Domingo, 17 de Diciembre de 2017
15:08 CET.
Narrativa

Donde el Diablo puso la mano

Este era un miserable pueblo ubicado en lo alto de una montaña: El Averno. Le llamaban así  por el mero hecho de que viéndolo desde lejos daba la impresión de estar inmerso entre llamas, porque en su fructífera tierra se daba con mucha facilidad una especie de planta poco conocida que crecía como la zarza, nombrada pentunina azuleidis. Sus hojas eran largas y afiladas de un color naranja profundo, sus tallos estaban rodeados por fuertes aguijones en forma de gancho e incapaces de dar fruto, y al estar expuesta a los rayos del sol emitían ciertos destellos que atraían la atención de  los  escasos visitantes. Desde hacía más de diez años casi nadie de la ciudad se portaba por los contornos, incluso, muchos desconocían la existencia de un territorio con estas características. Eran pocas las familias, aunque las casas no guardaban mucha distancia una de otra. Parándose a la entrada del pueblito, con los dedos podían contarse las ocho casas ocupadas, entre todas conformaban un círculo, y solo una, la que hacía el número nueve estaba a unos doscientos metros de distancia, pero aun así era visible para todos. Se trataba de la casa clausurada de la difunta Hortensia.

Cuando murió, apareció mucha gente. Familiares de la vieja que vinieron en busca de un supuesto dinero que nunca encontraron; se comentaba que Fernando Vázquez, su único hijo, se había instalado en la ciudad desde hacía 20 años y obtenía buenas ganancias trabajando para el gobierno. Él le suministró una enorme suma de la que se desconoce la cifra, para que poco a poco Hortensia lo fuese utilizando en lo que le hiciese falta, y no pasara necesidad en ese Averno olvidado por todos los santos existentes. Ni siquiera cuando llegaron pudieron llevarse como recuerdo alguna que otra pertenencia de la pobrecita, porque en la casa no se encontró nada que sirviera ni para recordarla. Hasta hoy se desconoce el paradero de todo.

Hortensia tenía una especial predilección por las cosas antiguas, era conocedora del valor de cada una de las piezas que coleccionaba y eran muchas: espejos enmarcados en bronce, vistosas joyas de oro blanco y piedras semipreciosas, lozas de alcora, porcelana de Chantilly y cerámica racú, más una gran variedad de vajillas rococó. Y nunca se supo por qué no le avisaron a algún  médico con tiempo y la dejaron  morir. Todos los que viven en El Averno sienten pavor por la policía, cuando hablan de la autoridad se ponen a temblequear, temen por alguna cosa, y aparentemente nadie sabe nada de un acontecimiento tan escabroso, de habérseles torturado tal vez habrían abierto la boca, pero utilizar ese tipo de procedimientos estaba prohibido. Casa por casa fueron en busca de algún indicio que los hiciera creer que se trataba de un asunto sin importancia y que el fallecimiento de la vieja simplemente había sido por causa natural y no algo ideado por los habitantes del lugar.

Casa 1

Aquí vive Francisco Campusano con Sonia, su hija, una preciosa muchacha de 20 años que no puede hablar. Perdió esa capacidad  cuando el hijo de los García  una noche intentó abusar de ella sexualmente, antes de que se prendiese fuego en un antiguo establo que ya no existe por culpa de la candelada. La esposa: Elena, según confesó, tenía buenas relaciones con Hortensia, desconoce cómo pudo morir en tales circunstancias, Francisco tampoco dijo nada, pero no porque le falte la lengua ni por estar traumado a causa de  una  violación. Según explicó, no tenía tiempo para estar en chismorreos de viejas, pues está siempre como bestia, detrás de los bueyes cultivando la tierra que es de lo que viven, porque a El Averno no llegan suministros de ningún tipo, solo existe una pequeña farmacia donde casi nunca hay lo que se necesita, a no ser aspirinas para el dolor de cabeza, y algún que otro desinfectante para las heridas profundas; alguna vez existió una bodega donde se expedía algo de pan y alcohol, pero con el último temporal la bodega se fue abajo y con ella todos los suministros, desde entonces solo se toma vino, hecho por la familia de los Rodríguez.

