por allá dentro, entre desesperanzas y vacíos sociales, existenciales...

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