Viernes, 14 de Diciembre de 2018
Última actualización: 13:01 CET
Crítica

Vicente, el poeta

Vicente Echerri. (ORLANDO JIMÉNEZ LEAL)

Existe una foto donde se le ve a horcajadas en un árbol en medio del bosque, hay frío y es otoño. Ríe sin temor y parece feliz. La mano izquierda levantada y abierta con los cinco dedos estirados en señal de que aguarde(mos). Entre el dedo pulgar e índice se forma una pequeña bahía de bolsa, que semeja la de Casilda en Trinidad.

Cuando alcanzo a Vicente, siempre emerge Trinidad.

No leer, sino releer Estancia en los sentidos, depara un raro goce. Pocos libros sobreviven a la monumental producción editorial y celebro cada vez que dentro de esa avalancha, que obra sin más pretensión que vender un objeto y no literatura, sale a flote un buen libro.

Lo presenta una nota introductoria de Ernesto Hernández Busto y un prólogo de Heberto Padilla para el poemario Luz de piedra. El volumen incluye dos libros publicados anteriormente y uno inédito.

Vicente Echerri lleva casi 40 años sin regresar a Cuba y tal parece que no ha salido de allí. En muchos de los versos se puede redescubrir el tempo y el deleite sostenido que, de y desde la palabra, hace vivir a plenitud a un desterrado.

He imaginado vernos juntos en nuestra ciudad, en un diálogo interminable sobre la villa trinitaria y su peculiar devenir, y no. No lo concibo hoy allí. Hay cubanos que hace mucho no caben en Cuba, él es uno de ellos y al mundo se ha echado a andar, de país en país. Siempre a cuestas la poesía y Cuba en medio de pecho, y la palabra como arma, como cuchillo que rasga la niebla del espectáculo

Su palabra de dolor escuece por su arraigo, ese lugar donde se han tenido los mejores sentimientos y amores. Aunque otros amores afloren en otras geografías, los epifánicos surgen allí, donde se nace, como se manifiesta de manera velada en el volumen que recoge cuatros décadas de su poesía. A la que se suman sus traducciones, que son creaciones propias en el justo sentido del término.

Es usual que algunos autores desaparezcan detrás de la escritura; en este libro parece que nos orientamos a un desplazamiento contrario.

El autor propone un puzzle que es a la vez juego de erotismo y patria, palabra y sangre, olvido y memoria, de vivir y hacer vivir: un vitalismo acendrado, no el vitalismo enfermizo de la seudosicología sino un artilugio, una gradación de rito y entrega. Un escarpelo obrando detrás del archivo. El país y la vida visto como lo que es: un gigantesco fichero de coautores y obras, muchas veces traspapelado o fuera de lugar, en salas equivocadas y en catalogaciones erradas. Un país, ajedrez poético en construcción.

Podría no estar equivocada la idea que el tiempo sea el hilo conductor de estos poemas. Aquí va uno de ellos: 

 

Grapes of Wrath

 

Mientras por la pantalla

corre un camión

salido de la novela más famosa de Steinbeck,

un chico en la butaca delantera

me hace su espectador;

pese a que solo le adivino el perfil:

algo de una mejilla, una oreja, una mano

con que se alisa y se revuelve el pelo

rubio, la piel dorada, el cuello de tocar…

mientras Henry Fonda y Jane Darwell

dicen sus parlamentos

él, en su silla, es mi protagonista:

silencioso, neumático

se repatinga

en una pose al parecer grotesca,

pero en él grácil,

y yo me abstraigo imaginando

cómo tendrá los pies

que se insinúan inquietos

entre sus burdos calcetines.

 

En la película alguien habla de muerte

y yo lo observo —a él:

el relieve de un pómulo

que le resalta una pequeña depresión en el rostro

(la hermosura de los huesos

de que hablara mi madre),

indiferente

se mordisquea las uñas

sin saber que sus gestos

en la penumbra de una sala de cine

son la liturgia de la vida

el feroz, borboteante estallido de la vida

que nos humilla

y nos hace gemir.

 

¿Cuánto se asombraría si le dijese

—como quiero decirle—

I would like to become a tiny fish

and silde dow your neck?

 

Pero no digo nada,

y mientras Tommy Joad se despide

de su Ma' en la pantalla,

el muchacho se despereza

con una suficiencia animal

no aprendida

para volverse un caminante más.

 


Vicente Echerri, Estancia en los sentidos (Obra poética reunida), Biblioteca Nueva, Madrid, 2018. Con nota introductoria de Ernesto Hernández Busto.