Casa  2

Los de la  familia Alaya, son cuatro personas conviviendo en la que podría decirse es la casa mas pequeña del Averno, solo tiene un cuarto. Los dos hijos llegada la noche arman sus camastros y duermen en el portal, abrazados al frío de la madrugada para no estorbar a sus padres: Elisa y Herminio. Rosendo y Arcadio son jóvenes en edad de matrimonio, pero para ambos es muy difícil  encontrar pareja, porque en El Averno no hay mujeres atractivas, ellos no tienen tiempo para bajar a la ciudad que está a muchos kilómetros de distancia, y menos para gastar dinero en alguna puta que no los querría nada más que para exprimirles el bolsillo.

Lo único que hacen mañana y tarde es arañar la tierra para sacar provecho de las  coliflores y zanahorias que es lo que cultivan. Una vez al mes bajan en sus carretones a lo que llaman la civilización y negocian sus productos, luego hacen compras de ropa y comida, y regresan a casa, para volver a empezar con otra cosecha. Ninguno supo en qué condiciones murió la vieja Hortensia, o más bien no les interesó que hubiese muerto ni en qué circunstancias. Los padres no vieron nada, solo dijeron que la vieja Hortensia era una santa, y que en  muchas ocasiones se prestó a ayudar a la gente de por allí,  y que especialmente fue muy bondadosa con la familia de los García, pues cuando su hijo Darisbel decidió prenderse como una antorcha  ayudó mucho en todo lo que fue necesario para que lo atendiesen, y después de una larga estancia en un hospital de la capital, ella misma se encargó de que no le faltasen los medicamentos necesarios para su  pronta recuperación. Nada más dijeron.

Casa 3

Llegamos a la casa de los García, son cinco personas en total. El padre, Reymundo, un viejo sesentón que apenas ni puede decir palabra porque una gaguera natural se lo impide. La esposa, Anna se fue tres meses después de que muriese Hortensia. Se la llevó un cáncer, dicen que en su lecho de muerte, en sus manos sostenía una cadena de oro que no hubo quien se la arrancara. Reymundo se quedó con sus cuatro hijos, dos de ellos adolescentes: Leandro y Darisbel, y los otros: Felipe y Andrés, estos no tan jóvenes, pero al menos no eran adefesios como el padre que, por la apariencia de su piel recubierta de verrugas, parecía recién salido de un pantano, mirándole a la cara fijamente daba la impresión de que en cualquier momento podían germinarle matas de frijoles o bejucos. Para caminar tenía que agarrarse de las paredes como si fuese una tarántula, por temor a  caer y comer fango.

Sesenta años no eran muchos para un hombre, pero al parecer había tenido una vida muy difícil, primero trabajando con el carbón, la tierra, y más tarde dedicándose a templarse  a cuanto animal veía en su camino, más de una vez  algunos de los vecinos lo sorprendieron cogiéndose a la yegua que pertenece a uno de los Alaya, en varias ocasiones se fueron a machetazo limpio, pero el incidente no traía graves consecuencias, porque Reymundo terminaba llorando como un crío indefenso, con los calzoncillos de pata bajo las rodillas, mostrando al aire su sexo semi excitado, siendo al final el hazmerreír de todos.

Tales gustos zoofílicos los adquirió desde muy joven, cuando aún no encontraba mujer y trabajaba en una granja lechera, eran tan apetecibles las becerras con sus vaginas siempre húmedas y abiertas. Al final terminó teniendo más apetito sexual por los animales que por las mismísimas hembras, incluso, su esposa tenía conocimiento de tales preferencias y  hasta le permitió que criase una lechona de raza española para que satisficiera sus calenturas, pues hubo un tiempo en que la mujer perdió el gusto por ese miembro dentro de ella, más que placer le causaba molestias, porque era demasiado grande y el muy condenado tardaba mucho en soltar aquella miaja que lo llevaba a la contentura, mientras mascullaba el nombre de todas sus vacas y potrancas predilectas.

