21 de Mayo de 2012 - 06:20 pm

ensayo

Fina García Marruz

Autora, según Eliseo Diego, de "algunos de los poemas de más apasionada belleza que se hayan compuesto en lengua española desde que asomó el mil novecientos".

Más que escribir sobre la poesía de Fina García Marruz, prefiero leerla, sentirla, acaso porque he establecido con ella una relación poco literaria. Sus versos ya no son vistos por mí como una determinada serie de palabras de mayor o menor belleza, o de determinada eficacia verbal, sino como franjas carnales, materias extrañas o alusivas, como son, en definitiva, todas las apariencias.

La intensa, avasalladora aura simbólica que emana de su verbo es la misma que podemos sentir en torno a un árbol, una persona, en esos momentos, eso sí, excepcionales, en que sobreviene esa otra manera de mirar, de sentir, de conocer (o reconocer) que se ha nombrado siempre con la palabra poesía.

Cuando leo sus poemas aguardo siempre esa revelación. En ellos acaece esa suerte de entrevisión mediante la cual accedemos a un como exceso de realidad, a una sobreabundancia de sentimiento, y de sentido incluso. Su poesía, que acepta como pocas la noción de un límite, que parte de una dolorosa sensación de insuficiencia, que parece lacerar un silencio sagrado —"quiero escribir con el silencio vivo", dice en un verso—, atrae desde su cada vez más desnuda y sencilla materialidad, "el viejo oscuro son" del Universo.

Decir, desde lo poco, lo pequeño, lo pobre o, sencillamente, lo natural, ese "más" enorme que atraviesa toda la realidad. "A manera de nota de órgano", dice también. Poesía simbólica, pues, pero no con ese causalismo literario tan atrayente de cierta poesía que gusta de envolverse en una atmósfera mágica, rara, sino poesía que puede sugerir la cualidad simbólica de lo real: esa que nos arroja a un espacio vacío, a un silencio, desde donde sentimos una como antigua nostalgia o una inaudita esperanza. Es el instante puro —"el fiel instante"—, el único tiempo o punto reminiscente donde todo confluye, donde el pasado o el porvenir se entreveran en un suspendido presente. Sensación semejante a la de cierta percepción de la música. Intuición de una oculta armonía. Misterio que se muestra y se vela, como en una transfiguración de lo real.

Toda su poesía alude a ese dichoso desgarramiento, a esa aurora que rompe el alba, a ese vasto crepúsculo que se hunde, en nosotros, cuando parece que podemos morir para volver a nacer, cegarnos para mejor ver, silenciarnos para escuchar la más arrebatadora música. Eso es lo trascendente de su verbo poético. Como ella diría: "no en lo que permanece siempre huyendo, / sino entre lo que, huyendo, permanece".

Hay en su poesía como un realismo de lo desconocido; apertura, acaso, hacia esa religión natural que apetecía José Martí. De ahí que ella pueda convocar las apariencias más humildes, las realidades más sencillas o escuetas, y estas de repente adquirir como un legendario prestigio, una antigua realeza, un señorío natural, inmune a todo artificio literario.

El secreto de su estilo

En una ocasión intenté describir el secreto de su estilo, a ratos como "deslavazado", dice ella misma, o poco cuidado, como en Santa Teresa, aludiendo a su despegue, esto es, a esa corriente que parece emanar de las cosas mismas —de las grietas de sus palabras, de sus silencios, de sus limitadas cristalizaciones verbales, de sus opacidades o hurañeces— para poder mirarlas a la luz de su verdadera sustancia o trascendencia. Es decir, un lenguaje que parece quebrarse para propiciar la apertura hacia la más misteriosa naturalidad.

Se trata entonces de un realismo simbólico o incluso visionario, a través de un estilo que no se agota en sí mismo, sino que se abre hacia otra dimensión de lo conocido. Un estilo de piedad o de misericordia, que se mueve en el orden de la caridad. No obstante, al final no accedemos a un orden que desfigure, niegue o suplante la visualización o corporeidad de las cosas, porque estas nunca pierden su naturalidad. Solo que vislumbramos su indefinible alusión, su oculta llama, el alimento que las sustenta, la promesa que guardan. En otras palabras, el indecible sentido que les (nos) permite existir.

