Jueves, 19 de Julio de 2018
Última actualización: 18:33 CEST
Narrativa

Ojos bien abiertos

(BIUT)

   

                                                                                              Tratemos de fijar el minuto presente mediante

                                                                                                     un supremo esfuerzo de nuestra voluntad.

                                                                                                              Es preciso que este instante perdure.

                                                                                                                                   Virginia Woolf, Las olas          

                                                                           

Nunca pensé que sería peligroso, además, no fue mi culpa; yo solo jugaba y eso ya estaba ahí. No hay nada malo en examinar —me dijo. Le hice caso, encontré una zanja con labios dentro de una colina. Metí un dedo, descubrí un túnel mojado. Se lo conté a mami pero me dio por la cara. Entendí que hay cosas que no se dicen. Decidí jugar con él sin que mami se enterara. A veces sentía que se mojaba más, que latía desde adentro, como si prometiera algo. Se convirtió en mi juego preferido. Descubrí que los latidos corrían si aguantaba la respiración, si cruzaba las piernas, si lo tocaba despacio.

Una semana después vi a Narciso. Era domingo y yo corría por el desagüe. Me pregunté qué sentiría al mirarse en el espejo, ¡era tan bello! Pero al volver le pedí que no me acompañase a la casa, mami siempre habla mal de los negros. Narciso conocía un edificio derrumbado donde había espacios de hierba limpia entre papeles, jabas de nailon, hojas secas. Aunque tenía un poco de miedo le confesé lo del túnel. Me enseñó que se podía seguir, con cuidado, al principio me ardía pero sentí un estremecimiento, algo lejano y profundo que me hizo separar los muslos. Él se puso sobre mí y yo lo olía todo, todo me fascinaba: cómo respiraba, las nubes que veía bordeando su cabeza, el cielo azul claro. Se hundió lentamente en el túnel. Sentí que hay olas por dentro, pensé en cuerpos de arena. Vi una estrella brillar en el centro de un círculo oscuro, pero era como si yo estuviera abajo, en un fondo tibio, y la luz venía.

Íbamos al derrumbe todos los domingos. Una vez quise esperar a que se pusiera el sol. Se hizo noche cerrada y él no quiso que yo volviera sola a la casa. Fue la última vez que lo vi. Mami me mandó a vivir con mi padre.

Hay que tener miedo de lo que uno tiene miedo de decir —me dijo una vez Mariela. Mari era la esposa de Nelson, el médico amigo de papi. Ella amaba a Nelson. Y a mí. Yo empecé a amarla a ella, y a Nelson. La primera vez que me besó descubrí que se puede mirar con los labios también. Y que con otras manos se llega a lugares más lejos en el propio cuerpo. Cuando toqué su túnel vi las paredes del mío, fui como era Nelson, al buscar en su boca, qué distinta, qué suave, el olor en el cuello, el calor delicado en sus muslos bajando por mi cara mientras ella giraba, caía de rodillas, me defendía de Nelson, y yo la defendía a ella. Vi una noche un ángel salir de la boca del pozo, el mismo desde el que había visto una estrella, yo agazapada en el fondo. Vi espejos que podía atravesar si nos abrazábamos, cuando Nelson llegaba desde mí hasta ella. Una mañana Mari estaba extraña, fría. Le pregunté:

—¿Qué pasa?

Y solo dijo:

—No vuelvas más.

Nelson me acompañó hasta la puerta, me abrazó y susurró rápido:

—Tiene miedo de que yo te ame.

Por eso Elías repetía tanto: si hay que tener miedo a algo, es a ser tan libre. Hay que fijar las cosas, darles un rumbo preciso, clavarlas aunque sea en el aire.

Elías buscaba a Dios. Desde que lo vi supe que me tenía miedo. La primera vez que hablamos mencionó el pecado, lo más dulce y peligroso —dijo— y nos aleja de Dios. Estábamos en la costa y hacía frío, él besó mis dos manos. Le pregunté cómo podía uno estar más cerca de Dios, y me miró muy serio:

—Solo a través de lo que está realmente en el pensamiento de uno. El deseo más profundo es lo que Dios escucha.

—¿Y si uno tiene miedo de decir lo que quiere, se aleja de Dios?

Hubo una pausa larga donde solo escuché al viento.

—Sí.

—Y ahora, ahora mismo, ¿cuál es tu deseo más profundo?

Hubo otra pausa larga, pero entonces oí su respiración.

—Besarte.

Se tendió sobre mí, sobre el muro. Era una noche rojiza, con aire de lluvia. Me abrí con suavidad, le enseñé a cerrar los ojos, olvidar que hay un muro, una costa, alguien que puede pasar y oír el murmullo tras los arbustos. La noche siguiente me escondió en su cuarto, la otra en la azotea. Probó silenciar los sonidos, robarlos de mi boca, movernos más despacio, tocarme con la punta de un lápiz, un pomo de perfume. Escribir en mi cuerpo, pintar entre mis pechos, en azul, el borde de su mano. Una flecha roja que atravesaba el ombligo, apuntando hacia abajo. En negro intenso un animal, con la boca abierta, en medio de mi espalda. Y marcar sus propios dientes alrededor de las fauces. Una mañana en su cuarto cuando nos despertábamos, miró la luz que entraba por las persianas rotas y suspiró:

—Pecar es no admitir todo lo que uno desea.

