Sábado, 25 de Marzo de 2017
01:33 CET.
Narrativa

Muerte por bronce

Fui a ver. Estaba hecho. Mató a Ruth sin querer. Cuando llamó, a las 3:33 de la mañana y, entre sollozos, balbució que había sido sin querer, le canté la otra parte, "es caprichoso el azar", pensando que había abusado del tequila y de lo que tú sabes y que tal vez eso interrumpiría su glosolalia, para después cagarme en su madre. La duración de su lamento, que iba más allá de los límites que los hombres saben dura una sola payasada, me convenció. Tuve que ir. Fui a ver. Estaba hecho.

Nada, que a Ruth le habían atacado los celos otra vez, se armó lío, mi amigo (Marcus, Jr.; Brooklyn, 1974-Miami, 2017) la mandó al carajo, ella buscó un cuchillo en la cocina (donde uno los busca y no en otros sitios, así como el hielo lo guardamos en el congelador, no en la gaveta de las medias). Era un cuchillo minimalista que ahorraba árboles del Amazonas en el cabo, que era una continuación metálica de sí pero sin filo, una belleza de cuchillo con en el que piqué mucha cebolla morada para ellos en días felices. Luis Soler, un amigo común, lo había afilado con disciplina en la noche, pocas horas antes, para cortar carnes frente a Marjorie, otra amiga común, también poco común, carnes para ella que también disfrutó el resto de los invitados, aquella fue una fiesta, fui testigo.

—Venía con todo. Mi instinto natural fue esquivar el machetín, Pav, y entonces le puse una zancadilla, perdió el equilibrio y se dio en la cabeza con el Lenin de bronce —me dijo al llegar, después que le tomé el pulso a Ruth y pulso no había, solo el que le había regalado yo años antes, cuando tuvimos aventura en Aventura, y tampoco significaba ya vida alguna, futuro, posibilidad.

—¿Qué Lenin de bronce? ¿De qué hablas? ¿Dónde está?

Marcus, Jr. (Brooklyn, 1974-Miami, 2017) rompió a llorar. Esto logré entenderle:

—Tú y Suzanne se fueron temprano porque te volvió a dar la pálida. Luis Soler le tenía un Lenin de bronce a Marjorie de sorpresa para entregárselo al final de la noche. Marjorie, que estaba super pasada de tequila y había fumado más de la cuenta, también tuvo la pálida y se quedó dormida en el sofá. Y él, antes de irse de último y mirar hacia al sofá con melancolía, con cierto empingue, le regaló en despecho el Lenin de bronce a Ruth y ella lo puso junto a la puerta del balcón, "qué lindo, un Lenin de bronce, qué estético…"

—¿Dónde pinga está el Lenin de bronce?

—Me puse nervioso, tenía sangre, no mucha, Ruth no sangró casi, y lo tiré. Está cinco pisos abajo, en la basura grande.

—Sé que vivían en un quinto piso, Marcus.

—¿Vivían? —dijo él, y lo dejé con la palabra en la boca.

Bajé mil escaleras, no tienen cámaras, el elevador tiene un ojo que te ve, y evité los ángulos desfavorables de la única cámara que hay en el cuarto de "la basura grande". Recogí lo que buscaba, agarrándolo con bolsas plásticas en ambas manos, y en una tercera lo metí y subí.

Mi amigo estaba tratando de despertar inútilmente a Ruth. Pasé casi sobre ellos y puse el Lenin de bronce en el pequeño pedestal junto a la puerta del balcón, donde antes había estado un búcaro con tres girasoles, sin remover la mancha de sangre de su frente dorada con el papel toalla húmedo que había para eso antes de cambiar de idea. Vi el cuchillo tirado sobre la alfombra, lo agarré y lo clavé vía espalda en el joven corazón de mi ex-amigo, que no tuvo tiempo de mirarme con perplejidad.

—¿Ves que me la pagaste? —dije, y solo yo pude escuchar esas palabras, que lograron cubrir el solo "Ay" de Marcus, a quien ya conoces y de quien no hay más nada que decir.

Luego hice lo normal, lo de las películas: abrir una cerveza, encender un Camel, echarme un shot de Don Julio añejo, dos, buscar el resto de la cocaína (Ruth siempre tenía mucho y bastante "escondido" en closet muy popular), hacerme unas buenas líneas, y pensar o hacerme el pensativo: era mi propio actor. Estaba más excitado que triste pero ambas regiones se mezclaban rico. Muy bonito todo, aunque la actividad de pensamiento no venía, y la interrogación del paisaje que tenía delante era solo perplejidad, una cosquillita recorriéndome y que también vivía, o había empezado a vivir, fuera del tiempo, fuera del mundo.

—¡Te quedaste! ¿Hay sabrosura matinal? ¿Quedó perico? Ay, tengo sed —tronó a mis espaldas la voz de Marjorie Campbell (Miami, 1985-Miami, 2017), que salía en bobito del cuarto de invitados.

 


Alcides Herrera nació en Sancti Spíritus, en 1974. Narrador y poeta, es fundador del proyecto musical Los Bloomers, en Miami.

Más narrativa suya: Yes, To be or not to be, Mal y Mercedes.