21 de Mayo de 2012 - 06:20 pm

Narrativa

El retrato astral (Fábula posmoderna y multicultural)

'¿Sabe qué pasó? Que engordé como una vaca Holstein puesta en ceba. A las nueve semanas de existencia tejana, el culo y las caderas que con tanta asiduidad me habían eludido en La Habana se materializaron y cubrieron mis huesos como por arte de birlibirloque.'

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                         Para Gabriel Gorcés, por Venecia

 

"This portrait would be to him the most magical of mirrors. As it had revealed to him his own body, so it would reveal to him his own soul."

Oscar Wilde, The Picture of Dorian Gray

 

Buenas tardes, señor. Yo estoy aquí porque, como el pez del refrán, morí por la boca. No, no fue por hablar demasiado. La raíz de mis problemas no se encontraba en lo que se me escapaba del cerco de los dientes, sino en lo que me entraba por esa vía.

Entendámonos: no fui gorda de niña, ni jamás tuve vocación de interfecta temprana. En mi país de origen me llamaban La Flaca, entre otros adjetivos que incluían, pero que no se limitaban a La Huesitos y Palo con Pelo. Lo que se usa allá en Cuba es tener un buen culo, tipo batea de lavar ropa, y caderotas de rumbera de Tropicana. Si hay o no hay panza que acompañe al culón (y la hay, en la mayoría de los casos, porque allá todavía no se han puesto de moda la liposucción ni los ejercicios Pilates), eso no le preocupa a nadie.  Lo fundamental es lo que se carga detrás. Y las pechugas, desde luego.

Tan desnutrida me veía que, al hacerme mi vestido de quinceañera, abuela se empeñó en coserles unas pelotas de algodón a los ajustadores para que simularan bien o mal los pechos que la naturaleza se negaba a darme. Quería también enjarretarme una almohadilla en el trasero, pero ahí sí me planté y le dije que ni de broma.

—¡Pues sigue hecha una gata flaca, chica, y si no encuentras marido, jódete, quédate solterona o métete a monja! —me soltó hecha una furia.

A ver si eso no es suficiente para traumatizar a cualquiera. Y por poco se cumple su profecía, porque a los veinte años todavía conservaba el… Bueno, ya sé que a usted esas cosas no le importan y que a lo mejor ni se acuerda de mi abuelita, que en gloria esté, pero le cuento todo esto para que se ubique. Tenga paciencia, por favor, que ésa es también virtud de santos.

Como le iba a decir cuando me interrumpió con tanta brusquedad, yo llegué virgen a los veinte años, por culpa de mi flacundencia. Ah, y perdí esa doncellez vergonzante por casualidad y casi, casi por despiste… Pero ésta es otra historia que no hace al caso referir aquí, más con las malas pulgas que usted se gasta y la prisa que tiene.

Pasé la adolescencia perseguida por el descarnado espectro de lo que en mi casa llamaban subdesarrollo corporal. Y conste que yo procuraba engordar usando todos los trucos habidos y por haber, apelando a mi fuerza de voluntad para comerme media libra de pan por la mañana y zamparme, con los ojos llenos de lágrimas, una lata de leche condensada cada noche. Lo peor era que la vomitaba después, para horror de mi madre y mortificación de mi hermana porque aquélla era una desconsideración y una manera imperdonable de botar la comida, más que estábamos en pleno corazón de la crisis de los noventa.

El primer hombre que me propuso matrimonio —y al que le contesté con un sí del tamaño del Capitolio Nacional porque, según el consejo familiar, yo no estaba para escoger, sino para arrebatar— fue un americano quince años más viejo que yo. El Johnny había viajado a Cuba en no sé qué misión humanitaria (para buscar mujer, después se puso en claro) y como dos soledades se hacen compañía y las piedras rodando se encuentran y siempre hay un roto para un descosido, pues nos juntamos. Lo llevé por las orejas (o, más exactamente, por la picha) a la Consultoría Jurídica Internacional y nos casamos ipso facto, antes de que se fuera a arrepentir.

"Miren a La Huesitos, con lo mosca muerta que parecía y se las arregló para enganchar a un gringo", refunfuñaban mis amigas-enemigas, envidiosas hasta la pared de enfrente porque ellas, con sus culos tectónicos y todo lo demás, no habían conseguido ni un nigeriano que las invitara a Cayo Jején.

