Martes, 26 de Septiembre de 2017
23:07 CEST.
Crítica

El libro de Connie: 'La vida de nosotros'

Todos los cubanos exiliados conocen, o deberían conocer, el Archivo de Connie: una mina de informaciones sobre los primeros años de la revolución, el periodo más "romántico" del castrismo triunfante.

Entre los documentos del Archivo, figuran dos números de la "Edición de la Libertad" de la revista Bohemia de enero de 1959 (aquellos de las fotos de los fusilamientos y de los "20.000 muertos" de Batista: algunos se lo siguen creyendo). También las fotos de la visita de la "pareja" de filósofos franceses Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir en marzo-abril de 1960 y de su reunión con periodistas y escritores cubanos, muchos de ellos desterrados en años posteriores. Y recortes de prensa sobre las UMAP, entre ellos una portada del diario El Mundo (cerrado luego) de abril de 1966, que precisa que fue Fidel en persona quien le puso el nombre: ¡cuánta imaginación tenía!

Ese archivo, sin embargo, no es solo histórico, sino también personal. Es el reflejo del itinerario de una muchachita norteamericana (una gringa) desde el entusiasmo revolucionario a la desilusión y a la crítica.

Connie no se llamaba así cuando nació, sino Cornelia. Y tampoco era norteamericana sino alemana. Ahora firma una maravillosa novela ilustrada, Adiós mi Habana, bajo otro nombre, Anna, y el apellido que le dio su padrastro, Veltfort. Una novela porque en estos "muñequitos", como dice en buen cubano Antonio José Ponte en su prólogo, no hay superhéroes ni los ingredientes clásicos de ese género. Por supuesto, Anna Veltfort debe tener como modelo a Maus, de Art Spiegelman (Isel Rivero subraya esa filiación en la contraportada), pero no hay aquí ni ratones buenos ni gatos malos. Simplemente seres humanos marginalizados y/o perseguidos por revolucionarios ejemplares.

La autora reivindica también la influencia del escritor decimonónico alemán Wilhelm Busch, dibujante como ella, y el sencillo y emotivo trazo de Antoine de Saint-Exupéry en su Petit Prince, recientemente revisitado por el dibujante y narrador francés Joann Sfar.

Son el padrastro americano de Connie, Ted, y su madre alemana, Lenore, ambos comunistas, quienes decidieron ir a Cuba para participar en el proceso revolucionario. Nunca se desilusionarán. Connie sí. Pero no lo muestra. El libro no es la historia de un desencanto, simplemente la descripción del transcurrir de la vida, marcada por las etapas fundamentales de adhesión y de represión, que se suceden unas a otras, y de los amores de la muchacha, quien descubre que es lesbiana desde su adolescencia, en un cine, con Maritza.

Después vendrán Mónica y, sobre todo, Martugenia. Esta última murió exilada en México en 2015. Probablemente haya sido su muerte la que empujó a Anna Veltfort a escribir este recuento, que es también una historia de amor y de amistad. Las muchachas lo apuntaban todo, sus diarios y los recortes de prensa en torno a los acontecimientos más importantes, o lo guardaban almacenado en la memoria. La autora también conservó un fabuloso recuerdo visual, desde aquel día de febrero de 1962 en que el barco de ida entró en la bahía de La Habana hasta el verano de 1972 en que otro barco, desde esa misma bahía, se la llevó para el Norte, sin esperanza de regreso. Diez años que cambiaron su vida.

Adiós mi Habana es a la vez un libro de historia y una visión cinematográfica, así como la crónica de una iniciación, política, sentimental, sexual. Pero Anna Veltfort habla también de nuestra Habana y de nuestra vida, la de todos nosotros. Pío E. Serrano, el editor del libro, antiguo compañero de la autora en la Universidad, me escribía que todos los que lo habían leídoreconocían allí parte de su existencia. Esa es una de sus mayores cualidades: sus personajes han participado en lo que creían ser una aventura emancipadora, casi libertaria. Hasta que los fue golpeando, uno a uno, poco a poco.

Connie se deja llevar por los acontecimientos, algo ingenua, como tantos. Pero tiene miedo. Fue lo que más me golpeó en este libro: el miedo pánico a las denuncias, por esa orientación sexual que no era del agrado de la revolución. Como en la escena en que Connie y Martugenia se dejan llevar por una sensación de libertad nocturna en el Malecón y son agredidas por dos hombres que pasaban en un carro. Todos son detenidos por la policía pero al final son ellas las que tendrán que enfrentarse a un proceso sin fin por su "conducta impropia" frente a las autoridades judiciales y universitarias. Recuerda lo que pasó con Reinaldo Arenas: los inocentes se vuelven culpables ante los ojos de la moral comunista.

Anna Veltfort se extiende en su libro sobre la visita a Cuba del poeta beatnik Allen Ginsberg en 1966 y sus relaciones con los jóvenes integrantes del grupo El Puente, quienes, a raíz de ese encuentro, fueron brutalmente condenados al silencio, siendo el director de esas ediciones que quisieron ser independientes, el tan añorado José Mario, muerto en exilio en Madrid en 2002, enviado a la UMAP.

