Martes, 21 de Mayo de 2019
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Ensayo

La prosa nostra

Octavio Armand. (VASCO SZINETAR/ LALT)

 

       Is that a gun in your pocket or are you just happy to see me? 

                                                                                          Mae West

 

En un Ciclón tropecé por primera vez con Witold Gombrowicz. Después de ese azaroso encuentro me reuní con el huracanado cada vez que pude. Lo visitaba en sus libros, que iban cayendo en mis manos gracias a Luis, mi hermano, ducho para conseguir lo que me interesa o podría interesar.

¿Por qué Gombrowicz despertó mi curiosidad? ¿Y por qué esa curiosidad no amainó tras el Ciclón? La respuesta está apretada en Contra los poetas, título que me atrajo como un desafío, por no encabezar un puñado de páginas sino un puño de páginas. Así me dispuse a leerlo. Así, creía, estaba obligado a sentirlo. La cuestión era muy personal. Gombrowicz me arrojaba el guante. Contra los poetas había sido escrito contra mí. Era una insolencia. Un insulto. Un libelo.

Desde los 12 o 13 años yo me había sentido poeta. Cuando salí de Cuba a finales del 60 llevaba en mi equipaje íntimo, o sea, en mi memoria y en mis sueños, la voluntad de seguir siéndolo. Pese a todo, y contra viento y marea, iba a ser, tenía que ser p,o,e,t,a. Tal cual, deletreado. Con comas. O con mayúsculas. Amurallado en los 14 años y medio como en capas de cebolla, la frágil vocación que me ha enseñado a estar solo para estar con otros me parecía entonces un destino.

Pero entre los 14 y medio y los veintitantos yo había cruzado del fervor martiano al hervor de la vanguardia; pasando, de trinchera en trinchera, de Dos Ríos a Verdún, del martirio artesanal a la matanza industrializada, y de los versos sencillos y los versos libres a los caligramas, la escritura automática y las palabras solubles, que era como en aquella época me refería a las mías.

Amaba la imagen por sobre todas las cosas. No por sometimiento a los proliferantes manifiestos, todos baldosados de pautas impetuosas entonadas como himnos por los ismos. Yo no me entregaba a pautas sin pausa que se podrían resumir en una de Huidobro: "Nada de anecdótico ni de descriptivo. La emoción debe nacer de la sola virtud creadora". Lo mío no era rendición, sí el reconocimiento en carne viva de que la imagen, no la anécdota, encajaba con el frenazo que había sufrido al separarme de mi paisaje.

Yo era un círculo sin circunferencia ni radios ni centro. O así me sentía. De ahí que la diosa imagen no implicara acato a decálogos tanto como desacato a odiosas imposiciones de circunstancias hostiles y difíciles de comprender. Yo tenía labio, no labia. Labio así, en singular, garantía de involuntaria tartamudez o voluntario silencio. De haberme entregado, confesional, parlanchín, al par de ellos, no hubiera sido capaz de controlar la rabia que me ha acompañado, sombra de mis emociones, durante toda la vida.

La imagen resultaba imprescindible. Con ella escapaba de la anécdota, cuyos eslabones, por escasos o sencillos que fueran, me encadenaban a una secuencia que yo quería detener. Un flujo que debía restañar como una herida. Esa herida era yo. Esa herida era la historia, léase separación, distancia, ausencia. La devastadora anécdota que me había atravesado como un alfiler, homogeneizándome como una rana toro o disecándome como un insecto, no era la tibetana cadena de las reencarnaciones sino la cubanísima historia que a mi familia y a mí nos había tocado vivir. 

Con la imagen cavaba trincheras o cerraba los ojos y contaba hasta 20 para jugar a los escondidos en alguna noche de la infancia. Quizá me escabullía a través de ella, invitando a mis pocos lectores a que se escondieran de mí, o conmigo, en el pasmo momentáneo que podía detener la caída de una piedra o el irrevocable curso de las palabras.

Con la imagen decía lo que callaba, como si en el blanco y negro de la página se pudieran excluir las tres dimensiones, y para revelarme —y rebelarme— bastaran, planas, mudas, quietas como números, fotografías instantáneas, que podrían ser en escorzo, de perfil o de espalda, hasta de mi sombra. Al fin y al cabo salgo mejor en negativo. 

La vanguardia: tradición del futuro. Novedades poco perdurables y raras veces originales. Verdades inventadas y mentiras ciertas. La vanguardia: antes, mucho antes de conocer el término tan bélico como bucólico que se encampanó durante las primeras décadas del siglo XX, yo me arrastraba de día en el lodazal de Verdún para amurallarme entre cuerpos destrozados y de noche me soñaba encaramado en un altar.

Nunca he salido del matadero. El endiosamiento fue muy breve, sin embargo. Eso gracias a Gombrowicz, que no resultó ser un enemigo sino un cómplice, y pese a la garantía notariada por Huidobro con aquello de "El poeta es un pequeño dios",  seis palabras que entrañaban paradojas insuperables, que obligaban a reflexionar y a dudar.