Ocho meses, una visa y una montaña de papeles después, llegué a El Paso, Texas. ¡Oiga, mi padre, qué choque cultural ni choque cultural! El choque mío fue con el refrigerador del apartamento de mi flamante marido. Se me despertó un apetito colosal. De repente descubrí que podía tragarme, de una sentada y sin esfuerzo alguno, diez bombones, dos perros calientes y tres tartas de frutas. Y una cazuela entera de fettuccini Alfredo, sólo por lo bien cortados que se veían los pedacitos de pollo y por el regodeo infantil de pescar los floretes de brócoli que asomaban sus cabecitas verdes entre la crema, espesa y blanca como velo de novia.

¿Sabe qué pasó? Que engordé como una vaca Holstein puesta en ceba. A las nueve semanas de existencia tejana, el culo y las caderas que con tanta asiduidad me habían eludido en La Habana se materializaron y cubrieron mis huesos como por arte de birlibirloque. "Hija, ni que te hubieras mudado para Culifornia", comentó abuela al ver mis fotos, orgullosa como si yo hubiera escalado el Everest o conquistado el título de Miss Universo. Una servidora se admiraba en el espejo, se pavoneaba por las calles y se ponía los pantalones más apretados que podía conseguir en TJ Maxx.

El único que no estaba contento era Johnny. No sé si usted está enterado, pero en la tierra de los libres y los bravos los culos no son cool. Quién me lo hubiera dicho cuando devoré con entusiasmo de neófita mi primera hamburguesa de McDonald's con tres raciones de papitas fritas. ¡Quién me hubiera explicado a tiempo que un fondillo de esos que se traban en los sillones era una impedimenta en Texas, donde ser La Huesitos se ha convertido en el sueño americano de toda mujer que se respete!

Al principio Johnny no decía nada, o disimulaba su malestar con frases de cumplido: "No te preocupes, honey, more to grab[1]." Pero yo comprendía que ya había demasiado que agarrar en mi rotunda encarnadura de madonna renacentista. Mis tetas, que alguna vez fueron teticas, se habían convertido en un par de ubres bovinas. Las cremalleras de las faldas se me despedazaban entre los dedos. Y una tarde de humillación me enteré de que los amigos de Johnny, y las novias y mujeres de sus amigos, me llamaban a mis espaldas La Gorda, the Fat Girl. ¡Ironías del destino!

El colmo de la mala suerte fue que, cuando por primera vez podía comprar toda la ropa que quisiera, sin la libreta de racionamiento, resultaba que, según mi marido, todo me quedaba de espanto. "Sweetheart, esos pants tan ajustados te hacen lucir…low class", me dijo un día. "De baja clase será tu madre, so gringo marrano," le contesté para mis adentros. Pero qué vergüenza, señor. Qué mala sincronía. ¡Cuando en Cuba me habrían comido a piropos por la calle y habría tenido a una jauría de hombres detrás de mi culón!

Sin embargo, incapaz de controlarme, seguí comiendo y engordando hasta que caí en cuenta de que le había dejado de gustar a Johnny, que ya no me tocaba por las noches ni me daba un pellizco de compromiso. Entonces me asusté y comprendí que tenía que hacer algo. Comencé a subir y a bajar las escaleras del apartamento en lugar de tomar el elevador, aunque vivíamos en un décimo piso. Recurrí de nuevo a mi fuerza de voluntad, esta vez para espantarme el apetito, y traté de provocarme el vómito después de las comidas. En fin, usé todas mis mañas y marañas para lograr el efecto contrario al que había buscado infructuosamente durante los primeros veintiséis años de mi vida. Y nada, no conseguí volverme anoréxica ni por un día siquiera. Vomitaba una agüita de miseria y luego corría a la cocina y atacaba el refrigerador, con un sentimiento de culpa tan grande como aquella hambre vieja que se me había enredado en las entrañas.

Para colmo de males me entró la manía de no poder dormir sin echarme a las tripas un bistec talla extra. Un bistec neoyorquino, imagínese. Y si no lo comía, me entraba una penita y un salto en el estómago y una ansiedad de insomnio que me tenían dando vueltas en la cama hasta la madrugada. Esto es, hasta que Johnny, el pobre, se daba media vuelta y me decía: "Honey, ¿por qué no te preparas un steak?"

Un par de veces mi marido me planteó la separación, siempre con buenos modos y disimulando. "It’s not you, it’s me[2]." Echándose la culpa porque los gringos (algunos, quiero decir, los politically correct[3]) son buenas gentes y educados. Un cubano me habría mandado al carajo sin contemplaciones o puesto unos cuernos que ni los de un alce canadiense, pero Johnny era otra cosa. Hasta que pasó lo que pasó. Muy medido y siempre procurando no herir los sentimientos de nadie. No sería de grandes ligas en la cama, pero ya le dije antes que una no estaba para escoger.

