Martes, 26 de Septiembre de 2017
02:31 CEST.
Narrativa

Bigelman

En la foto grisácea, corroída, oxidada por el tiempo, aparecen, alrededor de una mesa llena de botellas, cuatro hombres y tres mujeres, sobriamente (al menos eso parece) sentados. Al fondo mesas y más mesas, todas llenas de alcohol y sonrisas, indiferentes, en su mayoría, a la mirada indiscreta del fotógrafo que logró sorprender ese ínfimo instante de eternidad. El escenario es el de un cabaret de La Habana, allá por los años 40, insensible al ruido de las bombas y de la metralla que azotaban al viejo continente. Los hombres y las mujeres sonríen disciplinadamente, felices de estar vivos todavía.

Al lado derecho de la mesa, hay un hombre solo. Es el único en no estar acompañado por una de las mujeres, discretas, sonrientes, bellas, a la antigua. Su mujer, su esposa, no sale en la foto, se quedó sola, ella también, lejos de La Habana, en el continente sembrado por la guerra y la muerte, el centro desgraciado del mundo. Ella también es discreta, bella, a la antigua, muy parecida a las mujeres que aparecen sentadas alrededor de las mesas del cabaret.

El hombre solo es mi padre. La mujer ausente, perdida por algún rincón del centro del mundo, evidentemente es mi madre. Ella está ausente de esta historia porque cada uno tiene que recorrer su propio camino, de un continente a otro continente, desde la cuna hasta el cementerio. Mi madre había elegido quedarse allá, por valor inconsciente o por las circunstancias. Mi madre cree en los azares, sin explicaciones, como simples castillos que se construyen y se derrumban sin intervención de nadie. Pero ahora ella no está. Apenas su sombra. O tal vez aparezca en alguna de las miradas de las tres mujeres que permanecen sentadas alrededor de la mesa llena de botellas de vino y de Coca Cola y, seguramente, de ron.

Mi padre sonríe triste, forzado, pero sonríe, al fotógrafo invisible que ha captar, mecánicamente, otro trazo mágico de una ciudad ya desaparecida, que no es más que un recuerdo y un nombre apenas pronunciable. Al lado de mi padre, a su derecha, está Bigelman, un apellido que hasta hace poco solo conllevaba reminiscencias personales sin mucha importancia. Le coge la mano a su esposa, discretamente, encima de la mesa, aunque no la mira, ni ella a él, ella mira hacia ninguna parte, perdida en sus deseos, en otra vida no vivida. Frente a la cámara, colocado justo delante del objetivo, separado de él por la mesa y el mantel de la mesa, se encuentra el hermano de Bigelman, también con su esposa Loyna. Pero coño ¿cómo hacían las mujeres de esa época para lucir tan bellas? Y luego, algo más oculto por el cabello de Loyna, aparece la cara extrañamente pícara de mi tío, el hermano mayor de mi padre, a quién muchos años después llamaríamos el Tío Rico Mac Pato, por haber hecho fortuna en algún lugar de unas islas así llamadas pero que nunca fueron vírgenes, en la misma época en que Loyna, que aparece a su lado tan sonriente, le pegó un tiro que le atravesó todo el pecho porque tenía celos de otra belleza sonriente nacida, seguramente, en esa misma época.

Mi padre, su hermano, Bigelman, su hermano, las tres mujeres y la mesa del cabaret llena de botellas de todos los tamaños son ahora la única imagen que conservo de La Habana de los años y de mi padre, de su hermano y de los Bigelman en esos mismos años 40 y de mi padre. Pero antes de poder contemplar la foto, me tropecé con las palabras. Y mira que las palabras dan vueltas, como la gente, como mi padre y mi madre y los Bigelman, y también como sus hijos, y probablemente los nuestros, en un intento desesperado de llegar a la raíz, a la matriz primigenia, al centro real de nuestro íntimo universo.