Llegó un momento en el que Anna prefería verlo sobándose el rabo, o presenciarlo restregándole el glande a la puerquita por sus entre patas. La puerca duró poco porque cuando uno de sus hijos supo de la aberración decidió partirle el corazón. Dicen que tal acto fue como una maldición para el hijo menor Darisbel,  porque después de sacrificar al animal no tardó ni dos semanas en que se le ahuecara la mente y se volviese loco, e intentó aprovecharse de Sonia la hija de Francisco Campusano, y aún no se ha comprobado si llegó a consumarse el hecho, lo cierto es que nadie quiso dar parte a la policía.

Darisbel terminó achicharrándose, quedó con vida, pero a consecuencia de las quemaduras sus retinas quedaron secas como la tierra cuando hay tiempo de sequía. Ahora es un guiñapo de hombre, lo que fue un muchacho muy agraciado con tan solo 20 años, parece una alimaña acuática, toda su cara quedó derretida como un trozo de queso cuando se expone al calor, según se dice está irreconocible. No sale de su cuarto, lo atienden sus hermanos mayores; solo dos se ocupan porque ni Reymundo ni Leandro lo ven, sienten pena, o más bien lástima. Ninguno le hace preguntas, no quieren saber que motivó a Darisbel a hacer lo que hizo, si ya estaba comprometido con Lismar una de las hijas de Alfonso Fonseca, el hombre que más hembras trajo al mundo para que buscasen cada una sus maridos en El Averno.

Ninguno de los hijos de Reymundo habló en concreto. Los dos mayores con un pésimo español solo comentaron que la vieja Hortensia se las daba de ricachona, y había traído de la capital una piscina inflable para ponerla en medio de su patio, la desbordaba de agua los sábados y la dejaba llena hasta el domingo, una vez invitó a algunos de los niños para que chapotearan en el hueco. La vieja tomaba ron del bueno y casi nunca carecía de productos  traídos de la ciudad por una supuesta amiga que se encargaba de visitarla cada cinco o seis meses. Fuera de ese comentario nada más dijeron.

El viejo no pudo hablar y el otro hijo menor dijo que no le incumbía la vida ajena y que cuando supo la noticia, estaba rastreando unas vacas que andaban extraviadas desde hacía dos semanas, cuando regresó a casa ya todo había pasado, y lo sintió mucho porque Hortensia en su momento  ayudó con el asunto del hermano, y lo único que pudo hacer por ella en vida fue llevarle unas cartas al correo, en las que puso mucho empeño en que fuesen enviadas, y eso era algo que no olvidaba, sintió pena por no poder agradecerle en su momento todo lo que hizo, pero para entonces, Hortensia iba en camino al sepulcro y la casa ya estaba tapiada.

Muchos hubiesen deseado que, como mismo se llevaron al cadáver, desde sus cimientos hubiesen arrancado la casa de a cuajo, pero era imposible, porque la casa de Hortensia era la mejor de todas, construida con cemento sólido, con dos cuartos inmensos, una sala comedor con  piso de losas blancas, con cada una de sus ventanas acristaladas, y un techo de placa, nada que ver con las casas vecinas, algunas de ellas en mal estado, muchos en El Averno añoraban  tener una casa como la de Hortensia. Y eso fue todo.


Nonardo Perea ha publicado el libro de cuentos Vivir sin Dios (Extramuros, La Habana, 2009) y la novela Donde el Diablo puso la mano (Montecallado, 2013), al que pertenece este fragmento.

Más narrativa suya: Cazador, Las muertes que nos tocó vivir, Los René, Tan triste como "Los paraguas de Cherburgo" y Las mierditas.

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