Yo me negaba redondamente a que nos separásemos jurándole que lo quería demasiado para abandonarlo, o, cuando estaba en plan sincero, poniéndole como pretextos que no sabía bastante inglés y que adónde diablos iba a ir sola (o que valiera más, pero aquello me lo callaba). O le preguntaba, sollozando como una Magdalena, por qué me había sacado de mi casa habanera para dejarme abandonada en un país extraño. Chantaje emocional de altos quilates, pero dio resultado. Hasta lo amenacé con tirarme por el balcón, aunque juro que en ese tiempo no tenía la menor intención de hacerlo.

Así las cosas, se me ocurrió una tarde ir a la Feria Psíquica, la que se celebra cada agosto en Hawthorn Inn. Yo nunca había sido creyente; ni en los orishas afrocubanos, ni en Dios, ni en vírgenes o santos, y usted dispense. Pero estaba tan desesperada que me llegué por allá a ver si los espíritus tejanos le daban una solución a mi problema. El primer sitio que visité fue una casilla donde tomaban fotografías del aura. Costaba un ojo de la cara, cincuenta dólares por la astral picture[4], pero la fotógrafa era una vendedora estrella y me convenció.

El retrato que me extendió diez minutos después era una imagen algo difuminada de mi muy porcina persona. Me rodeaba la cabeza un halo color malva con chispas amarillas. "Tienes muy buena protección astral", me dijo la fotógrafa, o eso le  entendí yo. Acto seguido trató de endilgarme una loción abre caminos, un atrapasueños de Nuevo México y no sé qué otras zarandajas esotéricas. "Todo esto es magick, my darling", repetía. "Magick, with a k."

En mi inglés mocho le dije que thanks pero no, y me largué con mi foto en el bolso, pensando en cómo iba a justificar ante Johnny el gasto de los cincuenta dólares. Todavía no me había llegado el permiso de trabajo y dependía por completo de mi marido. Hasta estaba pensando en empezar a trabajar por la izquierda, limpiando oficinas o haciendo lo que apareciera, porque si Johnny al fin se divorciaba me las iba a ver negras con pespuntes grises.

Llegué al apartamento y encontré a mi marido mirando obstinadamente la televisión, como solía hacer en los últimos meses, supongo que para evitar el mirarme a mí. Guardé la foto en un cajón de la cómoda y preparé la cena. Puerco asado nadando en grasa, arroz con mantequilla por encima, frijoles refritos y pastel de manzana. Johnny no dejó ni una miga. Él también había ganado cerca de quince libras desde mi llegada a El Paso. ¿Cómo no iba a engordar, si tenía al lado a una cocinera vanguardia? Ahora, su panza no contaba; la mía sí.

A la mañana siguiente, lo primero que hice al  saltar de la cama fue pesarme. Era un ritual masoquista al que me había acostumbrado. Algún consuelo sentí al comprobar que no había subido un adarme por encima de las ciento noventa libras con las que me había insultado la báscula la última vez, de modo que desayuné sin cargo de conciencia  —una taza de avena, café con leche, tostadas con mantequilla y jamón y cuatro cucharadas de mermelada. Todo bajo en grasas, que conste. Low fat.

 

Pasaron dos o tres semanas y no volví a acordarme de la foto del aura, pues mi vida dio un giro de ciento ochenta libras: inesperadamente comencé a perder peso como si me hubiera metido de cabeza en la famosa dieta de South Beach. Pero no piense usted que dejé de comer; seguía disfrutando con el mismo entusiasmo de los primeros meses el arroz con picadillo, los potajes de garbanzos, las frituras enchumbadas en manteca de puerco… ¡Y el trabajo que me costaba conseguir la manteca, que en El Paso llaman lard y es toda una rareza! Tenía que ir a un mercadito mexicano porque la única vez que se me ocurrió buscarla en Whole Foods, la empleada me miró como si le hubiese pedido cuatro libras de boñiga de vaca.

Ay, sí, me volví a desviar. Disculpe, disculpe. Pues como le contaba, la grasa que me sobraba, mi lard personal, se disolvía, se me resbalaba del cuerpo día tras día. Incrédula al principio, llegué hasta a atribuir el fenómeno a mi fuerza de voluntad, que me permitía eliminar los kilos con la mente… ¡qué daño nos ha hecho el Nuevo Pensamiento y toda esa bobería de El Secreto! Se me afinó la cintura, que no sería de avispa ni de muñeca Barbie, pues tampoco hay que exagerar, pero al menos me separaba el tronco de la panza. Hablando de panza, ésta también disminuyó, y hasta las tetas se me redujeron

Mi marido se interesó de nuevo por los retozos en la cama. Seguía zampándome mi bistec por la  noche, pero ahora era él quien lo preparaba con la esperanza de get lucky, como decía, sonriendo, cuando ponía en la mesa de noche la bandeja con el filete neoyorquino muy bien presentado, acompañado de cuchara, cuchillo y servilleta de papel.

