Domingo, 20 de Enero de 2019
Última actualización: 00:12 CET
Crítica

'Estancia en los sentidos', la poesía reunida de Vicente Echerri

Vicente Echerri en el meridiano de Greenwich. (V. ECHERRI)

 

"He aprendido a revivir mi propio pasado por el recuerdo; y también el pasado colectivo por medio de la Historia". Tal nos dice el autor, o al menos uno de sus hablantes, hacia el final de Estancia en los sentidos, la obra poética reunida de Vicente Echerri. Se trata, en efecto, de una obra basada en la memoria, la suya personal, que revive, y la colectiva, que recoge de unos cuantos momentos de nuestra común historia.

Cualquiera que conozca al escritor Echerri en seguida se dará cuenta de lo más importante de este libro. Me refiero a su voluntad de forma. Conocemos la elegancia, sobriedad y precisión de la prosa de Echerri, evidente tanto en su abundante labor periodística como en sus dos tomos de cuentos. No conocíamos, sin embargo, la contrapartida de esa prosa en sus poemas, que viene publicando desde hace treinta años y escribiendo tal vez de mucho antes.

"Poeta de dicción clásica castellana", lo llama en una reciente nota Antonio Muñoz Molina, aunque yo no arrimaría a Echerri a un costado únicamente castellano y en cambio sí reconocería sus raíces en Trinidad, lo cual lo hace a su vez heredero de esos grandes camagüeyanos: La Avellaneda, Emilio Ballagas (a quien a veces recuerda) y, ¿por qué no?, del mejor Nicolás Guillén.

Si la dicción de los poemas de Echerri restaura una dignidad clásica, ha de ser debido a su decisión de forjar una obra, y utilizo el verbo forjar en su pleno sentido de dar forma, fabricar, pero también de inventar: imaginar. Además de la consabida dignidad de su estilo, lo prueba su decisión de reunir ahora esa obra poética, en un momento en que, según me participa una carta suya, ya no escribe poesía y no lo ha hecho durante años. De ahí que el libro conste de cuatro secciones, correspondientes a dos libros publicados en 1986 y 2008, uno inédito de 20 poemas en prosa, y una sección de siete poemas dispersos. Completan el libro 14 traducciones suyas de poemas en lengua inglesa, textos que, a mi juicio, no solo forman parte íntegra de su obra poética, sino que cuenta con dominio de las dos lenguas y verdadera maestría prosódica.

La voluntad formal de esa obra reunida supone, por un lado, una mirada o lectura retrospectiva: el poeta ahora pasa revista a su producción anterior y la ordena. Por otro lado, supone una fuente de autoconocimiento: el poeta ahora observa, a partir de ese orden, sus cambios en el tiempo.

Todo poema es, para el poeta al menos, una respuesta tentativa a la pregunta socrática fundamental: ¿Quién soy yo? Los poemas reunidos, a su vez, amplían esa respuesta con otras preguntas, igualmente fundamentales: ¿Quién he sido yo? ¿Cómo cambié? Por eso no es un error ver en una obra reunida una suerte de autobiografía, solo que en lugar de capítulos o secciones cronológicas donde se cuentan anécdotas más o menos íntimas, aparecen poemas, es decir, momentos, instancias, snapshots (título por cierto de uno de los poemas dispersos) que otorgan imágenes del poeta en el acto de mirar, o inventar, la realidad —invención que, como sabemos, al mismo tiempo implica una autoinvención, una autobiografía imaginaria.

Por último, cualquier relectura de esa obra reunida, sobre todo la del propio poeta, tiene que producir una impresión enigmática: el poeta se reconoce, pero se reconoce como otro. Ya no es lo que fue, ni tampoco lo que será. Sin embargo, es precisamente esa impresión enigmática, producto del fluir temporal, la que permite el milagro que el lector se identifique con ese otro. El poeta es nadie, pero también es todos: sabiduría borgeana que poetas verdaderos como Echerri han sabido absorber.

Si nos dispusiéramos a interpretar lo que nos dice esa obra reunida, tendríamos que examinar su arquitectura, que como he dicho descansa sobre tres libros más dos secciones inéditas. Para ello me limitaré aquí a los tres libros orgánicos.

El primero, Luz en la piedra, reúne 13 poemas de distintos temas donde predominan el deseo y la soledad o alienación en la ciudad, razón por la cual Heberto Padilla, en su certero prólogo, observó que "para Echerri, la ciudad no es un aliado de su entusiasmo; es su adversario, la imagen física de una desarmonía". Y sin embargo, tanto los entusiastas testimonios de los poemas de amor como las tres elogiosas odas a figuras históricas que tienen que ver con Cuba (Pánfilo de Narváez, Isabel de Bobadilla y el Padre las Casas) terminan creando lo que André Breton llamaba un "signo ascendente": la poesía rescata al mundo a pesar de toda su podredumbre. De ahí el título: vislumbrar una "luz en la piedra" (el último poema se titula "Al alba") equivale a extraer agua del desierto.

Si el primer capítulo de la autobiografía resulta empedernidamente optimista y tal vez hasta iluso, el segundo, Casi de memorias, lo será mucho menos. El título mismo confirma, creo, la hipótesis de lectura que propongo. Los poemas recogen, en efecto, otras memorias, anécdotas de incidentes, reales o inventados, en la vida del poeta. Sus 22 instancias, divididas en tres secciones —"Memorabilia", "Ex Arcadia" y "Un lugar de regreso"— van desplazando las anteriores ilusiones hacia una mayor sabiduría que no está exenta de desengaños.

