Martes, 11 de Diciembre de 2018
Última actualización: 14:19 CET
Crítica

La doxa del Malecón

Malecón de La Habana. (ELNUEVOPAIS)

Opinar, predecir, filosofar… todo está permitido —y hasta da glamour— si de Cuba se trata. Con los reflectores encendidos tras el acercamiento de 2014 entre Barack Obama y Raúl Castro, la marea de periodistas, celebrities, académicos y cabilderos se desparramó por las bombardeadas calles habaneras.

Listos para tomar el pulso de "los cambios en la Isla". Lástima que, en su frenesí, olvidaran más de lo aconsejable auscultar el latir de esos millones de cubanos, atrapados entre la nada cotidiana y el muro del Malecón.

Es ante todo ese día un día pesado, invisible, polícromo y esquizoide el que retrata el (aún) veinteañero Carlos Manuel Álvarez, autor de La tribu. Retratos de Cuba. Recién publicado por la también joven (y exquisita) editorial Sexto Piso, el volumen reúne crónicas sobre los personajes que pueblan la nación cubana; entendida —y extendida— como una comunidad gelatinosa y discontinua por playas caribeñas y selvas centroamericanas, entre ruinas habaneras y rincones de la globalización. El libro atrapa con su estilo, a la vez, fluido y poderoso. Que supera —por muchas razones— a las gastadas narrativas del realismo sucio y los cansancios históricos, a las herejías administradas del campo cultural criollo.

Como toda obra, La tribu… pega al lector con lo que le es cercano, con sus recuerdos y obsesiones. Las imágenes de jóvenes universitarios filosofando en el muro del Malecón, entre vendedoras de fiambres y parejas con calentura (pre)coital, me retrotrajo a ingenuas tertulias; sostenidas con gente que hoy, en la distancia, me reservan variables dosis de indiferencia, aversión o cariño. Los temores, sueños y circunstancias de cubanos transhumantes que atraviesan selvas para llegar al Yuma, nos interpelan sobre el daño causado por un gobierno capaz de secuestrar a sus ciudadanos la idea de cambio y esperanza, al menos dentro del terruño natal. Las confesiones del último poeta revolucionario y del primer internacionalista por cuenta propia, dan al libro un toque de valor, homenaje y honestidad ausentes en la obra de algunos contemporáneos del autor. Quienes parecen trocar, en plena explosión de brillantez juvenil, civismo por cinismo.

Esta columna, no obstante, no es altar para adoraciones. Echo de menos en el libro un análisis más ponderado de las diferencias que, allende las analogías discursivas, separan al Miami gusano de La Habana fidelista. Y una mirada algo compasiva de las duras circunstancias que han llevado a la vapuleada oposición insular a ser lo que es… y no lo que, quienes no corremos su suerte, quisiéramos que fuera. También sobre lo que sienten esos ancianos —nuestros padres y abuelos— veneradores de la Revolución. Probablemente no tenga el autor que hacerme caso, so pena de trastocar su magia literaria en panfleto político. Pero sospecho que el tiempo —incluido el transcurrido luego de la escritura de sus crónicas aquí reunidas— recuperarán aquellos y otros temas y perspectivas, para el siguiente libro.

Por ahora, atrapado por la prosa de Carlos Manuel —doxa sublime del Malecón habanero—, solo me queda invitar a todo el que pueda a que lea La tribu. Mientras, por segunda vez en este lluvioso fin de semana, me zambullo en sus 200 y pico de páginas, exorcizando mis demonios. Sin ponerme severo. Sin arroparme en la nostalgia. Sin echarme a llorar.


Carlos Manuel Álvarez Rodríguez, La tribu. Retratos de Cuba (Sexto Piso, México, 2017).

Este texto apareció en el diario mexicano La Razón. Se reproduce con autorización del autor.