Fue en una noche de verano, muy lejos de La Habana, en París. ¿Dónde más podría ser, si no? En una exposición, cosa clásica en París, y en otros lugares también, pero sobre todo en París. Esa noche me encontré con otro Bigelman, el hijo de su padre, el que sale en la foto junto con el mío. Naturalmente, empezamos a hablar. De cualquier cosa, no de nuestros padres. Entonces, de golpe, David —el hijo— me soltó que su viejo había conocido a mi viejo en otro lugar aún más lejano en la imaginación, otro lugar que no era ni La Habana ni París, sino Varsovia, donde habían nacido los dos. Resulta que nuestros respectivos viejos se conocían de allá desde cuando eran chiquiticos y que jugaban juntos en el mismo patio y que se fueron para el mismo país, Cuba, uno antes y otro después, antes de la guerra y después de la guerra, que no es lo mismo pero casi. Uno se hizo rico —Bigelman—, el otro siguió —mi padre—. Pero la cosa es que se volvieron a encontrar y que era la primera vez en tantos años que yo también me encontraba con alguien que hubiera conocido a mi padre y que hablara de él sin que le pareciera un desconocido, como a todos los demás. Me dieron ganas de llorar y de seguir hablando y de abrazar a David aunque lo conociera apenas, aunque jamás hubiera oído de él por mi familia, y de que me siguiera contando, cualquier cosa, de su padre y del mío, para arrebatarle la memoria a la muerte y al exilio, a todos los años perdidos y a todas las ciudades vividas sin dejar otras huellas que un simple reencuentro casual o una fotografía perdida en el fondo de un álbum que nadie nunca hojeaba a la vista de todos.

Porque da la casualidad, o el destino, que ese día mi madre se había puesto a mirar el álbum, movida por un luminoso impulso. Y a la luz de su impulso encontró la imagen de los cuatro hombres y de las tres mujeres sentados alrededor de una mesa en un cabaret de La Habana, sin ella, que llegaría mucho más tarde, sola, para juntarse, poco, a las fiestas improvisadas en restaurantes o en salas de fiestas. Y mi madre pensó: "Bigelman", y conservó la foto y la retuvo en su memoria para decirme que "¡Cómo no!", ¡cómo no se iba a acordar ella de Bigelman!, si en su tienda compraba ella sus trusas y, además, si él era amigo íntimo de mi padre, desde la infancia, y mucho más allá de la infancia, hasta la muerte, y mucho más allá de la muerte, por encima de las distancias, de las ciudades que los separaron y de varias generaciones que ya, irremediablemente, se tenían que haber olvidado.

Pero no nos olvidamos nada, no crean. O enseguida recordamos, inclusive, a veces, lugares y rostros desconocidos unos minutos antes y que, de repente, empiezan a cabalgar en la memoria como si siempre hubieran estado colocados allí, ocultos en el rincón más apartado, en un paisaje árido sin señas de identificación particulares, para cobrar vida al menor estímulo interno y echar a andar por su cuenta, mezclando lo ficticio y lo real en un mismo movimiento de la visión o de la escritura.

Las palabras de David Bigelman cumplieron a cabalidad con esa función, dando vuelo a la recreación de un tiempo inconcluso, lejano por los años pero presente, siempre presente, por pedazos, algunas palabras o una fotografía gastada, demasiado vieja para quedar intacta aunque conservada con amor a pesar de todas las pruebas y de todos los viajes, las huidas rápidas o preparadas de antemano, a pesar del tiempo. ¿A qué podían estar jugando mi padre y Bigelman en un patio de Varsovia cuando tenían 10, 11 o 12 años, antes de que estallara la guerra que los hizo volver a encontrarse una vez más, la última, en un cabaret de La Habana, allá por los años 40, celebrando alguna ocasión desconocida o la simple constatación de encontrarse todos vivos, por suerte o por milagro, con una que otra ausencia, fundamental? ¿Qué fue del destino de todos y de cada uno de ellos, cómo murieron, ricos o pobres, felices o no, en quién pensaron en el momento de su muerte, dónde les tocó pronunciar sus últimas palabras? ¿Cuáles fueron? Misterios absolutos que ya nadie logrará descifrar, porque todo se ha vuelto polvo y recuerdos, nada concreto, vaya.

Lo que queda son fragmentos, sonrisas sorprendidas en un instante de vida que nadie creía destinado a pasar a un semblante de posteridad. Lo que queda son huellas en el tiempo, jalones de aventuras truncas, demasiado personales para resultar ejemplares, y sin embargo lo son, porque son sentimientos, de dolor y de tristeza, ocultos tras la máscara de alegría momentánea que se adopta a veces cuando se está frente a la cámara fotográfica que no sorprende nada, ningún recuerdo, tan solo fija algo, poca cosa, toda la vida, en el recuerdo más inesperado.

