21 de Mayo de 2012 - 06:20 pm

Narrativa

En el aire

'Después de un rato infinito en que el silencio hizo de obertura —en el que ella rezó por que no fueran discípulos retrasados de Cage—, el violín serruchó la madera al tiempo que se oyeron saltar unas piedritas en una bandeja con imán y conectada a una laptop...'

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Delante de la puerta, un escaso coro. Preguntó la hora, comprobó en el volante.

 

                                        CAVE 12

                       UNAMI / ICHIRAKU / KINOSHITA

                            Unami Taku: computadora

                          Yoshimitsu Ichiraku: percusión

                             Kazuhige Kinoshita: violín

                          SABADO 2O DE NOVIEMBRE

                                        21H30

                        Rhino 12 boulevard de la Tour

                               http://www.cave12.org

 

Se acercó, sí, el concierto era allí. Preguntó la hora. Fue de una esquina a otra, ¿y si no venía? Un joven con gafas oscuras se apareció seguido del trío. Se abrió la puerta y se volvió a cerrar. Se puso en la cola. De a poco, en pequeños racimos llegaba el público y se amontonaba en el parqueo cerca de la entrada. La puerta volvió a abrirse, entró un tipo con melena, se volvió a cerrar. Hubo chiflidos, tal vez alguna que otra deserción. Preguntó la hora. ¿Vendría? La puerta se abrió y no se cerró.

Respiró el aire trancado de la escalera en espiral. La luz procedía de una fila de velas dispuestas a ras del suelo un peldaño sí y otro no. Al final, otra puerta, el de las gafas sentado a una mesa: diez francos. Se dio vuelta, la cola se perdía en la espesura de la noche. ¿Y si no venía? Compró los boletos, salió, cruzó la calle. Al llegar al cruce la vio llegar, sin apuro, por la otra acera, doblando por debajo del cuerno rojo que de la fachada pendía. Zeeeel, oyó gritar y al virarse reconoció la silueta de Leo que volvía al trote y jadeando.

La asistencia cabía difícilmente en la sala. A empellones conquistaron un lugar —en el piso, contra el escenario. El trío de japoneses también se vio obligado a espantar codazos para acceder a la tarima. Ya instalados, mientras las voces aún retumbaban, los músicos cerraron los ojos y se sumieron en sí cual monjes meditando. Al principio no se advirtió su presencia, pero rápido el ruido cedió al hipnotismo del Levante. Después de un rato infinito en que el silencio hizo de obertura —en el que ella rezó por que no fueran discípulos retrasados de Cage—, el violín serruchó la madera al tiempo que se oyeron saltar unas piedritas en una bandeja con imán y conectada a una laptop y el rechinar de un platillo que el percusionista cepillaba deslizando dos arcos de chelo; y era una puerta de goznes oxidados que se abría y se cerraba y se abría y una radio sin sintonía, de una frecuencia a otra, un mortero, un balcón en derrumbe, niños sonando timbres, mataperreando, y ladrillazos van ladrillazos vienen y la puerta que se abre, se cierra, a lo viernes trece y hace frío y el narra del platillo, impávido ante la sala vaciándose al minuto, inicia un nuevo éxodo y carpinteros apuntalando tablas y el gong lejano que anuncia la muerte del emperador y el baile sordo de las piedras en el agua, una planta eléctrica atorándose, llovido polvo de metales, y los tres budas meditando el ruido insoportable del silencio, una mano que recorre la espalda, la cintura, y cruza otra mano que suda pese al hielo del piso y un beso en la nuca y las voces en improvisado coro, otro derrumbe, el motor de un carro al calentar, y ladrillazos van ladrillazos vienen contra una puerta que se cierra estrepitosa y la soga se desliza al compás de los pasos que huyen hacia el otro mundo de la cortina y los vasos chocan con las voces y la soga es nudo de ahorcado y grito ronco, mudo, y sin eco, como el beso en la nuca, y el gong que sí enloquece gong gong gong y a su muerte es un silencio de monjes, de yeso: la iluminación —aplausos escasos en la sala y hace frío y es una mano o el beso—: los ponjas sonriendo, impasibles.

Del desierto a la turba del bar. Ella propuso (dispuso) cambiar de sitio. En un santiamén —azar de los azares—, el Sumo. Una mesa taraceada con estilo oriental; reliquias chinas o indias, quizás tailandesas; en la pared frente a la entrada, el altar: un vaso de agua y una vela debajo del póster de un santo, ¿de un Gurú? Té de jazmín. ¿Qué hacer de ese beso? Mirarlo ahora era prender un cigarro e intentar que él se esfumara con el humo.

—¿Y Sarah?

—Nada. La boca de Leo alejándose, fingiendo alejarse, para acercarse cada vez más y romper la distancia que ella mantenía —o fingía mantener. También ella sería nada.

