21 de Mayo de 2012 - 06:20 pm

Ensayo

En la vecindad

¿Cuán cerca estuvieron Hemingway y Enrique Serpa? ¿Cuán cerca estuvieron los narradores cubanos y estadounidenses?

El principal atractivo del número 2/2010 de la revista Revolución y Cultura —de reciente circulación, a pesar de la fecha— es, por supuesto, la fotógrafa Cirenaica Moreira. Fotografías suyas ilustran ambas cubiertas y páginas centrales y Manuel López Oliva le dedica un ensayo. ("El tema está en que mi cabeza todavía sigue pensado y diseñando en función de aquel cuerpo anterior", le dice la artista al crítico en un mail. "Por eso te digo que me siento en transición, como sobre un tembladero.") Después, bueno, hay dos artículos sobre Enrique Serpa a los que vale la pena acercarse.

En "Una novela cubana en Francia", Graziella Pogolotti comenta la resonancia que ha tenido en la prensa francesa la reciente publicación de Contrabando, traducida por Claude Fell. Reseñas elogiosas que pasan por alto, sin embargo, "la temprana vecindad dialógica de los escritores de la isla con sus contemporáneos en Estados Unidos".

Eso que Pogolotti llama vecindad dialógica entre escritores contemporáneos de ambos países (y que hace mucho tiempo dejó de existir), adquiere una forma más concreta en el siguiente artículo: "La amistad entre Hemingway y Serpa: una primera impresión", de Armando Cristóbal, donde se traza una —palabras del autor— "incompleta, superficial y modesta referencia en paralelo a la vida y la creación de los dos escritores".

El ejemplar de Contrabando que hay en Finca Vigía, la primera edición de 1938, tiene esta dedicatoria manuscrita: A E. H., con admiración y amistad, Enrique Serpa.

El protagonista de la novela —llamado, irónicamente, el Almirante— es dueño de una goleta pesquera, pero por más que lo intenta no logra interesarse en la pesca. Un médico le recomienda navegar para fortalecer sus nervios "limados por diez años de ron y prostitutas", y él va y se compra textos de náutica, cursos para pilotos y cartas marinas que nunca lee. Un día se entera de que un escritor estadounidense suele venir a pescar agujas en aguas cubanas.

"Se llamaba Hemingway, Ernest Hemingway. Y me creí obligado, naturalmente, a poseer también una obra suya. Recorrí, en búsqueda inútil, todas las librerías de La Habana. Y al cabo tuve que conformarme con dos retratos suyos, publicados en un periódico. Pegué uno, el más grande, en mi camarote. Y cuando alguien inquiría sobre aquel rostro ancho y sonriente de americano saludable, yo le informaba que era un millonario amigo mío."

Cuesta leer sin una sonrisa estas líneas que Serpa escribe allá por 1932-33. El treintañero autor de Fiesta y Adiós a las armas, que todavía no es millonario, aparece ya convertido en estampita, en decorado, como parte de la apócrifa afición del Almirante a "las cosas marinas". Serpa apunta al tópico que se redondeará un par de décadas más tarde, con ese Hemingway for dummies que lleva por título El viejo y el mar.

A diferencia del viejo Santiago, que no podía pescar (y no hace nada al respecto), los pescadores de Serpa llevan muchos días llenando las redes. El resultado es la misma miseria: la abundancia ha bajado los precios, el pescado no vale nada en La Habana de finales de los años 20. Entonces el viejo Cornúa, patrón de la goleta, sugiere entrar en negocios con la mafia. Son los años de la Ley Seca: los barriles de ron se compran barato en la Isla y se suben a los Estados Unidos.

Esta operación moviliza en la novela algunas cuestiones de interés. Por ejemplo, hay una escena en que Cornúa le dice al Almirante: "Entre una de esas pellejas que cuando usté menos se lo piensa le pega una enfermedá asquerosa, y un contrabando, me quedo con el contrabando. Es más de hombre, ¿no?"

El contrabando es cosa de men without women. El contrabando está asociado a la hombría, precisamente uno de los elementos claves que configuran lo hemingwayano. La hombría de desafiar el peligro, embestir contra el destino y luchar, todo eso. Solo que Serpa le va a inyectar a sus personajes una sustancia distinta, va a esparcir sobre cubierta la testosterona de otra clase social.

