Miércoles, 24 de Abril de 2019
Última actualización: 15:36 CEST
Crítica

Habana sentimental

Rosie Inguanzo.

Atravesar La Habana sentimental es entrar en una zona poco explorada de la literatura cubana.

Una zona que se mueve a alta velocidad.

Zootrópica.

Rápida.

Donde lo mismo se da una vuelta alrededor de Yayoi Kusama, como si la artista japonesa fuera una de esas rotondas con varias salidas que encontramos a veces en la periferia de una ciudad (la idea de literatura como rotonda fue el sueño posestructuralista por excelencia: la rotonda Perec, la rotonda Queneau, la rotonda Barthes…), o una de esas muñecas-nudos que hicieron famoso a Bellmer.

Muñecas que tienen un pie sobre la cabeza o una oreja en el culo y sin embargo caminan.

Caminan cojas pero caminan.

Caminan a toda velocidad pero caminan.

Tal y como había hecho la Zurn ―mujer de Bellmer por cierto―, antes de garrapatear algunos de sus dibujos micromoleculares y explorar su cabeza. Dibujos que a la vez que mostraban ojos, patas, ramas, bolitas, hablaban de un dolor, una cura.

No para llegar a estar sana: el arte cura lo mismo que la gastronomía, sino para encontrar un espacio donde observar mejor ese negativo, ese trauma anterior a toda cultura y que al final termina construyéndote.

Y si traigo a cuento a la genial Zurn, autora de una de las autobiografías más frías que conozco, es porque en otro orden, La Habana sentimental, primera novela de Rosie Inguanzo, me habla o nos habla sobre lo mismo.

Y lo habla desde ese espacio donde lo autobiográfico (o lo que a falta de otro concepto llamamos autobiografía) genera, se enreda, produce, acelera sus propias ficciones.

Ficciones que son en sí mismas mezcalina —como era la violencia o el bondage para la Zurn por cierto…

O animalidad cruda.

Ficciones donde el aborto, la joroba, la rotura, la pérdida… crean el sedimento que atraviesa a esta novela ―eso que también pudiera interpretarse como umbral de lectura; zonas donde el dolor va a marcarlo todo.

Veamos algunos de los "tatuajes" de La Habana sentimental:

-Mal de madre
-La anormal
-La historia clínica
-El hijo ahogado
-El corsé
-El cuerpo macabro
-La visita al médico
-El aborto de Ninna Bernays

¿No son acaso estos nombres la prueba de ese daño que todo self siempre sufre y Adorno, además, descubría como termómetro importante a la hora de pensar la colectividad?

Mentiría si negara que lo que más disfruto de esta Habana de Rosie Inguanzo, además de su propia escritura, es ese coso enfermo, ese daño individual y colectivo que asoma en todas partes a la vez.

A veces de manera directa, como cuando habla de los huesos y las falanges de Elijah, el profesor de matemáticas: "Hay 27 huesos en la mano, pero no en la de Elijah; los cuento, han de haber 21 huesos porque le faltan seis falanges. Los ojos se me van hacia allí mientras enseña y ya no puedo pensar en otra cosa que no sea esa mano afilada…"

Y a veces de manera íntima:

"Me inyectaron un Valium en la vena y vi o soñé como me succionaban de las entrañas con una aspiradora que introdujeron entre las piernas. La manguera de la aspiradora era de plástico transparente y vi material orgánico que subía por el conducto: fibras rosadas, retazos de sangre. Soñé una larva destrozada por la centrífuga."

Daño que siempre es horizontal, no solo por su recorrido a través de la boca (las bocas) que hablan en el libro, sino porque muestra algo que es anterior a las historias y a los afectos que en él se narran…

Anterior a lo enfermo mismo.

Como si ese cáncer político, que a la vez es una de las "neuras" que dominan al libro, solo pudiera ser comprendido a partir del destrozo ontológico que ha provocado, de la ruina.

¿No es precisamente esto lo primero que quiebran las dictaduras, los totalitarismos o la inundación ideológica en cualquier lugar donde se presenta: la persona y todas sus esferas de privacidad?

Rosie Inguanzo logra con La Habana sentimental dos cosas muy difíciles de reconstruir: la disección de una clínica (con sus miradas, sus anécdotas, sus silencios, su biorritmo) y la disección de una política. Y todo con mucha exactitud, cero pathos.

Como si la escritura fuera tomarse un roncito o trepar una montaña.

 


Rosie Inguanzo, La Habana sentimental (Bokeh, Leiden, 2018).