Domingo, 26 de Marzo de 2017
00:19 CET.
Narrativa

De 'Los labios pintados de Diderot'

Oscar ha conocido a unos músicos del Yemen, a los que tantea explorando la posibilidad de dar otro de sus viajes, esta vez a La Meca.

Es su costumbre. A unos chinos de paso les expuso su deseo —deseo súbito; nunca le había oído insinuarlo— de revivir la Gran Marcha, recorrer la ruta seguida por Mao con sus fuerzas; otra vez, deseó ir a estudiar las tradiciones del teatro hindú con los actores del Kathakhali, lo que logrará años después. Ahora, los yemenitas del festival le despiertan esta urgente petición, para la cual invoca un interés apasionado en el Islam, que jamás le escuché pero del cual no dudo. Así es: cree en sus impulsos, no se le quedan en la piel.

Algo habrán adelantado sus gestiones: sin previo aviso, nos pide una tarde a José Manuel y a mí que lo acompañemos. Los yemenitas le han dado cita; tratarán de complacerlo. Oscar olfatea una aventura y quiere hacernos participantes. Ya que no lo acompañaremos a La Meca, recorreremos con él este preludio de su peregrinaje.

No vamos lejos. Salimos del recinto de Nanterre, damos la vuelta a la esquina y los dos yemenitas —con sus trajes occidentales, de riguroso cuello y corbata, se ven mucho menos exóticos que nosotros— nos llevan al inmenso barrio de indigentes situado a un costado del muro universitario. Desde fuera parece un enorme lodazal cubierto de casuchas de latón —así llaman los franceses a estas poblaciones: bidonvilles, ciudades de latón— poblado casi exclusivamente por árabes, norafricanos, un Maghreb en miniatura.

Solo el exterior de sus habitantes diferencia a este caserío miserable de los que conocí en La Habana. Digo conocí: más bien vi de lejos, asustado y desconcertado desde niño por su fama y sus nombres: Cueva del Humo, Llega y Pon. No sé si el cariz peligroso se lo da al lugar mi prejuicio, estar entre gente cuyos hábitos y actitudes desconozco, o si en realidad lo es, y nuestra entrada a él, de no ir acompañados de nuestros guías, sería una temeridad. En todo caso, el sitio encierra numerosos misterios; uno, esencial, ignorar sus dimensiones. Solo conocemos, y parcialmente, una cara del rectángulo que ocupa, de no menos de tres cuadras. En el otro sentido, no sé hasta dónde se extiende. No puede medirse con precisión, ya que no se vislumbran los tejados lejanos; solo se aprecia la planicie de casuchas sin horizonte. Como si este barrio de indigentes fuese el último lindero urbano de París.

Vasto es; llevamos andados doscientos metros por lo menos y no se le ve fin. A mi paso por estos caminos que dudo en llamar siquiera callejuelas, intento ser lo más discreto posible. Siento gran curiosidad pero aprovechar las puertas abiertas —muchas veces, ni puertas: cortinas, boquetes— para atisbar al interior de las casuchas, sería, no solo una grosería sino un acto desagradable, enemistoso. Este lugar no es como los arrabales árabes de la propia París, donde las mujeres —las pocas que hay; por lo general son los hombres su única población visible, en aceras, cafés, bares—, se muestran sin reserva musulmana en calles, comercios, cines, y en ocasiones, deambulan despreocupadas, con fines fáciles de adivinar, frente a los strip-tease de Pigalle. Por el contrario, aquí abundan: las vemos ante sus casas a lo largo de nuestra ruta, cocinando en cacerolas a la intemperie, sobre montones de leña, o colgando ropa en tendederas que, colocadas delante de sus viviendas, dan a las fachadas una especie de relieve barroco. Los hombres es como si no existieran.

A medida que nos adentramos en la barriada, su aspecto parece cambiar: la variación resulta mínima, casi imperceptible, como si a cada paso, cada casa añadiera un detalle y la diferencia se notase solamente por acumulación, al ocurrir lo que a nuestros ojos es, engañosamente, un vuelco. Las variantes siguen una misma dirección: las viviendas van resultando más sólidas, la gente más atildada. Hasta el fango de las calles es sustituido por una grava tolerable y limpia, y el espacio entre las chozas crece, dando más amplitud a sus habitantes. Aparecen comercios: almacenes indistintos ocupan construcciones mayores; ocasionalmente, para nuestro asombro, de dos pisos. Una ferretería se distingue de una bodega por los productos exhibidos en su exterior, llamando a los clientes como un pregón.

