Sábado, 15 de Diciembre de 2018
Última actualización: 16:11 CET
Crítica

Eduardo Lalo visibiliza lo invisible

Eduardo Lalo. (CLARÍN)

Eduardo Lalo corrobora en un libro lo que casi todos intuimos: hacemos cada día un mundo que es un stock. Un garito de hamburguesa McDonald's con parlamentos, fronteras y alcaldes. Donde los no-lugares de Marc Augé se expanden desde el reducido espacio impersonal inicial a todo el globo, con internet y la cultura única como música de fondo. Un ágora donde, para bien o para mal, cualquier youtuber con poco seso tiene más poder de convocatoria que sus gobiernos.

Nacido en Cuba en 1960, hijo de español exiliado, este autor puertorriqueño se desplaza con elegancia en Los países invisibles (Premio de Ensayo Juan Gil-Albert Ciutat de Valencia) por el relato, el ensayo, la crónica y el diario. Reconocido con el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos por su novela Simone, Lalo es autor de una escritura que, si bien hace referencia a autores tutelares como Cioran, le debe mucho a Pitol y a Piglia.

Parte de la estructura del libro marca terreno con lo que nos narra: una escritura en progreso, como reflejo de todo un país que se convierte en la nada. Un horizonte de símbolos truncos. Puerto Rico es su Ítaca, pero lo mismo pudo ser Cuba o Filipinas.

El libro está estructurado en tres capítulos. Que son el movimiento de una noria:

Los atentados de Londres de 2005 provocan una serie de reflexiones y nos sitúan a los lectores en la ubicuidad de lo atroz: la certeza de que, como el narrador, pudimos haber pasado por allí, por la Zona Cero, o estar en este mismo instante en la mira de otro fanático que pretende destruir el mundo.

Dos Españas nos relata, una pueblerina y que se sabe pueblerina, y otra que sigue siendo muy pueblerina, pero lo obvia, y se siente ya ubicada en el Primer Mundo. Sus letras, sin embargo, guardan los rezagos de siempre: una autorreferencialidad hueca y una pléyade de autores de gacetillas.

Eduardo Lalo escribe al respecto: "En España se escribe demasiado rápido. El escritor es víctima de la necesidad de producir mucho —artículos de prensa, miscelánea literaria, novelas— por razones de supervivencia económica. Las consideraciones literarias van a la zaga y deben adaptarse a paradigmas editoriales muy estrechos. Aparte de esto, hace décadas que España parece no percibirse como problema y esto relega a su literatura a intimidades asfixiantes (no es casualidad que el mundo editorial español haya inventado nuevos géneros novelísticos light, que incluso ocupan lugares amplios y especialmente compartimentarizados en las librerías: novela histórica, romántica, etc.) Es muy difícil que en el medio español aparezca una voz importante y nueva. Un creador surge cuando sufre por algo, cuando se enfrenta a algo o a alguien. Entonces su historia personal se rebasa a sí misma".

Una zona central del análisis del autor se centra en la nulidad y el agotamiento de los modelos de representación: "La invisibilidad se da en parte por las crisis (¿o será la debacle?) de las formas tradicionales de representación. ¿Son el País Vasco, Córcega o Québec pueblos que buscan la libertad cuando legalmente son parte de un pueblo libre? ¿Puerto Rico es una colonia (y qué duda cabe de que lo es y ha sido siempre) cuando la gran mayoría de sus habitantes no luchan ni exigen su libertad? No se puede ver lo que la ley no ha nombrado. ¿No existe lo que el discurso mundialista no nombra? Quizá no. Pero detrás de estas ausencias quedan multitudes, pueblos enteros que no tienen palabras ni conceptos oficializados, visibles, para representarse, para reiterar ante otros su existencia. Estos son los países invisibles y su invisibilidad no es transparente, sino que al contrario, constituye una forma de opacidad y entre ellos y los visibles, que les 'ven' en un acto que consiste en no-ver, en borrar o liquidar, no hay una fina veladura sino una densa membrana plástica".

Eduardo Lalo logra imbricar en casi todo el libro la capacidad de sorpresa en el lector, algo que es requisito indispensable de la buena lectura, si bien algunos pasajes pudieran quitarse y ganaría claridad y no se dilataría el ritmo de la prosa ensayística.

La fusión genérica permite una suerte de cerco, un pulso entre distintos enfoques narrativos que corren de un lado a otro entre la perspectiva del lector y la mirada del narrador: se asume como una cámara en movimiento; narración en corte, convulsa, arrítmica que nos ubica lo mismo en un avión encima del Atlántico, frente a una cloaca de drogadictos en Madrid o apresado el narrador en los diálogos con su tutora literaria, en el Madrid de los 80.

Los países invisibles implosiona los pilares de constructos tales como nacionalismos y culturas autónomas. Nos hace ver que el mendigo dueño de un metro cuadrado en una Burger King de San Juan es el mismo de la calle Atocha de Madrid, tal como el gato de Schopenhauer o el ruiseñor de John Keats son precusores de un mundo actual condenado a la tautología.


Eduardo Lalo, Los países invisibles (Fórcola, Madrid, 2016).