Ya yo no era La Gorda, era la Mamita Sexy, the Cool Girl y la Más Chingona. El proyecto de limpiar oficinas quedó relegado al olvido. Es más, convencí a Johnny para que contratara a una muchachita de Juárez que venía todos los viernes a ocuparse de la limpieza de nuestro apartamento.

Por si eso fuera poco (y aquí hago acto de contrición, aunque sea tarde) me busqué un querido. Porque ya le expliqué que mi marido no era un lover de categoría cinco estrellas y una Mamita Sexy tiene ciertas necesidades.

El muchacho era un oaxaqueño rabilargo que andaba medio vagabundo y no tenía trabajo fijo, pero hacía maravillas sobre el colchón del Motel 6 donde nos encontrábamos cada dos o tres días. Teníamos una relación sin compromisos, se lo dejé claro desde el principio, y la verdad es que la pasábamos bomba.

¿Y Johnny? Bien, gracias. No se dio cuenta, o no se quiso dar, que no será lo mismo pero es igual.

No podía pedir más. Disfrutaba, por fin, del American Dream con letras mayúsculas. El día más feliz de mi vida tejana fue cuando la aguja de la báscula se detuvo en ciento veinte libras, que para mis cinco pies y tres pulgadas de estatura no estaba nada mal. No sería una sílfide, pero tampoco era un tamal.

Pero a cada puerco (nunca mejor dicho) le llega su San Martín. El mío llegó un martes de Cuaresma en el que habría de terminar clavada a la cruz de ignominia de mi carnosidad. Me puse a revolver la gaveta de la ropa interior buscando medias viejas que tirar y de improviso di con aquella foto que me había tomado en la Feria Psíquica. Distraída la saqué del sobre, le eché una ojeada… y me pegué un susto de muerte.

¡Qué va, aquella tonina que se asomaba entre los haces amarillos del aura no era yo! ¡Aquella cara de luna llena, aquellos mofletes inflados, aquellos hombros de boxeador y aquel cuello de toro no podían pertenecerme! Me atrevía a jurar que nunca, ni en mis peores días de fat girl, había lucido tan obesa. Nunca, jamás. En un impulso repentino de asco y de horror hice trizas la foto y la tiré al latón de la basura.

Aún no habían llegado los pedazos de cartulina al fondo de la lata cuando se desataron todos los demonios. Sentí que me englobaba, que los brazos me crecían y el cuello se me agrandaba y la cara se me volvía de plenilunio y las tetas, otra vez tetazas, me rompían el vestido, y la barriga desgarraba el cierre de los pantalones. Y los muslos, los muslos celulíticos se abombaban, hinchaban la tela y clamaban por su liberación.

Volví de pronto a ser La Gorda, más La Gorda que nunca, porque todo lo que había comido, toda la grasa acumulada en aquellos meses de desenfreno se mostraba ahora al mundo en protuberancias deformes, en la papada que me caía sobre los pechos, en los pechos que se me derramaban sobre la panza y en la panza que me tapaba el sexo, casi invisible ya.

Mi marido se quedó despavorido cuando regresó del trabajo y se dio de narices con la imagen espeluznante que era yo. Conseguí mantenerlo engañado durante varios días diciéndole que se trataba de una hinchazón causada por alergias, pero al cabo se convenció de que mi gordura, por inexplicable que resultara, no era un problema temporal.

Algo habló de mandarme a un fat farm y de ver a un endocrinólogo, pero no hizo nada. A las pocas semanas tomó un avión para Chicago, con el pretexto de hacer un viaje de trabajo, y desde allí me escribió una carta muy fina. Que no era culpa mía, sino suya; que dejaba a mi nombre el alquiler del apartamento, pagado por dos meses; que su abogado me haría llegar los papeles del divorcio y que esperaba que yo tuviera una vida feliz. No sé si lo último lo dijo por estupidez, crueldad o ironía. No lo sé.