¿Yo un pequeño dios?¿Acaso servirá la pequeñez como atributo de los dioses o podría ser la divinidad atributo del yo mío? ¿Acaso yo sería capaz de conjugar ser o estar desde mi cero estar y con una primera persona mayestática, imponente, imperiosa? ¿Yo, un náufrago de mi propia lengua? ¿Yo que me hundía entre una lengua y otra, ambas pecios del desastre, del horizonte convertido en distancia, deriva, lejanía sin rumbo? ¿Yo que desde entonces he articulado insuficiencias? ¿Yo, aquel que ayer no más decía "Me llamo Traducido/ hablo en lengua hervida/ para que me comprendan todos"? ¿Yo un dios? ¿Yo que soy ateo de mi yo? ¡Dios me libre de mí!

Gombrowicz, como Velázquez, me asomó a un espejo. A la imagen ahogada en azogue que me retenía fuera de mí mismo. Imagen propia pero borrosa, y tan borrosa como acendrada, tan mía que me excluía, no dejando que me viera. Que haya podido deslastrarme, que para ser libre me librara un poco de mí, se lo debo al polémico polaco.

Contra los poetas me ayudó a bajar del altar. Desde aquella recelosa lectura recorro un puente donde la emoción de la virtud creadora no está reñida con lo anecdótico y descriptivo. Puente de prosa y poesía, de imagen y anécdota, hecho, según el postulado creacionista, "como la naturaleza hace un árbol". Solo que ni la copa ni la corteza ni el cerno de ese árbol prescinden de la tierra. Ese árbol que tiene raíces en mí y en todo es un caguairán sin destierro.

Las verdaderas novedades, como las primaveras, son intemporales, arcaicas. Hay arqueologías del presente y del futuro, como las hay del pasado. La vanguardia está en el bisonte de Niaux lo mismo que en la fuente de Duchamp; y el axioma de Huidobro está en otro, idéntico pero de Keats: "That if Poetry comes not as naturally as the Leaves to a tree —escribe en carta del 27 de febrero de 1818— it had better not come at all".

Al bajar del título hasta el punto final de Contra los poetas el reto pasó a ser persuasión. Aquel puñado de páginas fue un aldabonazo. Luego hubo otros. Muchos otros. El sabio magisterio de Juan de Mairena, por ejemplo. Aprendí a sopesar las lecturas con relecturas, buscando a Góngora en la picaresca y sintiendo los versos de Martí en su oratoria de behique, en sus cartas tan circunstanciadas como intensas, y sobre todo en el Diario de campaña, dramático pedestal de su vida y de su obra.

Bajo el cielo de la boca, la lengua se desata en prosa y poesía con impulsos gemelos, simultáneos. A Keats le puede dar por prosar o por sonetear. Prosing o sonnetteering, trata de que la intensidad abulte las cosas hasta convertirlas en realidades, pasándolas del plano al volumen y de la inercia al ímpetu. Una imagen suya serviría para definir la poesía como "a Whale’s back in the Sea of Prose". Lomo de ballena asomado en el mar de la prosa, la poesía como erizamiento. Como conversación con escalera. Con levadura. Yeast en Yeats. Embrionaria teoría del empuje que relaciona al poema con la geología, como si las palabras erizadas rimaran hacia adentro con los choques de las placas tectónicas que empujan la corteza de la tierra hacia arriba.

La crecida conciencia de la lengua me fue mostrando sus raíces, todas dobles, duales y contrapuestas, para señalarlas sin rehuir de una precisión que al menos sugiera cómo yo he basculado entre dos sombras. O hacia dos sombras. De entrada, tan difíciles como decisivas, una raíz en inglés y otra en español. Cotidianas, prácticas pero esquizoides, revelan cómo he vacilado, o menguado, al afirmar yo soy yo y mis circunstancias, ya que por turnos me ha tocado referir mis circunstancias latinas en sajón y las sajonas en latín. Otras me presentan repartido entre lectura y escritura. Aun otras dividido entre prosa y poesía.

El aprendizaje de nacer y no ser, conacer y conocer, se me ha dado, si acaso se me ha dado, en una lengua propia cada vez más personal, aunque insuficiente y torpe, lengua a veces babélica que sílaba tras sílaba amenaza con trocarse en trabalenguas, y que yo improviso dando triple saltos con pértiga y obstáculos.

Una contraposición más, por lo puntual y gráfica, me dejará retratado entre paréntesis, enmarcándome entre la memoria y el libro como entre dos puertas, una abierta al pasado, otra al futuro. Apunto el índice, primero, a un plato, y luego a un tratado. Primero, la imagen insoportable de una lengua caliente en una bandeja de plata, obra maestra de Nestora, según la opinión de los Luises, mi padre y mi hermano. Luego el Curso de lingüística general de Saussure. Leerlo fue mi forma oblicua, suficientemente oblicua, de probar en bandeja de papel aquella gastronomía tan ajena. La lengua de Saussure me sirvió la de Nestora.

 

Caracas, 4 a 6 de abril 2019