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Crítica

El Diablo, el presidente de EEUU y el tercer holocausto

El Diablo, secuestrado por la inteligencia norteamericana para usarlo como arma en sus pretensiones políticas, en una novela premiada de Eduardo del Llano.

La Habana

La lectura de El Enemigo (2018), de Eduardo del Llano, Premio de Novela Alejo Carpentier en 2018 nos confirma que la salud de la actual narrativa cubana no anda muy buena que digamos. Bien que la diversidad de estéticas, temáticas y autores afloran en el mundo editorial de hoy día, pero habría que ver hasta qué punto esa diversidad merece ser publicada y tener su lugarcito bajo el sol en el campo de la historiografía insular contemporánea.

No tengo nada en contra respecto a los temas distópicos que ahora retroalimentan el proceso creativo, sobre todo en los narradores más jóvenes, mucho menos contra esa peculiar manera de contar historias de raso vuelo artístico, con una prosa ríspida y carente del aliento que visibiliza un narrador en ciernes, pero la verdad esperaba mucho más de esta obra que tiene, eso sí, el interés del entretenimiento y el sello peculiar de un autor cuya imaginación parece trepar por las paredes y de vez en cuando movernos el piso.

Imaginen que de repente la llegada del Diablo, Lucifer, Satán, Belcebú, El Adversario o simplemente El Enemigo, transformado en la piel de un cincuentón llamado Yusniel, toca a la puerta de un cura en un pueblito campestre llamado Maravillas, pidiendo confesarse porque está arrepentido de sus pecados milenarios. Esa decisión muy pronto será de conocimiento del mismo Sumo Pontífice que no dudará en divulgarla urbi et orbi y después, ¡válgame Dios —o Lucifer— lo que se arma!

Intrigas palaciegas en el seno mismo del Vaticano, tentativas más o menos fructuosas de secuestrar al Belcebú, intereses mezquinos con fines políticos para acabar con la plaga del terrorismo mundial —Estado islámico y comunistas incluidos—, y para coronar el maremágnum fictivo, el estallido del tercer holocausto que sembrará al planeta en el caos total.

Curas aficionados al heavy metal, cardenales usurpadores de la silla papal, un presidente de EEUU que amenaza de muerte al diablillo si no acompaña su lucha contra el Eje del Mal, una periodista llamada Eva deseosa de fornicar con el luciferino y viceversa y, sobre todo, un Luzbel cansado, muy cansado de las maldades del mundo, de las cuales, para rematar la delirante trama de esta novela, no todas llevaron la impronta de su influjo maléfico.

El Diablo, secuestrado por la inteligencia norteamericana para usarlo como arma en sus pretensiones políticas, desata las tensiones entre las principales potencias del mundo, y muy pronto los misiles intercontinentales, con sus ojivas nucleares, serán los causantes del acabóse. ¿No resulta deliciosa y atractiva esta sinopsis de novela?

Pero el problema de El Enemigo es que, a mitad de camino, parece perder el aliento, el fuego infernal que propone pierde la combustión necesaria para arder ella misma y envolvernos en su llamarada, volviéndose apenas la lucecita tenue de un fósforo encendido.

Sus situaciones rocambolescas, con el pespunte de un dudoso sentido del humor que a ratos no funciona —algunas veces sí, algunas veces consigue el esbozo de una sonrisa, no se puede negar—, así como la fluidez de una prosa que transparenta más la voz de quien nos cuenta una película y no una novela, mellan la vitalidad de esta obra que ha obtenido el más codiciado premio de narrativa en la Isla.

Desde el mismo capítulo en que aparece la periodista Eva, quizá un poco antes, el desatino literario pierde su atractivo precisamente porque los acontecimientos posteriores parecen no conducir a ninguna parte. Yusniel, Eva y Nicanor, el cura del pueblo de Maravillas, quedan varados en una isla del Pacífico chileno y sus intentos de llegar al continente, en medio del caos global, se resuelven de un modo tan pedestre como carente del interés narrativo que tenía esta novela al inicio.

Como argumento para una película del sábado en Cubavisión, con el sello Hollywood, está mejor esta novela que —eso sí—, nos recuerda que "el ser humano necesita siempre un enemigo. Eliminarlo es imposible, y lo peor que podrías hacerle". También que, en medio de las convulsiones de la vida en la Tierra, a medio camino entre el Cielo y el Infierno, los captores de Luzbel resultan mucho más peligrosos que el Diablo mismo.

¿Qué hacer cuando el fuego eterno resulta tan solo un espejismo, pues es posible apagarlo con apenas un soplo? Eduardo del Llano debería proponerse escribir un guion cinematográfico basado en su obra y presentarlo a alguna productora en Los Ángeles. Con suerte, tal vez consiga venderlo.

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