Viernes, 24 de Noviembre de 2017
14:13 CET.
Crítica

Devoraciones

Más que ensayos o reflexiones, Devoraciones. Ensayos de periodo especial, el más reciente libro de María Elena Blanco, es un libro de autobiografías.

Autobiografías y viajes.

Un libro que quiere pensarse a la misma vez que la autora se desplaza por diferentes lugares y nos va mostrando ese espacio distópico donde uno (yo, nadie…) ha estudiado o vivido.

Donde se construye el afecto.

De ahí que en este libro avancemos por varias ciudades (intensas, extensas, privadas…), y encontremos a María Elena Blanco lo mismo en Matanzas que en Nairobi, en Santiago de Chile o La Habana.

Subiendo y bajando escaleras, como aquellas que había que escalar para llegar a la azotea de Reina, en medio de Centro Habana (un día alguien tendrá que pensar a todos los habitantes de la Isla como muñequitos de Escher atrapados en un subebaja constante).

O andando y desandando por una especie de Chile utópico…

Donde se intentó, al igual que en la Praga anterior al aplastamiento soviético, construir "otra cosa". Un espacio donde no cabía el despotismo castrista (ahora sabemos que precisamente la revolución cubana miraba aquel experimento chileno con muy malos ojos) ni otra vía donde no fueran posible elecciones ni eso que los demagogos aún llaman la "voz del pueblo".

Es decir, todo lo contrario de lo que Fidel, el Che y la izquierda más agraria de los setentas soñaban para el mundo.

Encontramos a María Elena observando paisajes y carreteras en la cartografía masái (este "Sueño cubano en África" en Devoraciones podría leerse como un comentario político-delirante a la inmensa novela de la baronesa Blixen) y conversando con Alfredo Zaldívar y todos los que en su momento, desde finales de los 80, hicieron posible la maquinaria Vigía.

Una editorial que, a diferencia de otras que no paran de quejarse, era toda calidad e inteligencia. Cero dinero.

La encontramos de la mano de Cintio Vitier, regresando al evento Orígenes, aquel encuentro que por suerte se les salió de control a los segurosos e hizo posible que escritores como Ponte, Pedro Marqués de ArmasDamaris CalderónRolando Sánchez Mejías pudieran instaurar, en un país hasta ese momento tan poco acostumbrado a la disonancia pública, su lectura otra.

Una lectura lejos de la cápsula teleológica donde el último Vitier, por desgracia, encerró una obra tan esquiza y fronteriza como la de Lezama Lima ―a este coloquio, por ejemplo, no se invitó siquiera a alguien tan importante para la literatura cubana como Lorenzo García Vega―. Y lejos de todo nacionalismo, de todo blablablá patriótico.

(Son interesantes esos momentos en el libro donde María Elena Blanco apunta cómo Cintio empieza a no responder y a irse por las ramas, a tartamudear de música en vez de hablar de poesía o literatura o hambre o contexto…)

La encontramos en medio del Periodo Especial. Asfixiada casi, sudando. Intentando entender esa aberración que dominó a Cuba en los 90 ―y aún, bajo otra fase, persiste en la Isla―, trazando diferencias entre el Apátrida, así se llama irónicamente a sí misma por haber salido de Cuba en febrero de 1961, y el Famélico, ese a medio camino entre la ruinología y el arruinamiento (es decir, entre lo que se desploma y la nada), que fue en lo que al final se convirtió el Hombre Nuevo Cubano.

"Hoy me doy cuenta de que ese periodo especial en tiempo de paz (…) fue para mí el periodo especial de mi exilio, coincidentemente insertado en el punto de inflexión de mi vida adulta, y mi deriva ensayística de esos años fue mi forma de sublimar (…) la carencia y el deseo de Cuba…”

La encontramos en París, fascinada por el estructuralismo y, a pesar de que no lo dice, me la imagino asistiendo a las clases de Louis Althusser, pope de la rue d’Ulm, descubriendo junto a este eso que el autor de El porvenir es largo llamaba "el continente historia descubierto por Marx".

Y me la imagino, aunque esto sí lo dice, asistiendo a los seminarios de Barthes, Goldman y Marcuse. Charlando y discutiendo con ellos. Enseñándoles cómo en el fondo de toda teoría lo que resuena de verdad, para goce de toda "ciencia", es la flautica china, como le gustaba decir a Sarduy, burlándose un poco de todo y a la vez resignificando ese todo, sacándole brillo.

(Flautica china sin la que las orquestas cubanas no fueran lo que hoy son.)

Me la imagino, y de tanto imaginármela la veo hasta intercambiando un té con algunos de nosotros en aquellos horribles 90, inscribiendo una de las definiciones sobre lo cubano que más me gustan: "lo cubano es no estar de acuerdo".

¿No es precisamente ese no estar de acuerdo, esa tortilla siempre al revés tan característica del malsein cubano y que muchas veces es solo decir no para decir no y jugar con el no y de paso reafirmar una presencia (la presencia del No, como bien sabían los personajes de Piñera), la primera enmienda que debería dignificar todo intelectual, ese francotirador como escribía en magnífico ensayo Edward Said?

Devoraciones es la manera de decir no de María Elena Blanco y a la vez su manera de decir sí, yo estuve ahí, yo vi, yo respiré, yo me equivoqué, yo viví, yo bailé alguna vez el Son de la loma

Una autobiografía, como les decía al principio.

Ni más ni menos.

Una biografía que se auto-devora.

Un trip.


Este texto fue leído en la presentación de Devoraciones. Ensayos de periodo especial (Almenara, Leiden, 2016), de María Elena Blanco, en el Instituto Cervantes de Viena, el 23 de octubre de 2017.

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