Martes, 25 de Abril de 2017
01:58 CEST.
Narrativa

De 'Cuaderno del Bag Boy'

El Publix es el supermercado donde, conduciendo un carrito, trabaja. Es un bag boy. En el Publix las muchachas cajeras, y también el público, le han hecho sentir que es un viejo. Es el viejo que lleva un carrito. Pero, además, en el Publix hay televisores que recogen el ir y venir de los parroquianos; televisores como una mirada. La identidad cuestionada..., lo relacionado con la senectud. Por lo que, de una manera que no se sabe cómo explicarla, se enreda todo como piezas de un caleidoscopio. Cristalitos se fijan, hasta ser viejo conduciendo un carrito. O cristalitos se fijan, idénticos a la mirada del televisor de un supermercado. O cristalitos como el dramático lenguaje de una identidad. O etc., etc.

Día nublado. Amenaza de tronadas. Ya está esperando su hora de llegada al Publix. Son las 11 de la mañana, y a la 1 de la tarde tendrá que estar en el supermercado. Ahora, al igual que ayer, está sentado en el comedor, frente a la puerta de cristales que da al patio. Pero ahora el paisaje del patio tiene la misma coloración que hay cuando va a llover: lo gris nublado. Y ¿por qué lo aterroriza ese color? Siempre se ha acobardado ante la proximidad de la lluvia. Se trata de un terror que se ha adherido a su pensamiento, se trata de un terror pegado a las imágenes que tengan que ver con la lluvia.

Mirar sus manos, tocar la madera de la mesa del comedor. Esperar su turno —de una a seis— en el supermercado. Los días van como encapsulados: esperar el tiempo del supermercado, cumplir con el turno del supermercado.

Lluvia pegada al pensamiento. Eso es lo peor. Miedo adherido al pensamiento, temor pegado a las imágenes. También como si la mirada estuviera llena de terrores.

¿Qué más? ¿Qué más? ¿Qué más hay? Más... que... hay... nada. Pensamiento que gira, se envuelve a su girar, pero el miedo está ahí.

Miedo al coco. Miedo al agua. Miedo a cierta calidad de la luz. Miedo —a veces— a todo. Miedo al miedo. Pensamiento que puede ser solo miedo. Se viste frente al espejo nublado, espejo nublado por el día lluvioso. La camisa, el delantal: lo que le exigen que vista cuando conduce el carrito del Publix.

Un viejo dice ser el hermano de uno que fue vicepresidente de la República de Cuba. Entonces el viejo, después de sentarse en una silla plástica que hay en el Publix, se queda dormido. Él pasa con su carrito, frente al viejo, y comprueba que este duerme tranquilamente. También la mirada del conductor de carritos comprueba, al detenerse en la piel de la cara del viejo dormido, que esa piel está llena de manchones. Son las tres de la tarde. La música indirecta del supermercado, la música casi subliminal, es una pieza de jazz, pero casi no se la puede oír. Después, se llega a saber que el que fue vicepresidente de la República no tiene ningún hermano vivo, así que el viejo que duerme la siesta en el Publix es un mitómano.

Decía Keats: "Los poetas no tienen identidad".

Decía Rilke que la música era la respiración de las estatuas, pero como en el Publix no hay estatuas, no hay, por tanto, respiración de las estatuas. Sin embargo, eso sí, en el Publix hay una música indirecta, una musiquita sublimada o tamizada, que bien pudiera sostener una respiración. Pero ¿de qué respiración se trata? Pues no, por supuesto, de la respiración de las estatuas, pero sí de lo que pudiera ser considerado como el similor de las estatuas: o sea, de las estatuas de consumo: o sea, de los objetos pop.

Lo pasó, ese mediodía horriblemente caluroso y húmedo (había 94 grados), cruzando la zona del parqueo con su carrito. Así que era la sequedad, lo restregado por el horrible calor, provocando que su pensamiento reaccionara frente al espantoso estímulo. Podría parecer que se iba a desprender del olvido, pero que no iba a zafarse del olvido. Y, en realidad, ¿qué era? Pudiera ser como un fragmento de lenguaje que, ante el calor y la humedad, estuviera a punto de manifestarse. Pero...