 

2. Sobre la evaluación

 

No lo sabía, pero todo indicaba que vivía a la espera de algo (o de alguien) que la salvara de sí misma. Todo comenzó en una reunión con el objetivo de preparar las acciones de protesta contra la cumbre del G8 en Evian. Allí la vi por primera vez. No tardé en olvidarme de todo lo demás y ser sólo ojos para ella. Sus intervenciones eran directas, a veces cáusticas aunque con una actitud que no lastimaba susceptibilidades; apelaba al humor para rebatir las críticas o para predisponer la audiencia a favor, sabía callar hasta que el rumor de las posiciones en disputa se apagara y entonces lanzaba, certera, su propuesta —un arte consumado de la retórica. También confundía la risa, ligera, con que agradecía las bromas. No obstante, confieso que más me deslumbró la soltura de aquellas caderas, acentuada por el tatuaje de una flor de loto en la caída de la espalda, que apenas ocultaba el pantalón de tiro corto, y los pezones soberbios que afloraban debajo de la camisa de raso y sin sostén. Sus brazos, un tanto abultados, contrastaban con la finura del talle y la dureza del rostro —ojos glaucos y labios llenos, velado de vez en cuando por una mecha que se desprendía de los cabellos castaños y ondulados. Era más que deseable y lo sabía. Disfrutaba cómo las miradas le recorrían el cuerpo y se perdían en el bojeo sin nunca dar con su mirada, fingiendo no enterarse. Cuidaba de sus afeites y su vestir era sobrio y delicado —algo común en otro contexto pero no en la fauna alternativa, en la que el gusto y el encanto pasan por sumisión a los cánones de la estética burguesa y a su correlativa reducción de la mujer a objeto; con razón tal vez —será ésta la imagen que induce a gran parte de mis compañeras okupas (pese a su procedencia social nada humilde o quizás por ello mismo) a ataviarse con ripios que les otorgan la inconfundible estampa de taradas o de pordioseras; ¿o será el hecho de que, por lo general, no pasen del estadio estético de gárgola lo que las convierte en furias contra todo asomo de belleza —reduciéndose a su pesar en un espectro invertido de la muñeca descerebrada que las obnubila?

Aquella armonía de cualidades era precisamente lo que, a mi entender, cavaba su tumba: la perfección la privaba de redención. Sin ir más lejos, los esperpentos que poblaban la casa okupa donde yo vivía, gracias a sus limitaciones, lindaban sin saberlo con lo trascendente, pues con frecuencia les era imposible no intuir la irrelevancia que las definía. No así Sarah, la cual, además de las ínfulas de una inteligencia superior a la media, gozaba de una estima propia fomentada por el flujo continuo de suspirantes. Su carácter hacía de ella un hueso duro de roer y por lo tanto resultaba disparatado que quienes lograran sus favores renunciaran a ella sin resistencia —sobre todo en esta ciudad de exhibicionistas solapados: los que no la amaban, por lo menos, la paseaban. Suponiendo con toda lógica que éstos en su mayoría no despertaran en ella el menor interés y a la vez que sus experiencias amorosas se resumieran en un fiasco rotundo, dicha adulación constituía un andamio suficiente para mantener en alza el amor propio. Consideraciones de esta índole fueron las que me llevaron a poner miras en su suerte. Y ya que la seducción se equipara a un juego de circunstancias, aguardé una reunión y otra el momento propicio; el cual llegaría con el lanzamiento de una iniciativa contra el desalojo de uno de los edificios okupas más emblemáticos de la ciudad, vía la compra del mismo por parte de la municipalidad con el fin de transferir oficialmente la gestión a los okupantes del sitio. Más interesado por su confort que por la causa, defender aquel grupúsculo me importaba poco y nada. No menos cierto era que el circuito okupa había ido declinando los últimos años, sufriendo una regresión de boga a especie en vías de extinción. Además, Sarah abogaba por la maniobra. Así que me alisté para la colecta de firmas. En un primer tiempo hice caso omiso de la repartición de puestos y dejé que me inscribieran según las exigencias de la logística, tampoco me interesé en saber con quién colaboraba. En cambio, sí que averigüé sigilosamente los horarios de Sarah. Un sábado en el que ella cerraba se me antojó como el día. La víspera de mi turno aduje una sobrecarga de trabajo de la que no me libraría antes del fin de semana. Reiteré mi disposición a participar la jornada entera y, en caso de que el cambio afectara la organización, a encargarme yo solo del estante. Por esta vez me ahorraría el celo; me avisaron que alguien del sábado asumiría mi agenda. No cedí a la tentación de indagar el nombre del suplente. Apuesta con probabilidad de 0.5. Que los auspicios me fueran favorables no impidió que llegara al punto de operaciones, la Place Molard, con media hora de adelanto. La cosecha de la mañana había sido magra. En la pareja a cargo de la primera tanda se notaba desaliento, lo cual me hizo suponer que se trataba de unos novicios. No entendí, en cambio, que el desgano también se apoderara de mí. Quizás fuera la idea de pasar el resto del día intentando persuadir a la gente de que refrendara una iniciativa que beneficiaría en primer lugar a los cabecillas del inmueble en cuestión con los que ya había chocado en múltiples ocasiones —pero ésta es otra historia. Los argumentos que balbucía surtían poco efecto en quienes se detenían a discutir. Las firmas provenían de convencidos con los que ni siquiera precisaba hablar. A tal punto se me veía contrariado que después de una defensa particularmente enrevesada, una vieja me gritó indignada: "eso es una estafa". Nunca he soportado a los viejos. Los más nunca se enteraron de qué iba la vida y justo cuando están a punto de hacer algo que otorgue por fin sentido a su existencia, es decir morir, se les antoja eternizarse con su deplorable presencia como si el mundo no prescindiera de ellos. La vieja me dio la espalda y bordeó la mesa. Eché un vistazo alrededor y avancé con disimulo hasta su altura y puse un pie de obstáculo a su partida. La vieja se vino abajo, desbocada en la acera. Plaf. Sonido fofo de un saco de huesos. ¡Un verdadero espectáculo! Pero sin consecuencias: rasguños en las rodillas y los antebrazos. Eso sí, un dolor en la cadera que le arrancó, la pobre, unas lágrimas cuando la socorrí. En instantes se improvisó un coro de samaritanos y otro (el doble de amplio) de chismosos. Mientras aguardábamos la ambulancia le di de beber y la consolé con cariño: "a andar con cuidado, abuela, otra como ésta y no se levanta más". La expuse en una silla a modo de mascota, a ver si algún pasante se conmovía con la anciana okupa. Si bien el número de firmas no se disparó durante la espera, una aceleración del ritmo se hizo apreciable. No sé hasta qué grado la vieja recelara de mí; no bajó la hostilidad y sus agradecimientos, antes de trepar en la ambulancia, sonaron a mera cortesía. Recuerdo, si he de hallarle algún atenuante, que me recomendó a otro viejo —aunque sospecho que supiera que el viejo se mostraría más insolente aún. Creí que iba a pasar toda la tarde en pugna contra la gerontocracia, acosado por el olor a carne reseca, pútrida, mirando labios en remojo de baba y de la demasiada mierda que hablan, manoseado por sus manos temblorosas y chamuscadas, descarnadas, ah, como la misma muerte, voces cavernosas, pupilas al acecho, empañadas por el rencor de no poder vivir otra cosa que el recuerdo. Gnomos rabiosos que me rompían el espinazo al forzarme a una genuflexión continua. Creí la conjura de los viejos invencible cuando de pronto la vi a ella. Aparición divina: blusa de escotes y la falda hasta las rodillas moldeando fielmente la perfección de la cintura, los muslos amplios, las piernas torneadas, y aquellos ojos que sonreían al verme por primera vez —quién sabe, reconociéndome tal vez.

