21 de Mayo de 2012 - 06:20 pm

poesía

Intermezzo (De 'Contratiempo de Jrest')

'Entra en la verdulería del pueblo/ e imagina/ cada fruta en su árbol —entra—,/ cada árbol en su huerta,/ imagina la savia volviéndose/ jugo justo...'

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y así la flor vencida por su perfume propio.

 

Deja sobre el alféizar deja

un vaso de agua hasta que empiece

a crear vida (te gusta

la palabra alféizar, ¿verdad?

reboza de árabe almíbar,

lástima que cuelgue de algo

triste como una ventana):

se aja así lo visto en la cabeza,

atardecer de amaranto mortecino,

burbuja grave en un bidón inverso

—no llores, niña, el sol agonizante,

mañana mientras duermas

estará saliendo a tu espalda

a secar con su trapo la oscuridad

de los rincones—, la banda de la fiesta popular,

los colores del campo antes del trueno

y los tumultos después,

alondra de la siesta, ruiseñor

del deseo de dormir,

zorzal y benteveo,

al crepúsculo se queda sin petróleo

la antorcha de Febo y humea por la mecha:

en esa lija se pule, aflige,

el himno o la elegía, cuál,

¡los dos!, ¡a la vencida flor!

(signos de admiración son postes

de tender la ausencia

de celebración, de lamento,

de lamento de la ausencia

de una cualquiera celebración).

 

Entra en la verdulería del pueblo

e imagina

cada fruta en su árbol —entra—,

cada árbol en su huerta,

imagina la savia volviéndose

jugo justo cuando el jugo se va

haciendo negra sangre, espesa,

lenta sangre. No una rotación,

un malentendido interminante

que se riza, el sonido llega

que la imagen antes: no lo descifra

el filósofo alemán

con su bonete de dormir

—qué ciudad tan mónada, habría

dicho, qué algarabía

de bocinas— ni el senador

que sisa el triple de su sueldo

ni —marioneta angulada en su catéter—

el cirujano que olvidó

un post-it en tu píloro ("¡cosir això!")

ni el maestro que hemistiquios

en toda asimetría superpone,

come su pasta de anapesto

y con papel carbónico hace el lecho.

 

Ah la flor vencida, la fruta

lironda, el tráfico y la serpentina

roja de los faros

en la noche oscura del viaducto,

ese retrato a contraluz retocado

sin tocar —amasada fortuna o

saqueo de fortín—

te pide y te despide,

opaco perfil sin rasgos,

dados de marfil, figuras

de pórfido, fichas de madreperla

frágiles como grafito,

clase de geometría axial:

la ansiedad es vertical,

la pereza horizontal,

la fobia radial,

la espiral melancolía glacé,

el llanto en la madera del taladro,

sirena aserrada o de aserrín…

 

 


Edgardo Dobry nació en Rosario, Argentina, en 1962. Sus libros de poemas más recientes son El lago de los botes (Lumen, Barcelona, 2005), Cosas (Lumen, Barcelona, 2008) y la antología Pizza Margarita (Mangos de Hacha, Ciudad de México, 2011). Ha traducido a Giorgio Agamben, Roberto Calasso y Sandro Penna. Este poema pertenece a un libro inédito.
Otros poemas suyos: De 'Cosas', En el cielo, Retentiva y Los perros de la Luna.

Comentarios

Imagen de Anónimo

bello.

Enviar un comentario nuevo

CAPTCHA
Esta pregunta se hace para comprobar que es usted una persona real e impedir el envío automatizado de mensajes basura.
Imagen CAPTCHA
Introduzca los caracteres que aparecen en la imagen.