Domingo, 22 de Julio de 2018
Última actualización: 11:30 CEST
Narrativa

La soledad del ladrón

Fernando Botero, 'La siesta'. (PINTEREST)

 

Porque fue cuando terminé de leerme ese cuento que me dieron la noticia de su asesinato. Lo que nos obligó a partir enseguida hacia la escena del crimen, apenas a unas cuadras de donde habíamos estacionado. Y como por razones que se explicarán por ellas mismas no puedo dar mi verdadero nombre, tal vez aquí debo llamarme Alan. En honor al escritor inglés Alan Sillitoe, de cuyo cuento "La soledad del corredor de fondo" parodio el título porque —como dije— lo acababa de leer. Y por el cortocircuito entre los ladrones que no creen ni en la madre que los parió —sin fondo, como Leonardo, que enseguida presentaré— y algunos delincuentes entre nosotros los de cuello blanco con fondo, como yo y muchos políticos.

O mejor me bautizo Colin, por el personaje central: el adolescente rebelde que encarna el actor Tom Courtenay; en la película que realizara Tony Richardson en 1962, basada en el cuento cuya soledad motiva este otro cuento que escribo por gusto. Sin la menor intención —por ahora— de publicarlo, ante el peligro de que pueda utilizarse como prueba contra mí, vía para quitarme lo que tengo, encarcelarme de por vida para que escriba mis memorias, como está de moda entre capos mafiosos, expresidentes, actores, cantantes, hasta deportistas que pagan un escritor fantasma.

Mi afición a la literatura todavía no me ha convertido en un jugador con la justicia. Sé donde mantenerme, en qué sombra cobijarme para nunca arriesgar una cárcel, perder los arañados bienes que disfruto solo.

Casi cada mañana, tras estirar los brazos, pienso que solo el amor al dinero, sin empleo de mucho tiempo en obtenerlo, me permite poseer una biblioteca de cerca de 6.000 volúmenes en las cuatro lenguas en las que leo; tener horas libres para escribir por puro placer, sin sentirme un mercenario al servicio de alguna editorial.

Sé que ejercer mi tipo de delincuencia me da el placer de una copa de vino que elijo en mi cava según los entremeses sean caviar o jamón serrano, anchoas entre espárragos a la crema; según los quesos y aceitunas. O las noches que le pido a Manuel —mi empleado mexicano— un platillo de avellanas y nueces de la India; o de los frutos secos traídos de Milano que encargo a la charcutería de Francis en Aventura.

Por fin he decidido llamarme Colin, como el adolescente del cuento. Honrar, honra, creo que dijo alguien importante, según leí en Google. Colin tiene algo exótico y parece oler a buen whiskey escocés, me otorga el hálito que siempre llevan los atletas de alto rendimiento y a la vez me escabulle de cualquier asociación infortunada de algún periodista o fiscal cuya sagacidad lo lleve a asociar nombres, traducir apellidos, seguir pistas más imaginativas que reales, elucubrar criptogramas.

Vuelvo a la tarea, a buscar quién la cumpla, a Leonardo. Así que Leonardo debió sentirse desesperado cuando aceptó mi oferta. Sucia y peligrosa a primera vista y supongo que peor a última vista. Tan arriesgada como exigente. Lanzada en el portal de su desvencijado caserón en la calle Flager, al borde de La Pequeña Habana, aunque los cubanos sospechen que si La Habana está con ese ambiente, bien dura debe estar la calle por allá, entre pandilleros y dos perros sueltos, de raza inescrutable, tan satos y sin vacunar como empercudidos, de colores donde el jabón nunca entró.

Leonardo casi enseguida aceptó la encomienda, para la cual fui con mi guardaespaldas y chofer —el mulato que aquí llamo Pedro Ángel, puertorriqueño criado en Nueva York—, quien usualmente me sirve de recadero para encargos engorrosos, mensajes feos a los distribuidores que se retrasan en el pago, compras del blanco polvillo andino a un seguro expendedor venezolano de South Beach, exmilitar de Maracaibo...

