21 de Mayo de 2012 - 06:20 pm

Ensayo

Eclipse

Un fragmento de los diarios del autor, fechado en México el 11 de julio de 1991.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobre la antigua ciudad de Tenochtitlán el Sol y la Luna se superpusieron en pleno mediodía del once de julio. Los que vimos este fenómeno impactante, sabíamos que quizás no lo volveríamos a ver más. Además, era también la primera vez que veíamos un eclipse de tal magnitud. Algunos amigos, en la terraza de la casa de Manuel Ulacia en Coyoacán, como coyotes subidos al tejado, esperamos la hora. Los inmensos fresnos que nos rodeaban, las casas coloniales, algunos muros de tezontle y la tristeza proverbial del trópico, imprimían la espera de una suerte de desasosegado júbilo. A diferencia de los antiguos aztecas —sobre todo de las tribus sometidas a su imperio—–, sabíamos que no íbamos a ser sacrificados, que la franja de sombra lunar que iba recorriendo algo más de quince mil kilómetros de la Tierra, no suponía un apagamiento del Sol ni la muerte de un dios. No estábamos en falta con el cosmos... Sin embargo, en cuanto comenzó a oscurecer, a una velocidad inusual —no se trataba del acostumbrado crepúsculo—, un estremecimiento nos recorrió. La luz era distinta, el paisaje que nos rodeaba se hizo muy nítido, pero al mismo tiempo faltaba luz en todo. Me refregué los ojos. Era una luz metafísica. Automáticamente, los faroles de la avenida Francisco Sosa se encendieron. Alguien dijo, "como un cuadro de Magritte". Los pájaros volaron a los árboles. Una pareja de águilas se internó majestuosamente en la copa de un fresno. Venus brilló intensamente. Se había hecho de noche. ¿Cuánto duraría? Lo sabíamos, unos siete minutos, un haikú de noche, una exclamación. Sin embargo, parecía eterna. Se había colado la extrañeza: lo otro irreductible, la vastedad de un mundo cuyo misterio es inagotable.

Mientras duró esa breve noche, la temperatura descendió notablemente, se levantó el viento, subieron las mareas en las costas afectadas, el cielo se llenó de luces, sombras volantes recorrieron el espacio. Nosotros, mirando un charco, veíamos la Luna cubriendo el Sol. Confluencia de los opuestos, del sí y del no. El encuentro de los dos astros propicia una acentuación del esplendor de su luz perimetral. Como no lo podíamos ver directamente lo miramos en un charco. Lo vimos en un reflejo.

Tal como habían indicado los astrónomos, pasados esos siete minutos, también con celeridad, amaneció. Los pájaros, tan obedientes al orden del universo, volvieron a salir y a piar con fuerza. Las águilas levantaron su vuelo y se alejaron. En las plazas de la Ciudad de México hubo fiesta: se habían reunido jóvenes y viejos para contemplar el eclipse, para bailar y gritar elogios al sol como si se tratara de la virgen de Guadalupe, la antigua Tonantzin o, más propiamente, el dios que vuelve, Quetzalcoatl. Muchos aplaudieron el retorno. ¿Admiración? ¿Miedo? La racionalidad de nuestro tiempo, para bien y para mal, descansa sobre subterráneos irracionales, sobre otra sensibilidad. Gracias a esto podemos vivir, vivir realmente. Las explicaciones no lo explican, las fórmulas no encarnan. No es que no tengan validez, solo que no agotan ninguno de los fenómenos que explican o cifran. De ahí que siempre necesitemos de la totalidad sensible de nuestra corporalidad para entender los fenómenos internos y externos, los procesos que forman nuestro vivir. Cuando la noche se hizo en pleno día, el eclipse era algo más que el eclipse. Todo es siempre algo más, un borde inasible, un allá que es aquí sin dejar de ser otra parte.

Millares de personas acudieron a las pirámides desde las que se podía ver el eclipse. No solo mexicanos, pueblo de memoria astral, sino visitantes de otros países atraídos por los fenómenos astronómicos y astrológicos. Búsqueda del lugar adecuado, del espacio de poder, peregrinación celeste, confluencia del cielo y de la tierra. Las pirámides se llenaron de esotéricos, aprendices y maestros, de científicos y supersticiosos, de gente que sabe las leyes que han aprendido o que descubren (pudiendo ser los mismos) que la primera ley es descubrirse, ver cómo las líneas del mundo pasan por el propio cuerpo. Algunos decían que las pirámides aztecas eran deficientes porque estaban cargadas de sufrimiento. Demasiadas ofrendas palpitantes que las águilas llevaban en el pico al dios Huitzilopochtli. Los nuevos cosmólogos parecen buscar el punto de conjunción, no la conciencia de la caída y la deuda. El hombre, en su microcosmos, es una correspondencia del universo. Lo pequeño, tal como enseñaron los antiguos griegos, es como lo grande; lo grande, pequeño. La conjunción del Sol y la Luna por un instante que recorría quince mil kilómetros podía ser vista como una señal, no solo como un fenómeno de carácter objetivo. El mundo natural como indicación, sugerencia; no apenas como una desobjetivación, sino una incorporación de la mirada: el acto de ver como fundación. El cómo es el centro de todo lo que hacemos. Cómo dormimos, cómo oímos la marea, cómo vemos el poco de luz que se derrama sobre las maderas de la terraza que la lluvia de anoche barrió a duermevela. Cómo. Las realidades no están dadas, nada está atrapado en una cifra. La conjunción del Sol y la Luna precisa, para ser significativa, de otra conjunción, de una relación tercera: la presencia de alguien que mira. La mirada también es astro.

 

 


Juan Malpartida nació en Málaga en 1956. Sus últimos libros publicados son la antología de su poesía A favor del tiempo (Fondo de Cultura México, México, 2007, la novela Reloj de viento (Artemisa, Santa Cruz de Tenerife, 2008) y el volumen Al vuelo de la página (Diario 1990-2000) (Fórcola, Madrid, 2011). De este último título procede este fragmento.

Comentarios

Imagen de Anónimo

Muy hermoso texto, una prosa que se disfruta, gracias.

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