La transformación impresiona: estamos penetrando una Casbah secreta. Oscar y sus anfitriones van delante, conversan sobre cuestiones coránicas que me pregunto cuándo Oscar aprendió, y José Manuel y yo marchamos detrás, fingiendo mirar al suelo o al frente pero curioseando a más no poder, asombrados ante un viaje que parece no tener fin: las calles se amplían, las casas son ahora de estuco, y entre el repello desmoronado de algunas puede verse una estructura de pedruscos, hasta restos de ladrillo. Abundan las tiendas, con evidencias de mayor desahogo: mercerías, talabarterías, sederías y hasta expendios que me sorprenden; quiero creer que esos brillos espléndidos, esas platerías y esos oros, son bisutería. Tanta aparición inesperada nos induce a hablar, aunque sea solo para indicarnos con una palabra alguna nueva rareza: un exterior decorado con mosaicos, una construcción con balcón en el segundo piso, un salón amplio con mesas de cuya cocina sale olor a cordero. El mismo Oscar, hasta entonces absorto en su charla mística, se distrae con lo imprevisto de esta ciudad nacida ante nuestros ojos al andar y se vuelve de vez en cuando, indicándonos con ojos de extrañeza y gozo algún detalle increíble momentos antes: anuncios de películas ante la puerta de un cine, o el corredor de alfombras que, a partir de una esquina, se extiende en intrincado laberinto por una calle dedicada a este comercio, repleta de clientes que regatean con los tenderos.

De pronto, tras la curva más pronunciada de la calle, oculto hasta entonces por las casas de dos y hasta tres pisos que nos cerraban la vista, aparece un minarete. Ocupa uno de los costados de una gran plaza que se ha abierto ante nosotros, con la prestancia de cualquier parque municipal: árboles, bancos, niños que juegan. Los yemenitas nos conducen hasta uno de los soportales que la rodean, a una mesa de los muchos cafés bajo arcadas llenos de gente y bullicio, y se dirigen a Oscar: debe esperarlos allí.

Acertamos apenas a comunicarnos, con poco más que monosílabos, nuestra perplejidad: su objeto central es el minarete; ocupa, no lo dudo, el centro de esta ciudad, una metrópoli colonial a la inversa. ¿Qué distancia habremos recorrido desde sus orillas, como para que esta fina torrecilla de bastantes metros de altura resulte invisible desde fuera? ¿Qué originalidad de construcción la disimula, la esconde en medio del caserío? A nuestro alrededor, el ajetreo apenas nos deja conversar; no solo charla la gente y gritan los vendedores ambulantes sino hay música de radios y vitrolas, cantos con esos lamentos de vocales estremecidas que nos han acompañado, como un rumor remoto, desde entrar al bidonville, pero que no nos han caído encima realmente hasta este momento, hasta dar un poco de reposo a los ojos y prestar algo de atención a los oídos.

Nos sirven, sin haberlos pedido, refrescos de fruta. El calor de los hierbazales de Nanterre y de la zona exterior de este recinto es sustituido bajo las arcadas por un fresco soñoliento; la sombra y el jugo nos calman las cabezas. En medio de esta tranquilidad, entra, por una de las bocacalles de la plaza, un dromedario. No nos decimos nada; como si lo estuviésemos esperando, los tres teníamos la vista clavada en ese sitio cuando el animal hizo su calmosa entrada. Camina como las vacas en la India; avanza solo, nadie lo molesta; va a su gusto, seguro de sí, con marcha tranquila. Se acerca a la sombra de uno de los abedules de la plaza y se echa a sus pies, con ese grácil desplome con que estos animales dejan caer el peso de su enorme cuerpo. Sentimos una presencia a nuestro lado; allí están, de vuelta, los yemenitas. Regresaron sin que nos diésemos cuenta; sonríen. Sin dejar de hacerlo dan a Oscar la noticia: cuando lo desee, podrá visitar La Meca.


Fernando Villaverde nació en La Habana en 1938. Fue guionista y realizador para el Instituto Cubano del Cine (ICAIC) antes de dejar Cuba en 1965. Sus últimos libros publicados son La caída irresistible del Muro de Berlín (Bokeh, Leiden, 2016) y Los labios pintados de Diderot (Bokeh, Leiden, 2016), al cual pertenece este fragmento.