La tarea fue detrás de la oferta: 3.000. Uno en ese mismo momento y los otros dos cuando me entregara el cuadro. La explicación era idílica, parecía que Leonardo no iba a colarse en una casa habitada y protegida en Fort Lauderdale, sino en una abandonada cabaña en un apartado bosque canadiense, en un asilo para ancianos en West Palm Beach... Aunque desde luego que Leonardo estaría pensando —como siempre— en que yo minimizaba los trabajos para pagar menos; por lo que habría otros riesgos: cámaras de seguridad, alarmas...

Le expliqué a Leonardo que el cuadro era un Botero, por si acaso le preguntaba su pareja, si la tenía, o algún amigo que milagrosamente supiera algo de pintura. Porque lo cierto es que Leonardo era un analfabeto funcional. Entendió la descripción que le hice tres veces del marco de madera color caoba con recuadro oro viejo, de unas 40x40 pulgadas; pero me parece que apenas retuvo la imagen en acrílico sobre el lienzo: una simpática gordita, de cachetes rosados, al lado de una silla de tapiz rojo. Obra que Félix —pongámosle por nombre Félix, para seguir evitando rastreos— me había jurado que era de su absoluta autoría y que tenía allí como recuerdo porque era un empecinado imitador —"Tal vez demasiado torpe", me dijo, para agregarle verosimilitud a su mentira— del artista de Medellín cuyo museo en Bogotá había visitado varias veces años atrás; así como una galería en el barrio Los Rosales, en su último viaje por encargo para entregar un dinero cash de un cargamento a Port Saint Lucie, que se desembarcó de una lancha rápida en Sewall`s Point.

"Inolvidable para ti, Colin, por el paquetico que te obsequiaron sin darle importancia a su peso: dos onzas tensas" —me dijo Félix, para cerrar el tema del Botero.

Aproveché que Leonardo era el típico charlatán proveniente de Santiago de Cuba, de inconfundible curva de entonación con estiramiento de vocales y dientes cerrados en señal de que era un duro, para insinuarle que si la operación le daba miedo yo podría conseguir allí mismo en La Pequeña Habana a otro cubano. Un tipo de Pinar del Río que no iba a titubear en aceptar el encargo. Pero enseguida me di cuenta de que Leonardo estaba más escachado que un indocumentado hondureño recién cruzado por Laredo. Y que para su desgracia, sin tener con qué, se había aficionado al crack o piedra, cada vez más cara tras las últimas batidas de la DEA contra la venta al menudeo en los alrededores de la gasolinera de Le Jeune Road y por la Calle Ocho, a la altura de la Alianza Francesa.

Leonardo estaba maduro para la misión. Agarró los 1.000 dólares con la rapidez de un carterista en el metrorail. Me cercioré de que había entendido la misión y memorizado los detalles de la vivienda donde debía penetrar sobre las siete de la mañana, cuando lo más seguro es que Félix roncara como una locomotora inglesa del siglo XIX o como le gustaba trotar por el barrio, hubiera salido y entonces no habría nadie, la casa estaría lista para una operación rápida. No podía durar más de cuatro minutos, por la alarma y porque forzar la ventana que daba hacia el patio lateral, brincar y entrar, cruzar el estudio, correr al comedor, descolgar el cuadro y salir al pasillo con el Botero bien agarrado... A la acera, a la calle del costado izquierdo, detrás del sauce donde había estacionado el viejo transportation Nissan, era imposible que se demorara un minuto extra. Dos. A lo sumo cuatro. Cuatro le estábamos calculando con regalía…

Por supuesto, lo que Leonardo nunca sabría es que Félix lo iba a interceptar a la salida del comedor. Porque a esa hora, minuto más, minuto menos, estaba cada día tomándose una taza de café preparado por él mismo en una cafetera italiana y comiéndose regocijadamente dos o tres pastelitos de hojaldre, casi siempre de guayaba y queso crema, según me había contado varias veces.

