Domingo, 21 de Enero de 2018
22:34 CET.
Narrativa

Las señoras de Miramar y otras cubanas de buen ver

Allí la esperaba la tía. Estaba sentada en el portal, tomando el fresco con expresión aparentemente tranquila. Cuando la vio llegar, la mandó a entrar y le indicó un asiento en la sala. Siempre sin perder la compostura y el tono tranquilo, la tía le dijo a Nora que su esposo se lo había contado todo. Lo primero que quería decirle era que le había costado trabajo creerlo. ¿Cómo había podido valerse del abrigo y la hospitalidad que ella y su tío le habían brindado para venir a sonsacar a su hombre y poner en peligro un matrimonio tan estable como el suyo? ¿Comprendía, al menos, que lo que había hecho era terrible, que no podría jamás ser perdonada? Utilizar sus gracias naturales y sus artes de ramera para venir a conquistar a su marido allí en su propia casa… No, nunca la habría creído capaz. Estaba claro que esa era la juventud de la Revolución, y esa la "ciencia" que se aprendía en esas escuelas de hoy, la que le habían enseñado los muchachos con los que decía estar estudiando quién sabía dónde, incluido el delincuente ese de Roly.

Nora estaba anonadada, tan sorprendida por el giro que tomaban los acontecimientos, que ni siquiera podía sospechar adónde quería llegar la tía con su discurso. Entonces reparó en el hecho de que el tío no se encontraba en casa. Después de oír sus primeras palabras, Nora no imaginaba qué más podía añadir la tía, ni cómo explicarle lo que en realidad había ocurrido entre ella y su esposo. Sería por eso que dejó de escuchar. En lugar de hacerlo, pensó en las injusticias de la sociedad y la vida, en lo mucho que deben sufrir las mujeres, incluso desde niñas. Nora sintió cómo se le humedecían los ojos y cómo los sollozos pugnaban por subirle a la garganta y cortarle la respiración. Pero hizo un esfuerzo supremo y los contuvo. Del mismo modo logró contener las lágrimas, que no llegaron a asomarle al rostro.

—¿Me estás oyendo? —volvió a llegarle la voz de la tía, que se le había aproximado y la sacudía fuertemente del hombro. Ella asintió en silencio y volvió a escucharla, justamente para saber que al día siguiente la hermana de su padre pensaba hablar con un ginecólogo amigo suyo que trabajaba en el policlínico del pueblo. Después de eso le informaría cómo y cuándo irían juntas a Valle Hermoso para resolver definitivamente "aquello". Conocía muy bien al doctor Rosales y confiaba en que él la ayudaría a salir del problema en que la había metido su sobrina. Y a ella, Nora, quería llamarle muy seriamente la atención sobre tres cosas: en primera, podía sentirse tranquila, el asunto no trascendería, ella prometía guardar el secreto, de modo que nadie, ni su padre ni nadie, sabría del mal paso dado por su hija. Tampoco llevaría más tiempo que el que les tomara a las dos el viaje de ida y vuelta a Valle. En un día, gracias a Dios, se resolvería todo. Lo segundo que quería anunciarle era que le permitiría vivir en su casa las semanas restantes hasta el final del curso, que, por suerte, era el tercero y último de la secundaria básica; pero luego, ni un segundo más. En cuanto terminara el último examen se iría para donde sus padres y no volvería a poner su pie en aquella casa. Imaginaba que, si quería seguir estudiando, tendría que becarse en uno de esos institutos preuniversitarios que el Gobierno había construido y que inauguraban continuamente en las zonas rurales del municipio. Allí estaba su sitio, con la crápula de La Habana que estudiaba en aquel lugar, y no en el instituto de Valle Hermoso, yendo y viniendo diariamente, como hacían las muchachas decentes del pueblo. Porque con ella, con su tía, no podría contar. Se había hecho cargo de ella, le había otorgado su confianza, como si fuera la hija que nunca tuvo. Y ella, Nora, ¿cómo había respondido?, ¿con qué le había pagado? Así no se actuaba con una persona que le había dado abrigo y protección. Al menos en aquella casa no la quería ver más.

—No, muchacha, no. Aquí no te quiero más —repitió con énfasis—. Ah, y por último, que en estas semanas en que estés viviendo aquí no vuelvas a poner los ojos en mi esposo. Es lo único que te voy a pedir. Y espero que me lo concedas, si no como a la tía que en otros tiempos tuviste, sí en pago a todo esto que haré para sacarte del mierdero en que te has metido.

Como lo había prometido, la tía de Nora se encargó de hablar con el doctor Rosales, que trabajaba en el policlínico y que, según parecía, era realmente amigo suyo. A una hora en que ya había terminado con sus consultas del día, y cuando apenas se veía gente en los pasillos del policlínico, el hombre hizo pasar a Nora a una habitación verde y muy fría, le pidió desvestirse y ponerse una bata corta y también verde y la acostó en una especie de camilla, en donde le practicó un reconocimiento del que ella siempre había oído hablar como de una cosa extraña y lejana. Luego volvieron juntos adonde esperaba la tía y confirmó, siempre dirigiéndose a esta, que la niña tenía un embarazo de ocho semanas. Entonces escribió algo en un papel y le dijo a la mujer que debían presentarse en el hospital materno de Valle Hermoso el martes de la semana siguiente.

El día señalado Nora no fue a clase. Esa mañana cogió la guagua con la tía y, en el hospital regional materno en donde se desempeñaba como médico ginecólogo-obstetra y en el que solía hacer casi a diario varias operaciones de aquel tipo, el doctor Rosales sacó del vientre de la muchacha aquella cosa que amenazaba con estropear el matrimonio de la tía de Nora y quién sabía cuántas cosas más.

 


Antonio Álvarez Gil nació en Melena del Sur en 1947. Sus últimos libros publicados son Callejones de Arbat (Terranova Editores, Puerto Rico, 2012), Annika desnuda (Verbum, Madrid, 2015) y Las señoras de Miramar y otras cubanas de buen ver (Izana Editores, Madrid, 2016), al cual pertenece este fragmento.

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