La gringa Connie no tiene ningún estatuto privilegiado en esa historia. Es objeto de vigilancia y de delación permanentes, como todos los demás, por parte de los represores mayores, entre los que figurarán Luis Pavón, "Papito" Serguera, quien fuera anteriormente uno de los principales responsables, junto con el "Che" Guevara, de los fusilamientos en La Cabaña, y Armando Quesada, los que impusieron en los años 70 una chapa de plomo sobre la cultura de la Isla, ya duramente golpeada por la autocrítica impuesta a Heberto Padilla.

Esos acontecimientos, y otros como la Crisis de los Misiles de octubre de 1962, el fusilamiento de "Marquitos" en 1964, el proceso de la microfracción en 1968 o la Zafra de los Diez Millones en 1970, son los que ritman la vida de Connie. Sin embargo, junto con su amiga, pretende continuar seguir siendo revolucionaria, como lo refleja este diálogo:

"—¿Y todavía podremos ser revolucionarias?

—Sí, es algo que no nos podrán quitar."

¿Por qué? La autora no ofrece respuesta. Sin duda para no traicionar sus ideales, sin darse cuenta de que sus sueños podían conducir a la barbarie, incluso contra ellas. Más tarde, lejos de Cuba, la joven americana educada en Cuba empezará a atar cabos y a sacar el triste balance de lo que era el castrismo, sin indulgencia pero con la nostalgia de esos intensos años en que ella también quiso cambiar el mundo o, por lo menos, la sociedad en que vivía. De esas ilusiones no salió indemne.

Adiós mi Habana es un objeto literario inusual, con unos dibujos lo más apegados posible al recuerdo de la realidad, un poema lírico y amargo a la vez, una indagación en los sentimientos más ocultos a la vez que una exposición implacable de la verdad histórica y de la mentira ideológica. Nosotros no tenemos una película como La vida de los otros, que desbarata como ninguna otra el terror inherente a la antigua República Democrática Alemana. Pero de ahora en adelante tenemos el libro de Connie. Una obra indispensable para las generaciones actuales y futuras de cubanos libres, en la Isla o en el exilio.


Anna Veltfort, Adiós mi Habana. Las memorias de una gringa y su tiempo en los años revolucionarios de la década de los 60 (Verbum, Madrid, 2017).

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Comentarios [ 3 ]

Imagen de Anónimo

Buena reseña crítica. Solo un detalle, ese libro Connie lo empezó a escribir y dibujar en vida de Marta Eugenia, mediante constante intercambio de mensajes entre ambas. Cuando Marta murió ya estaba prácticamente terminado.Pienso que no hay que ofrecer consideraciones especiales sobre la frustración ante el proceso cubano, cuando Connie decide irse de Cuba y así lo muestra en su libro. Ese medio, el de las historietas, no creo que además permita mucho más. Por otra parte, la frustración ante el proceso cubano no puede vivirse igual entre un cubano y una extranjera como Connie.Es pedirle peras al olmo. Pienso también que se puede ser "revolucionario" rompiendo con ese régimen e intentando cambiar la vida para mejor en otrta parte.  

Imagen de Anónimo

Complejos los seres humanos, algunas amistades, los archivos (siempre atractivos para descubrir un sinfin de cosas) y las novelas, que siempre son ficciones y que recrean realidades también personales. La novela de Connie no la he leído -sólo he visto imágenes publicadas en diversos sitios y partes de la misma-, pero el archivo de Connie en cambio, y los comentarios que acompañan a algunos documentos y fotografías presentes allí, sí que son fabulosos. Me parece como al comentarista anterior que Connie no acabó de calar del todo en aquello (dictadura cubana) o no quiso calar más, por razones también muy personales y se entiende, aunque hubiera preferido que entrarse más en el Infierno que fue y es el comunismo cubano desde 1959. En Connie se ven los límites con que cuenta su verdad, y eso le permite y ella lo sabe, mantener ilusiones (¿perdidas como las de Balzac?), amistades, placeres, lugares y lo que a ella le parezca. A pesar de ello, su archivo sí que en muchos casos es una joya, y cuánta mezquindad aparece descubierta allí, y al mismo tiempo: cuanta riqueza de todo tipo, incluso humana.

Imagen de Anónimo

Conocía a Connie a mediados de los 60 en La Habana. Dulce, callada y estudiosa. Y americana. Su experiencia es parecida a los algunos hijos de "repatriados" que acabaron por regresar a EEUU, incluso cuando el Mariel. Pero hasta ahí. Ella proviene de otro universo. Pudiera haber plasmado su decepción, pero parece que no lo hizo. Es difícil hacer eso. Ni siquiera Koestler lo logra del todo. En el fondo, siempre queda aquello. Un amorcito por la doctrina buenista. Aquello de "pudo hacerse bien". Pero sin duda ha de ser una obra importante.

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