Y Félix nunca, creo que ni para bañarse, dejaba de estar, como se dice, ensillado... Quiero decir que su Colt-38 era parte de su piel, no de su cintura o del sobaco sino de las entrañas, de sus tripas. Félix era de esos gánsteres del sur de Florida, de tiro rápido y mirada de águila, a los que no se les movían las cejas cuando disparaba. Nunca conocí a nadie más alerta ante cualquier peligro. De ahí el plan.

Yo tenía que liquidarlo porque desde el Brooklyn Bridge —como llamamos a nuestra oficina de New York— me habían ordenado hacerlo lo antes posible, bajo la acusación y las evidencias de que Félix, para favorecer al cártel de Jalisco, estaba sirviendo de informante a la policía antidrogas. La imperdonable confidencia, aunque no fuera contra nosotros, se pagaba con el pescuezo. Contratar a Leonardo cumpliría la misión, con el extra del Botero.

En cuanto supiéramos por el vecino de enfrente —compinche de mi chofer Pedro Ángel— que habían sonado disparos en casa de Félix, correríamos para allá, a hacernos cargo del verdadero asunto, por si acaso algún vecino impertinente llamara al 911, llegara antes la policía y fastidiara el plan en el que ya tenía 1.000 dólares gastados.

Así fue. Mejor de lo que imaginé. Pronto Pedro Ángel y yo estuvimos al costado de la casa de Félix, precisamente en el momento en que arrastraba el cuerpo de Leonardo para la acera, con la intención de subirlo a la cama de su camioneta, que acababa de estacionar a la entrada; y después tirarlo por algún puente o llevárselo de desayuno a los cocodrilos del Everglades National Park. Cargaba el cadáver de Leonardo cuando nos bajamos de prisa. Por supuesto que no tuvo tiempo para soltar el fardo y sacar su Colt-38. Una ráfaga de mi 45 le hizo soltar el bulto, caer de costado sobre la puerta bajada al fondo de su camioneta y rodar hasta la acera, echando sangre por los oídos. De inmediato comprobé que estaba muerto y entré a descolgar el Botero. Un minuto después cerré la puerta de la calle y corrí a montar en mi Buick Enclave, cuyo motor no había dejado de estar encendido.

Casi en la esquina, antes de doblar hacia la avenida, Pedro Ángel llamó al vecino para indicarle que llamara a la policía. Ellos se encargarían de atribuir el doble crimen de aquellos solitarios a un ajuste de cuentas entre pandillas y nunca, ni pensarlo, al Botero. Mientras tanto llamé a New York para anunciar que el dealer de la 36 Street había rebajado el precio del Chevrolet.

"Colin —me contestaron de allá—, nos alegramos de que la compra haya sido a buen precio. Pronto transferiremos más dinero para que adquieras otros dos Chevrolets". Y una carcajada antes de colgar, para indicarme que además de satisfechos estaban contentos por el éxito de liquidar a Félix, el solitario que asesinaría a Leonardo, otro perseguido por la soledad del corredor de fondo.

Al regresar a casa vine aquí al estudio, coloqué el Botero delante de este mismo buró de caoba donde termino el cuento. Desde ayer por la tarde tenía listo el martillo y el clavo... Había meditado el sitio exacto donde me imaginé que luciría mejor, entre la acuarela de Roberto Fabelo con sus perros habaneros desnutridos y ojerosos y un óleo de Mariano Rodríguez donde pelean dos gallos.

Se ve muy bien en esta casa de otro solitario. Como si estuviera en el Museo Botero de Bogotá y no en la pared frente a mí, donde siempre soñé que estaría, que iba a ser su sitio tras verlo en casa de Félix. Saber que era un legítimo Botero, no una vulgar imitación suya, como trató de convencerme cuando se lo elogié.

 

Aventura, Miami, otoño y 2017