Martes, 16 de Enero de 2018
21:44 CET.
Ensayo

Crítica náusea/ Peras al 'molmo'

 

Crítica náusea

 

La náusea es real, la he sentido ya por varios días pero he decidido no pensar en ella, la dejo que entre como ola y me arrastre con fuerza. Imagino de la náusea un exceso si la playa en Nueva Jersey no estuviese hoy helada y profesor amigo no viniera a oficina a preocuparse, e intentar en mí hacerlo, por mano con soga cortada, de escalera cayendo. Le llamo a la calma: "has nublado en idea este momento, pegajosa baba hunde tu intelecto. Si dicen que eres, en Shakespeare, portento, ¿cómo mera cortada en peregrinos pensamientos de inyecciones y potentes pomadas te aleja de perfecta ocasión de sentir de Romeo las manos heridas por sogas iguales escalando a Julieta? ¿Por qué ríes como tonto al ver tus bisnietos sin preguntarte ya sobre el horror que piensas es reír, por momentos? ¿Cómo vas luego, sin haberla de veras sentido, a hablar de la náusea en este congreso?".

Le acompaño y lo pierdo, camino la alfombra sin detenerme apenas en saludar a viejos y, como en mercado comprando pescado oteo lo que a hablar de la náusea trajo la Academia: llamados proustianos, joycianos sin dientes, melancólicos lentos pasean rimbaudianos. Qué dirán las ideas cuando lleguen alegres y vean a esta sarta de gordos verbosos comiendo meriendas y hablando casi siempre de Trump o de tenures, casi siempre con miedo, cruzando los dedos. ¡Cruzando los dedos! Y cuando preguntas si han leído la Biblia dicen: "solamente escogidos fragmentos", como ser cocinero y no haber ayudado a la cerda a dar luz a chanchitos pequeños que unos días más tarde vas a freír enteros, y apenas hay críticos que no tiemblen con eso, que no salgan corriendo con un poco de sangre, de algo externo y de público efecto que distrae del rumbo a más hondo elemento.

¿Cómo puedes sentir, si a lo que dijo un muerto prestas tanto aprecio, materia por siglos ya seca, no apesta, aséptico teorizas la náusea cual si tan solo fuese una idea, si la palabra escrito deriva de excreta, es deyección y muerte, aplastar con saña de la vida un momento? Nauseabundos tus días a desechos citando, cruel memoria en fiesta de gusanos, las ideas no juntan, como en acto de magia, las eras, viendo toros detrás de la cerca, si es más certero y puro leer vísceras que pedazos de mierda. Disecas rostros de escritores ahogados en tiempo, es tan fácil, tan frío de alma: no hay nadie para defenderse, mostrarte cuán torcido y corto es el hilo de tus pensamientos, el mismo que limpia tus dientes tan blancos, sonriendo. Esto es, después de todo, de carniceros un congreso, el cuchillo es la cita y el muerto es el muerto. Como cayendo viéndome se acerca mesera, le digo: "es la náusea rondando, no temas". Sustantivo inquieto parece asustarla, oigo que lo cambia para: "azúcar baja", y me como un dulce para complacerla. El mundo gira, delante solo veo montones de piernas, sostienen a críticos que a diario confunden la emoción personal con la idea, un mero accidente en camino de multiples flechas les llevan adonde, por siempre, del camino a la náusea se pierden.

 

 

Peras al molmo

 

No se le puede pedir peras al olmo, mucho menos al molmo, que existe en momento único: el del error al pronunciar lo dicho, puerta que invita a sutilezas y desvelos pues, de qué vale repetir lo mismo: ese olmo manoseado como Las meninas; ulteriores dedos del error perceptivo manosean la fibra musculosa donde se produce la sensación de arte, súbito agarran el rabo al perro del referido cuadro, lo cuelgan del olmo, y otra mano estimula del perro el pene, instándolo a que pida, a ladridos, perras: la materia fonética más cercana a la pera que podemos encontrar, y quién sabe si, perdido en traducciones, se produce un nuevo error que recupera un centro de palabras por fin congelando sentires.

Vienen a buscarme en la noche de Princeton, como cada año salgo con el grupo de colegas lingüistas en busca de peras, salimos del campus, no las compramos en los negocios indios, seguimos a las plantaciones y bajo luz de luna regresamos con las peras robadas al viejo olmo del campus. Los matemáticos traen algo con hilos, instrumentos antigravitacionales, casi mágicos, parecen las peras bajo el olmo flotar, ganando algo de tiempo para estudiar las marcas por donde fluirán los pensamientos asociados, e inferir con cuánta fuerza se hundirán en la cama del río. Se trata de medir lo mejor posible ese "mucho menos" dejado podrir en aquella frase: "mucho menos al molmo"; se trata de contemplar la insignificancia de nuestros esfuerzos de halar peras de un olmo, ante la increíble acción de extraerlas de un molmo; de contemplar sus continuas peras invisibles pudriéndose en nuestras manos y, si bien tal estado superior implica la derrota misma de nuestros propósitos, adquirimos podredumbres que, tal vez con la adecuada reflexión, haremos retoñar, hasta que el próximo año vuelva nuestro selecto grupo de profesores a reunirse bajo el olmo centenario; se trata de volver.

Pero este año los biólogos trajeron bajo el olmo centenario un injerto, para nuestro asombro, entre pera y olmo. Por muy práctico que parezca, con este acto científico se desestima la necesidad misma de nuestro ritual: la ciencia, en este caso, no hace más que contraer el tiempo de la experiencia, lo inutiliza sin remedio. Cuento todo esto porque hay un mundo interdisciplinario excitante ahí afuera, y un estadio en las percepciones que invita a no reivindicar el fenómeno aparente sino su desintegración paulatina; y mucho me apena ver a los críticos literarios en congresos como este, donde los escucho aferrarse a lo negro, lo blanco, lo latino, lo queer, lo feminista, como si fueran olmos dando las más dulces peras, como si ese mal sueño constituyese lo visible y no una muestra elocuente de la desintegración de sus percepciones en la mediocridad de olmos imaginados, como si la real manifestación de las cosas fuera una idea de la manifestación de las cosas y no la vital sensación de un molmo baboso e inquietante. Esto sería, inversamente, como defender la importancia del árbol de manzanas de donde cayó sobre Newton la fruta gravitatoria, cuando en verdad se trataba, ahí a la oculta vista de todos, de una pera caída de un molmo.

 


Dr. Antonio Bergamín (Barcelona, 1929). Profesor Emérito de Literaturas Comparadas en Princeton University. Ha publicado más de una docena de libros, entre ellos sus conocidos: Escribiendo con fiebre: arte y enfermedad, Lo contemporáneo produce monstruos, y De Blake a Redon, arte como pérdida de realidad. Su libro Tesis rechazadas tendrá próximamente una reedición por la editorial Fondo de Cultura Económica. Su ensayo sobre el curioso escritor cubano Grotesco apareció en La Habana Elegante.

Otro texto suyo: Viva La Bodeguita.

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