Desde su primer poemario importante, Las miradas perdidas (1951), recrea Fina los misterios de la fe. En este sentido, no conocemos otro poeta que haya abordado estas difíciles y delicadas materias con tanta naturalidad poética. A menudo ella trasmite una profunda sentimentalidad religiosa, que nos conmueve y nos hace participar de un orbe tan íntimo y a la vez tan discursivo. Pero su testimonio es tan singular, tan profundo, que se confunde con el testimonio de la Poesía. Y su proyección religiosa, a menudo explícita, no impide o estorba una lectura desde presupuestos no religiosos, aunque el no tomarlos en cuenta pueda en determinados textos limitar o empobrecer su recepción. En última instancia, ella convoca una religiosidad esencial o ancestral, del mismo modo que un Keats, un José Martí, un Antonio Machado, un César Vallejo, un Juan Ramón Jiménez, no por casualidad poetas por los que siente una especial predilección.

Muchos de sus versos pueden soportar una lectura filosófica, aunque no sea esta instancia una apetencia suya. Acaso sí la de una metafísica poética, como añoraba Machado. Pero no pueden obviarse sus afinidades con el pensamiento de, por ejemplo, Simone Weil o María Zambrano, ambas filósofas detentadoras de una filosofía de raíz poética. La suya es poesía de la memoria creadora, que parece habitar un tiempo reminiscente, donde se despliega, al decir de Vitier, "la imaginación del sentimiento". Nostalgia o, mejor, anhelo. Evocación de la propia Poesía, como esencia mediadora entre el ojo y lo mirado; y como testimonio de un saber antiguo o por venir.

Poesía que posee, como pocas, el don de la entrevisión. Esa que permite mirar las cosas de la realidad desde una radical extrañeza. Pero extrañeza que no aleja simplemente a las cosas, porque nos las devuelve siempre en su irrepetible y, de esta forma, nunca traicionada intimidad. Esto es, apresa, detiene, suspende o sorprende a las cosas en sus simultáneos, confundidos, sagrados cenit y nadir. Ese es el don de su mirada, el cual nos remite a una sabiduría ancestral, la de los orígenes, y a la intuición de una legalidad o armonía cósmicas, como diciéndonos que no por oculta su esencia, o por estar fragmentada, es menos poderosa y omnipresente.

La piedad por las apariencias que puede encontrarse en esa poesía implica también una moral, un ethos poético, como gustaba de precisar Lezama. Una ética, una religión, un conocimiento, una metafísica o comovisión, todas de raíz poética. "Toda apariencia es una misteriosa aparición", dice Fina García Marruz, con la certidumbre de que "el rostro es más misterioso que la entraña", o de que "lo que se oculta es lo que se manifiesta".

De la revelación de esa verdad depende su belleza posible, esto es, su perdurabilidad. Pero lo perdurable en poesía no es lo que no muere sino lo que se salva por participar de una esencia mayor. Estar más cerca de lo real, de la materialidad genésica de la creación, ¿no es estar más cerca de Dios?

Para ser consecuente con esta pregunta primordial, no hay, en última instancia, jerarquías en la realidad. Todo proviene de un mismo manantial. Todo clama por una participación mayor. "Es el amor quien ve": esta sentencia martiana pudiera presidir toda la poesía de Fina García Marruz. El amor como conocimiento. El amor como participación. El amor como impulso, energía religadora y unitiva. Pero para amar hay que hacer un vacío para que lo otro nos colme y se confunda con nosotros.

Muchas de estas lecciones pueden encontrarse en su ensayo confesional "Hablar de la poesía", que constituye, según ha señalado Cintio Vitier, la mejor introducción a sus poemas. Y, por la singular percepción cognitiva de ese y otros ensayos, Fina García Marruz puede considerarse también una de las ensayistas más espléndidas del idioma. Suyos son, al decir de Eliseo Diego, "algunos de los poemas de más apasionada belleza que se hayan compuesto en lengua española desde que asomó el mil novecientos".

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Una versión más extensa de este texto fue publicada como prólogo a la antología de Fina García Marruz preparada por el autor para Fondo de Cultura Económica, México, en 2002.

