Viernes, 17 de Agosto de 2018
Última actualización: 22:52 CEST
Narrativa

Naturaleza muerta con avestruces vivas

(SUPERCURIOSO)

 

Una pintorcilla que vivía en La Habana Vieja (y que no soy yo) conoció a otra pintorcilla que vivía en Lawton (y que tampoco soy yo). La pintorcilla de Lawton es lesbiana y abstracta, la de La Habana Vieja es puta y neobarroca. Una tarde las conocí. Eran las únicas de un sucio café de la calle Muralla, un jueves de lluvia, tomaban té con limón. Les hablé porque Aarón conocía a la pintorcilla de La Habana Vieja (piernas largas, buen trasero y tetas como naranjas detrás de la blusa india), yo quería conocer a la pintorcilla de Lawton que es amiga de Helena, la que escribe poemas y sueña.

Tomamos té y quedamos en vernos el sábado en la casa de Helena. Nos despedimos y les prometí llevar un cuadro a una exposición que organizaban para el mes próximo en ayuda a los enfermos de sida.

Pasó el viernes. El sábado llegó con la voz de mi abuela que me traía el café a la cama. Me vestí, fui a mis clases de locución. La noche pronto salió entre las manecillas del reloj.

Helena nos recibió con una copa de vino tinto en la mano y un raro peinado nuevo. "Esto se parece a un cuento cubano contemporáneo", pensé al ver a la gente aglomerada en la salita pequeña, todos con extraños vestuarios modernos y amplias demostraciones de histrionismo farandulero.

Ahí estaban ellas, insólitamente amigables, también había otra, medio tímida, fumando un cigarrillo con una mano amarilla y temblorosa. Me les acerqué y las saludé. Aarón se retrasó con unos amigos de actuación, quienes lo arrastraron lejos de nosotras y cerca de la gente que bailaba. Enseguida me presentaron a la temblorosa, Zuna se llamaba (aunque sospecho que es un apodo), su rostro apagado, entre tantas caras distorsionadas por el alcohol, me dio pena. Parecía un animal perdido, con frío y sudoroso. Después me fui en busca de Aarón que coqueteaba con una peruana, pero para el caso que ella le hacía, lo que me dio fue risa.

Aarón es un hombre simple del que solo me gustan dos cosas: su gran pene moteado de cinco lunares y su capacidad increíble para que ninguna mujer (ni yo) se enamore de él totalmente, ya que en el último minuto de cruzar el terreno hacia el amor, el pobre lo echa todo a perder, como un niño que acaba de construir una torre de arena y se sienta sobre ella derrumbándola. Mi querido amante es un cuerpo esbelto con una mente de crío, pero ahora no me hacía caso, por eso me fui a beber vino y me encontré a la temblorosa conversando con un muchacho, tembloroso como ella. Se alejaron a la terraza y pude ver sus caras de tristes-contentos con el hallazgo de ambos. Los espíe por unos segundos, en los que ellos, ajenos a la fiesta, miraban las luces de los edificios mientras se rozaban tímidamente los hombros. Me dio un deseo enorme de verlos follar, pero después me reí de lo que pensé y me fui a bailar.

En la sala la pintorcilla de Lawton estaba en un rincón frente a una mesa con piñas, naranjas, mangos y melones, me acerqué y tomé una tajada de piña, ella tomó dos trozos de frutabomba. Le hablé sobre los cuadros de la pared, pero ella no me prestaba atención, miraba fijamente a la pintorcilla de La Habana Vieja que bailaba con un tipo de melena, moviéndose sensualmente con la música, y de pronto el tipo la besó con desafuero, oscureciendo el rostro de mi interlocutora que me dejó sola y se fue rumbo a la terraza. La seguí mecánicamente. La temblorosa, en el momento que llegué al umbral de la puerta, le daba la mano al tembloroso que estaba muy pegado a ella, la pintorcilla de Lawton en ese instante la toca bruscamente por la espalda. La temblorosa se vira asustada y una frutabomba se desliza entre sus pies, la pintorcilla de Lawton la arrastra fuera de la terraza, salen por la puerta que da al pasillo del edificio, el tembloroso no entiende nada, me mira como preguntando algo o pidiendo disculpas. Yo regreso a la sala, la pintorcilla de La Habana Vieja se besa todavía con el de la melena como en una competencia de besos, la gente baila sin enterarse de nada, Aarón ni por todo aquello, me dirijo a la ventana abierta que da al pasillo y veo llorar a la temblorosa y decirle a su amiga "no" con la cabeza. La pintorcilla de Lawton la sacudía por los hombros.

Me aburrí de la escena y fui a procurarme vino, Aarón besaba a la peruana en la puerta del baño, como no me vio seguí de largo. Me senté en la meseta de la cocina y me puse a escuchar a Helena que, muy borracha, le contaba a unos daneses un sueño donde ella estaba en un castillo rodeado de árboles de marabú... Entonces se me acercó una china con unas trenzas largas y me pidió un trago, se lo di, pero no quedó satisfecha, me pidió otro trago de mi boca, se lo di y se fue. Luego vino un mulato que insistió en mostrarme la pecera de la casa, fui con él a falta de algo mejor, pero lo de la pecera era un cuento, no existía, el mulato lo que quería era acostarse conmigo. Pensé que él no estaba mejor que la china de las trenzas y lo rechacé. Salí a la sala nuevamente, el tipo de melena y la pintorcilla de La Habana Vieja se besaban en uno de los butacones, un extranjero comenzó a desnudarse en medio del salón, unos tipos se acomplejaron y empezaron a dejar caer objetos contra el suelo, luego cogieron un palo y le entraron a golpes al piano donde tocaba una muchacha de espejuelos que comenzó a gritar. Yo me arrimé a una pared y una pareja tropezó conmigo. La pared era de cartón y se cayó. Un televisor ruso que había detrás se impactó contra el suelo. Los tipos acomplejados le entraron a golpes al extranjero encuero. Helena salió envuelta en una sábana con uno de los daneses, mandó a todos a la mierda, al parecer en idioma danés porque nadie le hizo caso. Me acerqué a la terraza en busca de espacio y entonces volví a verlos, a los temblorosos, de espaldas a la fiesta, enlazados por la cintura, rodeados de trozos de fruta, increíblemente tranquilos, como dos avestruces envidiables que meten la cabeza dentro de las luces de la ciudad.

 


Lien Carrazana nació en La Habana en 1980. Ha publicado los libros de cuentos 33 segundos sobre un tobogán (Nueva Gerona, 2010) y Faithless (Habitación 69 Ediciones, México D.F., 2011), al cual pertenece este texto.