Un paseo, ganar su confianza. Después de decuplar la cuota de signatarios —las huestes varoniles rendidas a sus pies— la invité a cerrar la tarde con un aperitivo. Cara a cara inicial en que se imponía la distancia: nada de halagos ni amago de seducción, llevar la conversación por trillos trillados. De los revuelos de la política local pasamos al fracaso de la izquierda, al repaso de nuestras trayectorias o a temas de corte parecido —sin implicación pero propicios a traslucir las afinidades y, sobre todo, las divergencias —más ficticias que reales; pero tenía que refutarla, negarle la razón, dejar claro que conmigo no brillaban sus sortilegios: distinguirme de la postura que Sarah hallaba en el común de los hombres. Al despedirnos no le sugerí cita, tampoco le pedí su número.

La vez siguiente coincidimos en una conferencia de Attac. Después, continuó la noche en el Remor con unos cuantos camaradas que teníamos en común. Un saludo cordial fue toda la atención que le dediqué en aquella ocasión. Más bien me concentré en una vieja amiga de la época en que cursaba mi primer y último año en la facultad de letras —Schopenhauer sostenía que la academia embrutece; y no tardé en corroborarlo. Nos dimos pues a desempolvar anécdotas, retrasar nuestras andanzas y, con el correr de los tragos, a rescatar los guiños indecibles por donde filtra la intimidad. Se aunaba la feliz circunstancia de que mi amiga era lo que, en base a las normas estéticas en vigor, se calificaría de, bueno, dejemos la descripción para no herir susceptibilidades. Claro que para Sarah siempre había, cuando cruzaba su mirada, una sonrisa o expresión afable, pero que no difería en especial del trato conferido a los demás. Aquella noche, ¿por qué no admitirlo?, me lucí con éxito. El contexto se prestaba para ello: no faltaban entre los presentes quienes supieran de mi prestigio como militante, de mis viajes, and last but not least, de mi fama de tombeur. Chistes que funcionaron, las anécdotas (más bien fábulas) de vivencias drásticas en Colombia causaron el impacto descontado, en los brotes de discusión actué de mediador sagaz, aportando de vez en cuando matices a las partes en disputa. Pienso no equivocarme al considerar que logré guardar la apariencia bajo un control total —ni palabra ni gesto de más. Es de suponer que Sarah notara que en Leo ella no existiría ni siquiera en un segundo plano. El eje comenzaba a girar.

 


José Antonio García Simón nació en La Habana, en 1976. Este texto pertenece a su novela En el aire (Albatros, Ginebra, 2011).

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