Comentarios

Imagen de El Anónimo Nónimo

El cubano vive de lo que vive Alberto Lauro: de conocer al famoso y presumir de ello, de idolatrar al que tiene un nombre, para poder "tomar copas y salir de juergas" con ellos. De todos los que ha mencionado sólo salvo para la trascendencia más notoria a la excelente Blanca Varela, y también a Gonzalo Rojas.  Pero en general prefiero a autores que no comulgan con ese mainstream, que desarrollan su obra por necesidad vital y no por compincheo, aquellos que escriben más para sí mismos que para que vengan otros a hacerles la corte como el "compañero" Lauro, un ejemplo de la intelectualidad que nos ha tocado heredar, adentro o afuera. Fina García-Marruz es una poeta correcta, con una voz muy auténtica y una inteligencia aún mayor, que no comulga abiertamente con la ideología del castrismo, y que sabe Dios qué le habrán dicho para firmar la famosa carta aquella. Tuve la suerte de asistir una vez a una de sus charlas, y es una mujer extremadamente interesante y estudiosa. Tiene la ventaja de que su obra ha crecido con los años, y es el conjunto el que la ha enaltecido, y no una obra en concreto (no recuerdo un solo poema suyo que pueda memorizar). Obviamente, no me fui de allí a ninguna juerga ni tomé ninguna copa con ella.

Imagen de La Avellaneda

"una anciana que sabe Dios en qué situación firmó la dichosa carta"

esta es la clave para entender la defensa de Fina...

Imagen de Anónimo

La patria es ara y no pedestal. También los comunistas abanderaron otrora el compromiso que devino en realismo socialista. Hay algo que me sorprende de las personas que atacan a una anciana que sabe Dios en qué situación firmó la dichosa carta. ¿Si eso es ahora con un premio literario de una mujer de 80 años, qué pasará el día que los Castro desaparezcan de Cuba? Esos que no tienen espacio en su corazón para el perdón serán los que darán los nuevos mítines de repudio, ahora mismo lo hacen, serán los que organizarán nuevos pelotones de fusilamientos, serán los que dictarán nuevas medidas represivas contra aquellos que colaboraron con la dictadura. Ese odio acumulado sin espacio para el perdón se volverá el paredón del mañana.  Ese radicalismo inhibe el cambio. La nueva Cuba tiene que tener también un espacio para aquellos que la traicionaron en manos de los Castro. Los verdaderos responsables se irán con los bolsillos llenos. Los “comunistas de a pie”, si es que queda alguno sincero, serán las verdaderas víctimas. Lo fueron bajo los Castro y los serán mañana.  Gastón Baquero de acuerdo con el razonamiento de Gilberto también tendría sus versos manchados de sangre y ahí está incólume. Ojalá Gilberto e Isidro no sea el Ramiro Valdés y el Che Guevara del mañana. 

Imagen de Gonzalo de Berceo

Fina García Marruz/me produce repelús,/pues hasta rima con Ruz./¿Usará Vicks VapoRub?

Imagen de Isidro

En otras palabras, de acuerdo al texto en defensa de Fina por parte de Alberto

Lauro, la pregunta es: ¿no importa cuán miserable sea tu posición política, tu obra te  absuelve?

 

Imagen de gilberto

Ciertamente hay que tomar partido... Personalmente no considero que un

poeta, artista, por muy bueno que sea, debe comprometer su poesía o su

obra de arte por cuestiones políticas. Una cosa es salir de Cuba; otra permancer y luchar contra ese régimen, y otra muy distinta firmar un

carta donde apoyas el encarcelamiento de 75 periodistas independientes,

y arriba de eso, el fusilamiento de tres hombres -no hablemos de raza

aqui, simplemente, hombres- por llevarse una lancha donde nadie pereció.

¿Como una poetisa, según testimonios, de alta nivel literario, puede involucrarse en tan mezquina actitud?

¿Por qué sus derechos y privilegios están por arriba de esos 75 periodistas

que sólo  buscaban expresar sus verdades?

Esa señora tiene sangre en su poesia. Allá los que la lean. En cuanto a Lauro,

tu amistad con ella te ciega. Y tu hipocresía es inaudita. Ella no es menos despreciable que Barnet y todos esos que criticas.

 

Imagen de Decimal

Yo soy Albertico Lauro, laureado recientemente. ¿Qué se ha creído la gente? De amigos tengo un tesauro. Siempre traigo en mi catauro las figuras con que trato. Yo no soy ningún pazguato. Me sé bien relacionar, compartir y alternar con gente de guara y boato.