Aquí la hombría se resiste a las abstracciones: de lo que se trata es de vivir en un solar y no contar con otra cosa que tus manos. Defender tu moral y tu pan con un cuchillo. Matar a otros hombres si fuera necesario, pero no hacerlo nunca "de mala manera". Mantener alta la frente ante la adversidad, ante la policía. No andarse por las ramas: si hay que ir a una huelga, mejor que esta termine con sangre.

Una liga, parece decirnos Serpa, en la que no juegan tipos como el Almirante. "¿Qué era yo, hipócrita, tímido y vanidoso, sino un contrabando entre aquellos hombres?". Contrabando en el que la hombría alcohólica de un Hemingway más temprano o más tarde termina revelándose como lo que es: safari y estilismo. Hay un único mundo para esta hombría, uno solo. Ambos Mundos es el nombre de un hotel para turistas.

Sería interesante seguir la pista de ambos escritores. Jóvenes, pero no tan jóvenes. Tal vez caminaron juntos por Obispo. Seguramente se dieron sus tragos en algún bar. ¿De qué hablaban? ¿Qué decían de las mujeres? (¿Qué mujeres?) ¿En qué pensaba Serpa mientras escuchaba hablar a Hemingway y contemplaba aquella sonrisa de americano saludable dando sus primeros pasos en Cuba?

Más allá de estos encuentros, que son también desencuentros, es posible que Serpa y Hemingway nunca hayan estado tan cerca y al mismo tiempo tan lejos como en los capítulos finales de Contrabando, cuando la goleta ancla frente a las costas de Sanibel, al sur de Tampa, y llega el yate de los americanos.

Es posible que en esa zona de vecindad (habría que preguntarse si tal vecindad no ha estado siempre mediada por la mafia), con esa goleta cargada de ron y con foto de Hemingway en un camarote, Serpa le haya sacado a su amigo pescador varias millas de ventaja sobre la corriente del Golfo.

"Y el último garrafón se deslizó por el andarivel, entre los hurras estentóreos de nuestra gente. El grumete, sin saber acaso por qué, tiró su gorra al aire. Y Onofre desplegó en el palo mayor una bandera cubana. Los hombres de McCarthy sonreían, sorprendidos y regocijados ante aquel entusiasmo tropical."

A lo mejor los hombres de McCarthy no lo entendieron. Pero ese es, sin duda, uno de los mejores usos de la bandera que he visto en la narrativa cubana.

Comentarios

Imagen de Anónimo

 "¿Qué era yo, hipócrita, tímido y vanidoso, sino un contrabando entre aquellos hombres?".

Qué frase! Y muy buena reseña. Gracias al autor

Imagen de Gracias

Me pareció un artículo interesante. Y como ya conozco, en inglés, la obra del estadounidense, me leeré a Serpa nuevamente. Y digo el porqué de la aclaración del idioma. Una vez, en mi otra vida, era yo residente de medicina interna de un famoso hospital de La Habana, mi profesor atendía directamente a una catedrática norteamericana de la Universidad que enseñaba a Ernest Miller. Aquella tarde él no estaría y me dio la tarea de atender a la "americana". Ya en la consulta y tratando de ser amable, le dije una verdad: que me había leído al Nobel de la Finca Vigía. La profesora me preguntó, ¿en inglés o en español? En español, respondí. Entonces ella: pues tendrá que hacerlo en inglés, usted no se lo ha leído. Sentí mucha vergüenza. Baste decir que actualmente poseo la colección completa del Ernest Miller que, ahora sí, conozco en su idioma original. Mientras discurría esta nota, me detuve, fui a mi biblioteca y busqué mi "Contrabando" particular que estudié para mi doctorado en letras, allá por la primavera de 1998. Volveré a degustarlo. Gracias por este artículo que me ha inspirado y a su autor, Jorge Enrique Lage.

Imagen de Ianonimo

Muy interesante , muchas gracias , volveré a leer Contrabando , lo hice años y casi no lo recuerdo.

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