Pero la sensación de unidad que da la foto no es más que un espejismo. Los destinos de cada uno de los cuatro hombres y de las tres mujeres que allí aparecen han sido divergentes. Cada uno cogió por un rumbo distinto, hacia una tierra desconocida o hacia una muerte personal. Unos se volvieron ricos, otros siguieron siendo pobres. Fue esa la principal barrera que vino a interponerse entre ellos y a separar los dos lados de la mesa con una barrera invisible que jamás hubiera tenido que ser, desde aquellos tiempos inmemoriales en que mi padre y Bigelman jugaban juntos en un patio de Varsovia (sí pero ¿cuál?) antes de lanzarse al trópico en un intento casi desesperado de recrear, en tiempos de guerra, un poco de la felicidad original.

Después el tiempo los fue separando. El tiempo y la revolución, inimaginable en aquel paraíso tropical hecho de música, de botellas vacías, de mujeres más o menos fieles que, seguramente, ya no existen más, sino en la memoria de algún que otro fotógrafo que ha sabido plagar esos instantes de eternidad.

Según parece, Bigelman era rico, muy rico, no en los tiempos de Varsovia sino en los tiempos de La Habana. En Varsovia no era rico ni pobre, era niño. Fue más tarde cuando empezó a crecer su fortuna y entonces se podía permitir llevar a sus amigos, fueran ricos o pobres, al cabaret. Su riqueza no fue línea divisoria entre él y mi padre, por lo menos no en la memoria. Durante años, en la tienda de la calle Muralla, mi padre trabajó para él. O, mejor dicho, se recorrió palmo a palmo todos los rincones de la Isla para vender la ropa de Bigelman. Mi padre veía la miseria y la riqueza, y contaba una y otra cuando volvía de sus viajes, sin omitir detalles de las ciudades y del campo. Siempre decía que algo estaba ocurriendo, que algo tenía que ocurrir, lejos de La Habana, allá en las estribaciones del monte que repercutían el ruido de la metralla desde algún tiempo atrás. Hasta que llegó enero y las líneas divisorias tomaron otro matiz, un cariz más violento, acompañado del fuego de la intolerancia, que duró años, y aún hoy sigue ardiendo. Toda revolución acentúa las heridas secretas. Ahora, en la memoria transmitida de generación en generación, la línea divisoria ya no existe más. Los rostros se confunden unos con otros, hasta formar uno solo, el de una época ya desaparecida, y todas las riquezas y todas las miserias vuelven a ser lo que son, perecederas.

Lo que perdura es la memoria de la pobre gente, de la gente sin nombre, de los que carecen de imagen, siendo la fotografía su único recurso contra el olvido y el tiempo. Pero su imagen seguirá siendo borrosa, rescatada del polvo por unas cuantas palabras, pocas, las estrictamente necesarias. Palabras arrancadas al destino, palabras que dudan, que solo pueden revelar lo que saben, lo que han oído al pasar, puros fragmentos de una vida que ya no es, de varias vidas que ya no son, pero que ahora se cruzan, imperfectas, truncas, a través de las generaciones, en un encuentro fortuito en la exposición de un muerto en la galerie du Dragon en París, un día de julio de 1990, casi 50 años después de los hechos, es decir después de la foto tomada en un cabaret de La Habana, lejos de la guerra, pero con la guerra presente a lo lejos, en algún detalle imperceptible de las miradas. Medio siglo no es tan largo, los años no pasan, vuelan, de un padre a su hijo, de una ciudad a otra, de un continente nuevo a otro viejo o al revés. Pero siguen siendo los mismos hombres con la misma tragedia, y nosotros también, forjados a su imagen más allá de nuestra propia voluntad, a pesar de las resistencias que algún día tuvimos, no queriendo parecernos a nuestros padres, no queriendo ser otra cosa que nosotros mismos, sin saber que ahí no hay quien se escape, que de La Habana a Varsovia o de Varsovia a París, es un único viaje, siempre el mismo, y que el punto clave está situado en un lugar desconocido de alguna de esas tres ciudades, y que ya lo estoy viendo, ya sé dónde está el origen, que no es un sitio preciso ni un momento delimitado, sino el día o la hora o la orden de mando que dio inicio a la persecución, a la huida constante, a ese deambular de una ciudad a otra, conservando en cada una fragmentos de la anterior, para que nosotros pudiéramos, con mucha obstinación, recomponer el rompecabezas que nos quisieron arrebatar, reconstruyendo, desde dentro de las ruinas, la imagen primordial, la que ninguna foto nos puede volver a dar, y construir con lo que nos queda de imaginación los primeros pasos, las primeras risas y los posteriores llantos, dando origen a la peor, la más absurda, de las tragicomedias de la Historia: el siglo XX.


Este relato forma parte del libro El año próximo en... La Habana (2001).

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