Imagen de Anónimo

Alberto Lauro, ¿de nuevo caes en lo mismo? ¿Qué nos interesa, a nadie, si conoces a fulano o mengano? ¿Así que defiendes a quien firmó la muerte de tres muchachos negros? Con razón dicen que los holguineros son racistas. ¿Y si hubieran sido tres Ganimedes? Qué pena da leerte. Y qué vergüenza ajena. Qué vergüenza de que seas cubano, de que seas de ese pueblo que dio un Antonio Maceo. Te acabo de hacer la cruz y la raya. Mira que te lo advertí. Mira que te lo han criticado. Pero árbol que crece. Allá tú.

Imagen de Anónimo

En Cuba, frente al gobierno de los Castro, solo hay tres posiciones posibles. La primera es enfrentarlo de manera directa como hace Yoani y Biscet. Esa es sin dudas la solución más digna. La segunda es abandonar el país y dejárselo a los Castro lo cual entraña un acto de cobardía intrínseco y quiero dejar constancia que yo estoy incluido en este grupo. La tercera es no tener el valor para vivir el desarraigo y el dolor del exilio ni el valor para enfrentarse frontalmente al régimen. Los segundos y los terceros tenemos en común un miedo y un escamoteo del enfrentamiento a los Castro. Los terceros en la mayor parte de los casos no pueden sobrevivir en Cuba sin mancharse del castrismo pero estoy seguro que llevan toda la vida el dolor de esa mancha sobre todo si son personas de la eticidad y la sensibilidad artística de Fina. Otros, como Gastón Baquero a quien admiramos, recibía 10 mil pesos mensuales por la asesoría política a su coterráneo Batista que asesinaba sin miramientos y dio un golpe de Estado inconstitucional en Cuba. No por eso es menos poeta. Lydia Cabrera a quien todos admiramos como etnóloga y como mujer que supo enfrentar su sexualidad en una sociedad que la censuraba. Trabajaba en el Instituto de Cultura de Batista y abandonó el país sobre todo por su vinculación con este. Los documentos se pueden hallar en el Fondo Batista en la CHC de Miami. La pintora cubana revolucionaria Amelia Peláez cuando el gobierno revolucionario también la envió con dinero del gobierno revolucionario a operarse la vista a un país capitalista como Francia. Aprovecho la falta de censura allá para escribirle a su amiga Lydia Cabrera  y despotricar de Fidel. Su pintura es exquisita y si colaboró y si firmó, ya sabemos lo que pensaba íntimamente pero no tuvo valor para irse de Cuba y dejar allá tirados los papeles de su pariente Julián del Casal. Ella se consideraba custodio de un patrimonio. Lydia dejó su casa y las turbas la saquearon y se perdió una de las colecciones privadas más valiosas de Cuba. Si el pecado de Fina y de su poesía es haber tenido miedo y no faltarle el valor para ser un Biscet y una Yoani, yo debo confesarme culpable también por estar en los EEUU y faltarme el valor de hacer lo que ellos hacen. Espero que los intransigentes del exilio tengan el valor de regresar allá a enfrentar a los Castros como lo hicieron los héroes de Bahía de Cochinos. Si no tienen ese valor, al menos deben callar frente al talento.  

Imagen de Alberto Lauro

Si algún poeta, ya no en Cuba si no en el ámbito de la lengua española, es digno de recibir el reconocimiento internacional del Premio Reina Sofia de Poesía, es Fina García-Marrúz. Se ha hecho realidad lo que hace unos años vaticinó el poeta chileno Gonzálo Rojas (1992), también el primer ganador de ese Premio, con lo que estaban de acuerdo otros premiado posteriores,  a quienes he saludado en la Residencia de Estudiantes de Madrid, como Álvaro Mutis (1997) y Blanca Varela (2007), así como otros con quienes he compartido en Madrid: José Hierro (1995), José Ángel Valente (1998), Antonio Gamoneda (2008), Francisco Brines (2011). O con los que he salido a tomar copas y de juergas como con Angel González (1996) o José Manuel Caballero Bonald (2004), que recocen la altura de la obra de esta gran poeta. El texto de Jorge Luis Arcos hace justicia a esa obra, pues no se trata de un premio político sino literario. Y sobradamente son sus méritos como creadora. Alberto Lauro     

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