Miércoles, 24 de Julio de 2019
Última actualización: 01:51 CEST
Ensayo

Tiranía y aburrimiento

Joseph Brodsky y su esposa Maria Sozzani. (FACEBOOK/POETBRODSKY)

Leer al exiliado soviético Joseph Brodsky en mi propio exilio es revivir aquella época más bien candorosa cuando leer a Joseph Brodsky en Cuba era memorizar, como si de una contraseña de secta secreta se tratara, que "la enfermedad y la muerte son, quizás, las únicas cosas que el tirano tiene en común con sus súbditos".

Era un momento de deslumbramiento y pánico en que los traidores en modo subjuntivo no nos atrevíamos todavía a nombrar al tirano de Cuba. Éramos como niños. La patria nos contemplaba completamente pedagógica, pañoleta gratis incluida. Un aula, una jaula. Y el precio de portar nuestras anteojeras no era otro que el fundamentalismo de la felicidad. Maldito sea tu nombre, democracia.

Tampoco existía por entonces ni la más remota probabilidad de que nuestro tirano doméstico se pudiera enfermar y mucho menos que se atreviera a tanto como morir. De hecho, la ausencia de Fidel Castro ha sido para los cubanos, además de un gesto tardío hasta lo grosero, la más maquiavélica de sus crueldades de ogro filantrópico. Un Caballo que hizo y deshizo a su voluntad, a imagen y semejanza de sí mismo. Un Caguairán que al cabo nos abandonó sin testamento y sin decir ni adiós, el muy cobarde.

Brodsky nos asegura, entre la ironía y la indolencia, que una tiranía saludable debe durar "una década y media, dos décadas a lo sumo". Más allá de esa época de oro del horror, donde la nación acata la esclavitud real a cambio de una estabilidad retórica, todo régimen tiránico "deviene invariablemente en una monstruosidad".

Así, lo que comenzó como el pacto social de permitirle al partido único (en el caso cubano, comunista) que "estructure la vida por nosotros", termina ahora como tedio más que como terror. La ideología muta en inercia y la simulación se constituye como categoría de esencia: dos síntomas de que nos hemos acostumbrado a la pirámide personalista del poder, a la par que nos aburre soberanamente su presencia.

Semejante aburrimiento por momentos pareciera ser lo único que sobrevivió a la biografía incinerada del hegémono. Después de la barbarie, el bodrio. Tras el necrológico viernes 25 de noviembre de 2016, los bostezos residuales de una nación oprimida a perpetuidad —tal como el totalitarismo Hecho en Castro somete hoy al cansancio de los cubanos, dentro y fuera de la Isla― son perversamente el más legítimo legado del Cadáver en Jefe: su póstumo procedimiento de dominación, su polvillo mágico-maravilloso para que a nadie se le ocurra despegar los párpados en el arriesgado acto de despertar.

Acaso el propio Brodsky haya predicho esta debacle calamitosa, a medio camino entre la decadencia y el descaro, taras crónicas de la idiosincrasia caribe justo desde el desembarco católico-militarista de Cristóbal Colón. En alguna otra parte, este ciudadano soviético al que otro partido comunista le canceló su ciudadanía soviética, comenta sobre el "Sahara sicológico" que es nuestro hastío íntimo e histórico en tanto seres de entresiglos, de entremilenios.

Para el Brodsky refugiado en EEUU, que tan temprano como en 1989 ignoraba pero intuía que el fin de su vida se iba haciendo inminente, "todo aquello que muestre cierto patrón ya está preñado de aburrimiento". Un tedio terminal que para él poco tenía que ver con la confrontación más o menos colegial entre capitalismo y comunismo, sino con una noción adulta del tiempo en sí, tiempo en estado "puro", sin adulteraciones y sin la menor "dilución", tiempo no teatral sino cargado de un cuentagotas biológico más que existencial: la temporalidad "en todo su repetitivo, redundante, monótono esplendor".

Tiempo, en definitiva, cíclico. Es decir, tictac en clave de Revolución, en el sentido de que gira sobre su propio eco y no deja otra esperanza de emancipación que no sea la línea de fuga. Irse como sinónimo de salirse, y acaso como metáfora de escapársele al tiempo intolerable de la patria: sus horas inhóspitas, inhabitables.

La enfermedad y la muerte a la postre le pusieron un traspiés totalitario a aquel súbdito soviético, para que aquel disidente soviético no disfrutase o no sufriera demasiado el acabóse del comunismo ruso y europeo. Conocer es carecer. Hoy, dos décadas después de su deceso en el exilio, a la monstruosidad de una tiranía sin tirano (no hay espectáculo más tétrico que el de una tonga de títeres sin titiritero), los desaparecidos cubanos en papel vamos desapareciendo también a ras de piel. Maldito sea otra vez tu nombre, democracia.

 


Este texto apareció en el blog Lunes de Post-Revolución. Se reproduce con autorización del autor.