Narrativa
De 'Sangre en el ojo'
Lina Meruane
|Nueva York
| 25-01-2012 - 8:12 pm.'¿Me quieres todavía, ahora que soy tu momia? Si me quieres suficiente, méteme mano por debajo de los parches y asegúrate que todavía tenga ojos.'
las horas
Esto lo vieron otros ojos. Que desde el primer minuto Lekz enganchó mi párpado hacia atrás para mantenerlo abierto. Que se asomó por mi pupila distendida. Que abrió tres agujeros en triángulo, uno arriba, uno a cada lado. Que en cada boquete introdujo un aparato diferente: un alambre coronado por una lupa potentísima, una pinza multifuncional que cortaba venas y cauterizaba heridas, un cable de luz para iluminar la retina. Tres filamentos de metal actuando en conjunto, para podar y quemar y parchar durante muchas más horas que las tres o cuatro prometidas. Y esto lo vieron ojos no tan ajenos. Que mientras yo me ausentaba de mí misma Ignacio y mi madre arrancaban de la sala de espera. Que salían a dar una vuelta por la ciudad y que ya hartos de perder el tiempo entraban al boliche de la esquina, que compartían una pizza y una coca cola tibia, que fumaban acelerados, de la misma cajetilla. La intervención debe estar por terminar, se decían mutuamente para darse ánimos, caminando apurados y veloces de vuelta. Se sentaron en un pasillo del hospital y forzados a mantener una conversación pulieron uno a uno sus peores recuerdos familiares. (…) Pero en el tiempo que siguió incluso la familia se les fue agotando. No hacían más que mirar la hora: en el reloj muerto del pasillo, mi madre; en su incómodo reloj de pulsera, mi Ignacio. Se alternaban para salir a la calle a darle pitadas a los últimos cigarrillos lanzando el humo contra los pegajosos ventanales. Y el que se quedaba adentro vigilaba el desfile de operados que iban saliendo de los pabellones escoltados por filipinos. Pero cada vez salían menos operados y los médicos debían estarse escabullendo por otras puertas. Se fueron multiplicando los aseadores armados de escobillones y traperos. Y ahí seguían ellos, mi madre, mi Ignacio, viendo pasar la segunda y la tercera y la cuarta hora ya sin saber cuántas habían transcurrido. Seguían sentados y de pie, dando vueltas por el salón, crispados, compungidos, tomando intomables cafés de máquina. Nadie se asomó a darles explicaciones porque no habría nada que decir hasta que se acabara la operación que seguía su curso sin detenerse. Lekz no se hacía el tiempo para mandar informes al exterior. No habría podido hacerlo aunque hubiera tenido tiempo. No lo hacía porque no veía nada con su ojo pegado al mío, lleno de sangre. No se atrevía a levantar la mirada. No habría osado parpadear, desatender el puntual movimiento de esos aparatos que iluminaban, aumentaban, cortaban venas y las quemaban poseídos de una voracidad despiadada. Había que controlar la energía de las manos, temerle a esos pies suyos, agarrotados de tanto pulsar los pedales apostados en el suelo. Porque manos, pedales y pies, dijo Lekz al salir finalmente del quirófano y encontrarse con Ignacio y mi madre, que corrieron hacia él en cuanto lo vieron; pedales y pinzas, dijo, pálido de hambre, verde de cansancio, esos instrumentos, dijo, no son extensiones de mis dedos. Tienen vida propia y estarían dispuestos, ante cualquier despiste, a arrancar la vista de raíz. Ignacio miró a mi madre que no pestañeaba mirando a Lekz que se aclaraba la garganta para agregar que cuando por fin pudo extraer la viscosa gelatina de sangre que era el vítreo encharcado, cuando pudo por fin examinar cómo había quedado el ojo derecho, sintió un escalofrío. Pero se dijo, les dijo, inmediatamente, que debía aprovechar la adrenalina y se lanzó de cabeza al ojo izquierdo; trepanó, cortó, se salpicó, cauterizó y aspiró meticulosamente el fondo del ojo