El oaxaqueño fue menos diplomático. Ya le dije que lo nuestro era sin compromisos y él no tenía porqué aguantar gorduras de gratis. Cuando me vio aparecer en la habitación del Motel 6 con mis recién adquiridas doscientas treinta libras palideció como un difunto, se metió de un salto dentro de los pantalones y salió de estampida. Nunca más supe de él.

Así fue cómo me encontré en la calle y sin llavín. No podía regresar a Cuba, pues allí no hay bistecs neoyorquinos para curarme los insomnios y mi familia, al verme llegar en semejante estado y sin una peseta, era capaz de hacerme picadillo. No podía buscarme un trabajo porque no tenía la green card. ¿Y qué trabajo podría hacer lastrada por aquel corpacho con el que a duras penas conseguía desplazarme de la cocina al comedor?

 

Por eso estoy aquí, señor San Pedro. Por eso me desesperé y terminé hecha una tortilla (española, no mexicana) contra el suelo tejano. Y espero que me entienda y que acabe de sacar las llaves de donde las tenga escondidas y me deje pasar. ¡Que parece un oficial de la migra ahí parado y mirándome con esa cara de tranca, hombre!



[1] honey, more to grab: querida, más donde agarrarte.

[2] It’s not you, it’s me: no eres tú, soy yo.

[3] politically correct: políticamente correcto.

[4] astral picture: foto astral.



Teresa Dovalpage nació en La Habana en 1966. Ha publicado varias novelas, entre ellas Muerte de un murciano en La Habana (Anagrama, Barcelona, 2006) y El difunto Fidel C. (Renacimiento, Sevilla, 2011). El Grupo Edebé publicará este año en España su novela La Regenta en La Habana, y Atmósfera Literaria publicará su novela Orfeo en el Caribe. Este relato aparece en su libro recién publicado Llevarás luto por Franco (Atmósfera Literaria, Madrid).

Más narrativa suya: Primera sesión (de 'El difunto Fidel C.') y La médium escribiente.

Comentarios

Imagen de Mercy

Muy bueno. Y como siempre me asombras. Esa fotico me hace falta a mi!!!! Suerte!

Imagen de Adriana Mendez Rodenas

Teresa: me rei de lo lindo con este relato! puesto que todas hemos pasado por estos avatares!

Imagen de Arcadio, el Babalao

Felicitaciones, Tere. Una prosa agil, con garra, y con un despampanante sentido del humor. La solucion para esta victima de la relatividad  cultural de la estetica femenina, es que se convierta en una verdadera ciudadana cubanamericana. Es decir, 6 meses de flaca en la Yuma y 6 meses de gorda en La Habana. Engorda en la Yuma y regresa a La Habana; adelgaza en La Habana y regresa a la Yuma. Asi sera un delicioso manjar de mujer para el paladar libidinoso de esos machos que contrastan de Norte a Sur.

Imagen de Raquelita

Muy divertido. La mejor comedia siempre lleva implícita una cierta dosis de desgracia.

Imagen de Ana Cabrera Vivanco

Divinooooo!!!! Como todo lo que nos entrega la Té en cada uno de sus relatos. Esperando estoy su nuevo libro y con esto de aperitivo... ni qué decir. ENHORABUENA.

Imagen de Dovalpage

¡Gracias, gracias por sus lindos comentarios! Lo cierto es que me divertí mucho escribiendo el cuentito... Y de verdad, no hubo rabilargo. Pero lo de que engordé como 15 libras, que para mis escasos cinco pies es mucho con demasiado, sí es cierto. Como no pude conseguir dieta astral me metí en la South Beach y ahí vamos...

Cariños desde Taos,

la Te

Imagen de 'Barbarito, el lector cubano'

Cada nuevo relato de Teresa Dovalpage es un baño de frescura dentro de las Letras cubanas.

La lectura de este cuento nos lleva sin tregua de la sonrisa a la carcajada, dejándonos con ganas de leer más y más de la misma autora.

Ya alguien dijo -muy acertadamente- en ocasión de la publicación en España de "Muerte de un murciano en La Habana" (Editorial Anagrama): "Teresa Dovalpage es una nueva voz literaria con méritos propios, que ha llegado para quedarse..."

 Se cumplió el pronóstico, sus lectores podemos felicitarnos; Teresita está entre nosotros ¡¡por muchos años, por muchos libros!!

Imagen de Rosa

Que reee buenoooo. Dorian Gray femenino y a la cubana, divino!

Imagen de Anónimo

Es una gorda buena gente.

Imagen de la Regenta

Siempre sorprende el humor desenfrenado de tus personajes y la espontaneidad de su lenguaje. La cita de Oscar Wilde, puro aderezo posmoderno.

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