En la guerra entre la poesía y el tiempo, la única lección valedera es que la vida, y no el arte, vale más que ambos. Por ejemplo, en "Jasón", que medita sobre la estatua en el Victoria and Albert Museum de Londres, importa más el modelo vivo que le sirvió al artista ("el escultor/que descubrió la gloria de tu carne") que la obra misma; en "Autorretrato de Durero", tal vez el mejor poema, cuenta más lo que Durero veía, o pensaba, o temía, o anhelaba cuando pintaba que la obra misma; en "Grapes of Wrath" el poeta fantasea en el cine con la imagen de otro joven espectador cuyo atractivo derrota el de la imagen rival del personaje en la pantalla.

Las lecciones impartidas por todos estos incidentes dan su fruto en el "lugar de regreso", que para Echerri, una vez más, es la memoria, personal y colectiva. Por eso los tres poemas que aparecen al final de esta sección —"En la penumbra", "Through the Looking Glass" y "Disertación de  la memoria"— en realidad forman uno solo: un vasto diálogo entre el hombre que es y el poeta que fue, y que tal vez aspire a volver ser. Y así, cuando el poeta describe que

 

Después de muchos años

de verte transitar

de desearte

(es decir, de querer ser como eras:

abandonado a tu eterno presente)

una noche no seguiste de largo

y yo toqué tu cuerpo

y empecé a envejecerlo.  

 

el otro a quien se dirige no es únicamente el hipotético amante, objeto del deseo, sino él mismo: como primero se imaginó y más tardé él mismo se recuerda.

No es de extrañar que el tercer y último capítulo de la autobiografía contenga 20 "fragmentos de un discurso amoroso". Si la poesía, el arte, de por sí no pueden salvarnos, tal vez el amor sí pueda, con tal de que reconozcamos su precariedad, su carácter frágil y efímero. Echerri utiliza el famoso título de Roland Barthes, cuyo epígrafe abre la sección, para recalcar que entramos ahora en un capítulo, como aquel que dice, pospoético: el título es prestado, el verso desaparece y los poemas en prosa parecen extraídos de una correspondencia amorosa que puede derivar de uno, y hasta tal vez de dos, corresponsales.

Toda esta conmovedora sección culmina la idea de esta autobiografía: el yo, a través del tiempo y recreado por la memoria, ya es otro porque, como dice en el poema V, "una carta de amor consiste en dilucidar el enigma de nuestro propio ser en ese otro que, súbitamente al parecer, nos resume todo el universo".

Que este último capítulo conste precisamente de 20 poemas de amor me hace pensar en lo que algunos ya se habrán dado cuenta resulta inevitable: la alusión a los Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924) de Pablo Neruda. La alusión, inconsciente tal vez, no solo entronca el libro de Echerri con la tradición poética hispanoamericana; también lo separa. Neruda, y sobre todo ese su primer gran libro, constituye el último estertor del romanticismo; Echerri es un posromántico (no hay una "canción desesperada"), y tal vez su obra se sitúa al final de algo más para la cual aún no existe nombre.

La alusión a los Veinte poemas no es la única, por cierto. Porque, tal vez inconscientemente, el título de todo el libro, Estancia en los sentidos, también es un eco de Residencia en la tierra, el también libro clásico de vanguardia de Neruda, y cuyo título, a su vez, alude a otro célebre título, esta vez el de Rimbaud: Une saison en enfer (Una temporada en el infierno). Neruda, como antes Rimbaud, produjo una crónica del poeta moderno alienado, lo cual en el caso del joven Neruda resultó verdaderamente alienante dado que gran parte lo escribió cuando estuvo destacado en misión diplomática en el Lejano Oriente.

Pero Echerri no sigue ni a Neruda ni a Rimbaud. El cambio de "residencia" por "estancia" subraya una voluntad temporal, y no solo espacial; a su vez, "sentidos", en vez de tierra, recalca que su tema no es la materia misma —como se sabe, lo material o elemental es la levadura poética de Neruda— sino su percepción, ya sea por el cuerpo o el espíritu, como en efecto sugieren los dos sentidos de "sentidos". Temporada en el cuerpo, pero también el alma, pasiones y razones, incidentes e interpretación. Que "estancia" sea la última palabra de "Autorretrato de Durero", y única otra aparición en todo el libro, prueba que el concepto se relaciona con ese vasto proyecto de auto-conocimiento que hemos visto atraviesa el libro.  

A todo lo cual se añade, por último, el otro sentido, más culto u oculto, de estancia. Porque el concepto también se refiere a estancia poética (italiano o inglés stanza), en el sentido de estrofa, composición poética. Al darle al libro la forma de una estancia se afirma, de ese modo, la idea de un cuantioso texto desplegado en forma de un solo libro, una sola estrofa: espejo de una identidad y reflejo de un destino.

La voluntad formal de Echerri podrá ser, en parte al menos, inconsciente, pero no la creo accidental. Es fruto de un talento madurado por el tiempo y regalo oportuno de sensibilidad.

 


Vicente Echerri, Estancia en los sentidos. Obra poética reunida (Biblioteca Nueva, Madrid, 2018).

Estas palabras fueron leídas en la presentación del libro en Books & Books de Coral Gables, Florida, el 13 de diciembre, 2018.