Sábado, 10 de Diciembre de 2016
18:57 CET.
Narrativa

Más de 'Los labios pintados de Diderot'

 

Los que el andaluz llamó gente de teatro son en realidad una caravana de saltimbanquis: malabaristas, contorsionista, tragafuegos, palmista, y la estrella: el prestidigitador, con su vedette ayudante. Como hicieron en Vincennes, viajan armando su tinglado en descampados talados, junto a esas torres obreras que cercan cada vez más ciudades, y en esas barriadas de concreto encuentran su mejor público. Los entretienen y les toman un poco el pelo; los otros disfrutan de dejárselo tomar. Me usan de tarugo, como a mi amigo: así nos ganamos la vida, ayudándolos a enderezar una carpa, a colocar mesas y letreros, a limpiar carros, a mantener orden en la utilería de su espectáculo, a vender boletos, fijar carteles. Nos exigen bien poco; la casa y la comida que nos dan, pobres, valen más.

Llevan una vida despreocupada y difícil: no se las facilita los letreros que veo por primera vez en muchos caminos de Francia: "Prohibido pernoctar a gitanos en territorio de la comuna". Con estas palabras, las municipalidades los conminan a irse a dormir a los montes. Esta orden incivil aparece entre los castillos de la Touraine, que se pretenden testigos, muestra, de una nobleza civilizada; peor resulta cuando se entiende que el principal blanco de esa veda no somos nosotros, extranjeros poco frecuentes, sino gitanos franceses, tan franceses como quienes colocaron los letreros.

Para mis amigos, ninguna alegría es mayor que encontrarse con otras bandas gitanas. Les da lo mismo del país que sean: logran entenderse. A veces viajamos un tramo juntos y así conozco —no imaginaba la existencia de semejante mundo sigiloso y cosmopolita— gente de media Europa. No pregunto mucho, pero agarro en estos encuentros palabras sueltas cuyo acento adivino: griegas, yugoslavas. Un carromato encontrado en un cruce de caminos se une a nosotros todo un día de viaje; una de las mujeres que va en él canta, el día entero, la misma canción, de la que no entiendo una palabra. Cuando han seguido su camino, se la menciono al prestidigitador. La conoce; le gusta como a mí, me la puede traducir. Casi la he olvidado, me quedan solo un par de frases: "Pensé que llovía pero eran mis lágrimas. Dame tu mano por última vez y dime que me perdonas". Conocer el resto no aclaraba mucho más. Era como si el canto narrase un suceso conocido de todos, sin hacer falta preámbulo para seguir el drama.

En ruta, el más viejo de los gitanos —maneja el camión principal, se encarga de la taquilla; un tragafuegos es hijo suyo— me conversa; a veces me sienta a su lado en el viaje. Vivió un tiempo en México —datos sueltos apuntan a que fue en los 30 o los 40, huyéndole a la guerra— y le simpatizo por, como él dice, ser de allá. Para él, acostumbrado a una vasta familia, lo mismo da argentino que peruano, mexicano que cubano; somos todos lo mismo. Cuando quiere halagarme —y de paso, presumir ante los otros— me canta un corrido, el único que se sabe completo; narra la muerte de Pancho Villa. Recuerdo apenas dos estrofas y ni siquiera estoy seguro de haberlas memorizado bien: "Éntrale, Francisco Villa, ¿no que eres tan afamado?, en la finca de Sarabia corriste como un venado". Cuando el gitano canta, indica con un cambio de voz, de timbre, la respuesta de Pancho Villa: "Si no los corro me alcanzan, me tumban el pantalón, y me llevan de la cola como si fuera un ratón". Así lo recordaba, creía que bien, cuando un mexicano con quien cotejo esta versión le señala dos errores: no es finca sino hacienda; ratón no lleva artículo: es, mucho más sonoro, "como si fuera ratón".

El prestidigitador y su vedette ocultan una frustración: hubiesen preferido ser, cantante él, bailarina ella, de música flamenca, cante jondo. Lo hacen bien; pero la competencia es mucha, razonan, cuando los animo, admirado ante sus interpretaciones. Se les nota: su júbilo, su calor, cada vez que sueltan o taconean unas coplas, es mucho mayor, sin comparación, al que comunican durante sus espectáculos de magia. Quizás por eso les salen tan bien los trucos: por su frialdad, su precisión. En el canto son pura pasión. Les escuché muchas canciones; mi memoria me ha dejado sólo una: "¡Amparo, ay! ¡Por Dios, Amparo! ¿Por qué te llamas Amparo? El enfermo busca el alivio, que yo le busco y no le hallo. Dile que se calle, que la tengo tapaíta, pa que no la vea mi mare". Su hilación sigue poca lógica; con las vocales en espiral del cante flamenco, no siempre entiendo sus canciones, aunque estén cantadas en español.

Entramos a España por Cataluña, por Pau. Cumplen su promesa; me cruzan limpiamente, sin ser visto, ante las mismas narices de los guardafronteras de ambos lados, en un acto de prestidigitación: el mago me esconde en el doble fondo de la caja donde cada noche se oculta su vedette cuando, en el espectáculo, asusta a los espectadores más inocentes, haciéndoles creer que corre peligro de ser acuchillada. El rincón es justo, pero quepo. En la frontera, el mago tiene el desparpajo de abrir su caja y engaña a los guardias como al público: pintada por dentro de negro, la caja disimula a la perfección la doble pared del fondo, esa pieza secreta donde me escondo. Encerrado, solo, dejo desbordarse un sentimiento callado, acumulado con los días como rabia. No es para menos: metido en ese resquicio me invade el olor de la vedette, oculta aquí noche tras noche; en ocasiones, varias veces en una noche. En esta tumba oscura me queda solo el olfato: me condena a recibir su olor por todas partes, a sentirlo penetrar en mí por cada poro, llegarme hasta el fondo de los pulmones, hasta el estómago. Durante el viaje he evitado fijarme en ella, mirarla por gusto; no quiero delatarme ante el mago, dejarme sorprender admirándola, permitirle descubrir la verdad en mis ojos. Ahora, este encierro se parece demasiado a un castigo; pienso haberme delatado, a pesar de mis cuidados. El mago me encerró ahí para hacerme sufrir una abrumadora tentación a la que no podré ceder, que no lograré colmar. Durante el resto del encierro, en el cruce de los Pirineos, mi vida queda en suspenso; en ese limbo, me dejo transportar por el olor, llevarme al menos eso. Me cubre, me envuelve, me empapa. Todavía lo recuerdo.

 


Fernando Villaverde nació en La Habana en 1938. Fue guionista y realizador para el Instituto Cubano del Cine (ICAIC) antes de dejar Cuba en 1965. Sus últimos libros publicados son La caída irresistible del Muro de Berlín (Bokeh, Leiden, 2016) y Los labios pintados de Diderot (Bokeh, Leiden, 2016), al cual pertenece este fragmento.

Otro fragmento de ese libro, aquí.