hasta que empezaron a temblarle los brazos. Se lavó desde las uñas hasta los codos, se enjuagó la cara sintiendo que las aletas de la nariz le vibraban, se secó la nuca, pero Lekz no se atrevía a emitir un veredicto. Menos pensarlo. Era peor de lo que temíamos, confesó, demacrado, y usaba el plural porque su arsenalera o asistente o esposa estaba detrás, todavía uniformada, exhibiendo las mismas monumentales ojeras. No tengo idea, ni la más remota idea, repitió. A mi madre. A mi Ignacio, que también lucía agotado por el trabajo de la espera. No había nada que decir sobre el futuro. Lekz procedió a repasar cuanto había ocurrido ahí, adentro, a lo largo de varios meses. Mi madre escuchaba completamente hipnotizada. Ignacio quedó completamente enfermo. Se le ablandaron las rodillas, tambaleó hacia un rincón, y sin que nadie se percatara de su ausencia afirmó las manos resbalosas contra las paredes, oyendo, como a lo lejos, un murmullo escapando por la escotilla de ultratumba de la ciencia: habría que esperar otras doce o dieciocho horas para saber si Lekz me había dejado definitivamente ciega. ¿Es decir?, quiso precisar, también lejana como un silbido mi madre. ¿Qué quiere decir? Quiere decir que si ve luz mañana hay posibilidades, intervino la esposa arsenalera. Si no ve nada, intervino a su vez el médico, rascándose la nuca, estirando los omóplatos como un pájaro destartalado; si no ve nada no lo sé, señora, tendríamos que ir viendo. Verás tú, me dijo Ignacio que pensó, ya derrotado sobre el suelo. Ya verás tú, repitió para sí antes de dedicarle a Lekz un la madre que te parió a ti y a todos los médicos. Metió la cabeza mareada entre las piernas y ahí la dejó. Se lo había aconsejado su madre cuando era niño, su madre, que no era doctora ni enfermera ni conocía otro trabajo que el de la casa, su madre que fue siempre analfabeta y estaba ya muy muerta. Bajarla. Para no desmayarse. Que se quitara los lentes. Que respirara muy hondo y aguantara el aire. Así, con las palmas todavía apoyadas contra las baldosas Ignacio sintió que Lekz arrastraba los pies alejándose por el pasillo y sintió retumbar también los tacones de mi madre, al acercarse.
cámara frigorífica
Estoy toda parchada, con una gasa sobre cada ojo y cinta adhesiva. Mis dedos acaban de despertar y tantean los bordes en busca de una esquina que puedan desprender. Una mano severa se interpone y ahí donde quedó un borde despegado cae la prohibición. ¿Ignacio? Suéltame Ignacio, la cara me escuece. Pero Ignacio no afloja y yo repito, quítame esta máscara o deja que yo misma me la quite. Sin subir la voz, sin oírme a mí misma siquiera, pregunto otra vez si son suyos esos dedos flacos pero fuertes, esa mejilla rasposa, la boca que me besa casi sin tocarme. Le pregunto, sin compasión. ¿Me quieres todavía, ahora que soy tu momia? Si me quieres suficiente, méteme mano por debajo de los parches y asegúrate que todavía tenga ojos. Quizá esté sosteniendo esta conversación conmigo misma, quizá aún no haya despertado y continúe inmovilizada dentro de una pesadilla. Pero desde ese lugar siniestro me oigo susurrar otra vez, con aumentada consciencia, con creciente temor, ¿qué pasó allá adentro?, ¿tengo ojos todavía aquí debajo? Me escucho claramente rogándole a Ignacio que me deje cerciorarme de que continúan en sus cuencas, de que no ha sido un error firmar esos documentos, a ciegas. Me pregunto cuánto tiempo he estado ausente de mi vida y de la vida de los otros. Es tarde, dice una voz amortiguada que podría ser la suya pero también la de mi madre. Y luego caigo en otra pausa de la que me recupero otra vez para preguntar por el médico. Vendrá mañana, contesta con inesperada claridad y en conjunto mi Ignacio y mi madre. Mañana por la mañana, dice ella. Deja de tocarte, dice