Esa misma noche no fue a la costa. Lo esperé sentada junto al muro, abrazándome las rodillas, sintiendo las olas golpear el muro, más violentas que nunca. Cuando amaneció fui su casa. Nadie sabía de él. Entonces, entendí. Hay que tener miedo de lo que se admite. Arturo me lo confirmó la primera noche. Para él, admitir o no lo definía todo. Era casi perfecto, incluso sin una pierna. Cómo me gustaba su cuerpo, tan cálido, tan distinto, su voz grave en mi oído. No quiso que lo viera y me hizo apagar las luces, no quiso que lo tocara y me amarró las manos. Le enseñé que es posible moverse estando quieto, encontrarnos más abajo, humedecerse sólo con el pensamiento. Me dijo en un susurro (que no lo oyera nadie):

—El cuerpo tiene memoria. Yo recuerdo mi pierna, hasta la siento y puedo moverla, pero si intento tocarla mi mano se desploma en el vacío...

Miré a sus ojos:

—Te creo.

—¿Podrías amarme sin ninguna luz?

Pensé un momento.

—Sí.

Fue cojeando hasta la ventana, la cerró, rompió el espejo del cuarto, el del baño. Me esperaba en la escalera cada noche, dormíamos juntos, yo conocía con mis dedos todos sus rincones, todos sus sonidos, vi otra vez la estrella, mucho más brillante, descender veloz desde el círculo.

Una noche llegué tarde y al subir la escalera vi que me esperaba en la puerta.

—Es mentira que me amas —dijo— ¿Para qué sales tanto? Sé que te gustan los otros, los que no te hacen esperar, los que corren…

Traté de acariciarlo y me empujó. Me di con la baranda en el muslo. Al día siguiente se había formado ahí una mancha oscura que me dolía al tocarla. Pero empezó a abrirse como las plantas azules y blandas que pone en la pecera mi padre. Se fue hundiendo en la piel, o en la sangre. Desapareció. Y esa misma mañana pensé: hay que tener también miedo de lo que es incompleto.

Por eso anduve sola hasta que vi a Leonardo en la playa. Él sí era perfecto, no le faltaba nada. Pero tenía tanto miedo. Fuera del espejo sentía que el mundo es un lugar confuso, que la gente miente, que los olores del cuerpo hay que taparlos con otros, que (lo más importante) si amas a alguien no puedes decírselo. Lo va a usar contra a ti en cualquier momento. Me quedé pensativa. Entonces, se inclinó sobre mí y me besó. Su piel olía a salitre, y era tan bello que empecé a vigilar cómo cambiaba su cara con cada pensamiento, igual que las nubes a través del cielo, le dije, pero sus pensamientos pasaban por los ojos mucho más rápido. Como sombras. Como peces. Como pájaros. Me di cuenta de que se transformaba todo el tiempo: cuando reía, cuando dudaba, si ladeaba la cabeza, si pensaba en tocarme. Lo convencí de que era bello también fuera del espejo. Que podía descubrir cómo éramos otros en la oscuridad absoluta, las voces, las quejas, el latido que hace ondas bajo la tela, bajo la mano. Que cada olor cuenta algo del lugar de donde viene. Jugábamos a que éramos extraños en un mundo al que habíamos llegado con los ojos cerrados. Abrir despacio los cuerpos, las piernas, las manos. Al final los ojos. Bien abiertos para no perdernos nada, para que nada se nos escape. Leonardo se reía. De noche, bajo el sol, cuando caía la tarde… era bello, era perfecto. Me empezó a gustar que nos vieran juntos. Que me besara en la calle, que camináramos de la mano. Que con frecuencia se inclinara diciéndome:

—Te amo.

Asechaba sus ojos, si miraba a otras, si su atención estaba en otro sitio, en otro mundo, cuando yo le decía algo.

Una tarde de lluvia, sentados en el portal, mirábamos el agua correr por la zanja, junto a la acera, haciendo remolinos, allá, en el desagüe. De pronto dijo:

—Cómo me aburro…

Se levantó y dijo con una voz extraña:

—Se necesita recorrer muchos caminos, —hizo una pausa—muchos cuerpos para entender apenas algo...

Y se fue.

Desde entonces no he encontrado a nadie como él, que pueda mostrar a cualquier hora, bajo cualquier luz, de lejos, de cerca, de muy cerca.

Ya no me interesa jugar con mi túnel. Me aburre. Prefiero vigilar mi cuerpo, sus cambios. Cómo reacciona al tiempo, a los lugares, al sol, a la humedad, al frío. Prefiero vigilar a la gente: cómo se desgasta, se apagan sus ojos, sus gestos se vuelven duros, amargos, violentos.

Observo con mucha atención los colores, las igualdades, las intensidades, las mezclas, las terminaciones. Leonardo tenía razón: hay que fijarse en todo, ser muy cuidadoso. Hay que tener miedo de los que no tienen miedo.

 


Verónica Vega nació en La Habana en 1965. Es autora de la novela Aquí lo que hay es que irse, traducida al francés como Partir, un point c’est tout (Christian Bourgois, 2010). Este cuento aparece en la antología de cuentos eróticos de escritoras cubanas Alamar, te amo (Ediciones La Palma, Madrid, 2017).

Otros cuentos suyos. A casa, Desde la calle Cárdenas se ve el Capitolio, Yesterday y Detritus.