O sea, podría semejarse a ese "nítido insecto rasca sequedades" de que hablaba Valéry. O como que solo se entreviera. Fragmento de lenguaje. Fragmento de discurso / lo que ser podría como péndulo que rozara lo intacto de una superficie. Pero, ¿la verdad será así? No se sabe, nada puede afirmarse sobre eso.

Caminaba con su carrito; el sol era el tatuaje; el sol era la sombra. Tatuado de su olvido, o mancha. De su olvido. Calor espantoso, repito, con olvido que quizás tenía que ver con la textualidad de un péndulo (fragmento de un texto de Sade, comentado por Barthes, deliraba). Pero ¡basta! Bastaba para él.

Bastaba. No era conveniente, para él, hacer literatura con lo que, por no poder zafarse del olvido, no lograría hacerse visible. Así que él, por lo tanto, solo quedó siendo el que llevaba el carrito por el mediodía.

Pero hay que añadir que también sucedió lo insólito. Pues en aquel, como arenal, que bien podía fingir lo caluroso de la zona del parqueo, insólitamente irrumpió el escándalo de una música rock. El escándalo debe haber sido motivado por la bocina, por alguna bocina, situada en algún camión del parqueo.

Pero lo increíble no fue esto, sino el hecho de que, junto a lo insólito de esa música rock en el arenal de un paseo, vio él un enorme tráiler blanco y verde (los colores del Publix) con este pintado letrero

THE PUBLIX SPIRIT

¿Qué significaba eso? El pensó (¡delirante que el discurso puede ser!) hasta en la jirafa envuelta en llamas que..., pero esto hasta que, luego, se enteró que el tráiler, "The Publix Spirit", contenía las computadoras que habrían de sustituir a las envejecidas máquinas que hasta ahora utilizaban las cajeras.

(Es de notar que, frente a todo lo que se acaba de decir, había un enorme globo, multicolor, encima de una de las azoteas del Centro Comercial donde está el Publix.)

Después, momentos después de salir del trabajo, y cuando esperaba la guagua dentro de un horno de asfixiante calor, en la acera se encontró con la vieja Araceli Forné, una maestra pinareña (pinareña es la habitante de Pinar del Río, una provincia de una isla) que siempre se sienta en una silla plástica, vecina a la que ocupa el que dice ser hermano del vicepresidente de la República de Cuba.

Araceli camina con la ayuda de su burrito rodante.

—¿Cómo se siente? —le preguntó él.

—¿Cómo me voy a sentir? —contestó Araceli—. Voy para la horrible cueva donde vivo. ¡Qué remedio! Tengo una hija que vive cerca del home para viejos donde estoy, pero mi hija, por estar tremendamente enferma del ánima, no puede visitarme. ¿Se da usted cuenta, señor? Así que, como agonizo, lo único con que cuento para aliviar mi terrible soledad, es el Publix.

"Discurso del kitsch pop", se dijo él, después que la vieja, con su burrito, siguió su camino. Pero, ¿se podría llegar a saber cómo, ese discurso kitsch, pudiera empatarse con ese otro discurso de la arena del parqueo que el olvido no deja descubrir? En la Playa Albina hay demasiado calor para averiguar estas cuestiones.

 


Lorenzo García Vega nació en Jagüey Grande, Matanzas, en 1926 y falleció en Miami, en 2012. Sus últimos libros publicados son Erogando trizas donde gotas de lo vario pinto (La Palma, Madrid, 2011), El cristal que se desdobla (Diario) (Amargord Ediciones, Madrid, 2016) y Cuaderno del Bag Boy (Casa Vacía, Richmond, Virginia, 2016), al que pertenece este fragmento.

Más narrativa suya: El hotel vacío, Derrida al agua, Empinando el coronel y otros dos cuentos inéditos.

Michael H. Miranda reseña Cuaderno del Bag Boy.