él. Pero me arde la piel y la incertidumbre y el cuerpo entero tiene ganas de largarse. Vámonos, resuelvo, pero nadie se mueve. No todavía responde mi madre y aflautando la voz anuncia la entrada de la enfermera que a su vez confirma que yo tendré que quedarme. Quedarme toda la noche. Con alguien. Preferiría quedarme sola conmigo misma, quiero decir, pero la enfermera me perfora la boca con un termómetro; me escucha el corazón por encima de la sábana, estrangula mi muñeca en busca de pulso. ¿Quién de ustedes va a acompañarla?, repite esa enfermera pero yo, con la boca ocupada, no puedo contestarle. Ignacio levanta una mano. Mi madre levanta la otra. Empieza la contienda entre ellos. Yo mantengo los labios sujetando 36 grados de temperatura mientras la enfermera lo certifica en su ficha sin contemplar la escena donde ellos, habiéndose confiando intimidades familiares, ahora compiten como extraños por pasar la noche en una butaca plegable. Mi madre lanza la palabra advenedizo, Ignacio retruca con la palabra disparate y diciendo, además, a ver qué dice Lina. Empate, respondo yo. Que ambos se larguen. Pero en vez salta una moneda que se contorsiona en el aire mostrando la cara y pronto su sello y luego tintineando sobre el suelo. Ignacio se retira directo al insomnio y mi madre anuncia que por más cansada que esté será incapaz de pegar ojo. Ella promete vigilar mi sueño pero en cuanto apoya la cabeza en el respaldo reclinable ya está dormida. Escucho su pesada, su lenta respiración. Se da inicio a una noche infernal que es todo menos sofocante: la habitación es una cámara frigorífica regida por el zumbido metálico de cientos de ventiladores. La manta debe haberse deslizado al suelo y yo tirito bajo un chorro de aire. No puedo bajarme. Estoy amarrada a la botella de suero que hidrata la sangre de mis venas. No me han dejado un timbre que tocar en caso de emergencia. Para eso tengo yo a mi madre. Mamá, mamá, má, repite mi eco en el vacío hospitalario. Mamamá, digo de nuevo elevando el tono, dirigiéndole un rencoroso pero soterrado vieja de mierda. Pero mi insulto no la agita, mi clamoroso llamado no la conmueve, mis puños achicharrando la mesa lateral, mis patadas sobre la camilla. No la despiertan ni sus propios endemoniados ronquidos. Ni un hipo lejano e intermitente que también perturba mi noche. Garabateo un mensaje con la punta de mis pies ya helados: si muero de hipotermia o de pulmonía que alguien denuncie a mi madre. En la desesperación más absoluta decido buscar consuelo despegando una esquina del parche y dejando que se cuele por ahí esa noche junto con mi dedo que se alarga en busca del párpado y lo encuentra. Hay un ojo adormilado, convaleciendo. Un ojo junto al otro con pequeños cototos que esconden nudos debajo de los párpados. Y ya es madrugada cuando entra alguien y le suplico que se lleve a mi madre y de paso me abrigue. Debajo de las frazadas pierdo la razón hasta que volvemos a reunirnos. Despiertos y todavía perplejos, de nuevo los tres: mi madre quejándose de no haber dormido, Ignacio alargando su desvelo. Así estamos, un trío soñoliento, sentados sobre la camilla como náufragos a la espera del médico.
Lina Meruane nació en Santiago de Chile, en 1970. Su obra de ficción incluye la colección de relatos Las Infantas (Chile, 1998; Argentina, 2010), las novelas Póstuma (Chile, 2000; Portugal, 2001), Cercada (Chile, 2000), Fruta podrida (Chile y México, 2007). Es la directora del sello independiente Brutas Editoras que opera simultáneamente desde Santiago y una librería en Soho, Nueva York. Estos textos pertenecen a la novela Sangre en el ojo, por aparecer en Argentina (Eterna Cadencia) y España (Caballo de Troya).
Más de esa novela: Sangre en el ojo.



Comentarios
Enviar un comentario nuevo