Viernes, 21 de Julio de 2017
14:17 CEST.
Poesía

La momia del Palacio de Junco

 

No la he visto, no voy a entrar a verla, Alfredo
Pasó un siglo subterráneo en una estrecha, oscura
galería y luego debajo de una cama por un tiempo
Dios mío, como el perro de casa que duerme debajo
de un colchón sobre el cual la gente yaga y yaga

Tuve el pelo castaño al aire
suelto y tuve amigas con las cuales
iba al jardín marítimo a ver el fresco
ingenio de la fotografía y a mil
desconocidos que pasaban
por mi lado como si fueran libres
Entonces es posible que pensara
que la energía duraría siempre
o siquiera en realidad pensaba
en el asunto

Cuando la llevan sobre una parihuela bajo el vaho
de un verano que no termina nunca cortan su viaje
hacia una Cólquide real, la del olvido, Alfredo
Le dan trato de bisutería, variedad de circo
ripiera y cobran a los extranjeros por asomarse
a ver la manito seca y sin anillo alguno, el breve
horror municipal finge que duerme

Intenta mi cara de papiro
un mohín de precaria dignidad
solo lo intenta   Disipo ya inútiles
nociones como ardor o nudo
en la garganta   A menudo
me siento un balacao   Cuando
derribaron la casa de mi infancia
pusieron nada en su lugar   Sombras
con las cuales coexistí pasan
de largo por calles hoy nombradas
Manzano o Milanés: es arduo
continuar una ruta por Matanzas
sin auxilio de palabras y un manojo
de hormonas

Con poco tiento se abrazan en la puerta
de la habitación donde la han puesto a evaporar
y entran en las oficinas luego con las gafas de sol
en la cabeza, llenos de risa sin temor a la muerte
Mira, Alfredo sus vasos de papel medio llenos
todavía sobre el suelo de barro

Si pudiera pondría una oreja
contra la pared para oír como
se besan   No dije nunca la palabra
músculo, músculo de hombre
o de mujer tenso a la hora
de apretar un cuerpo   Espero
nada del amor furioso, resulta
extraño  que una vez copiaran
para mí estas líneas de Plácido:
Quiero besar a una deidad
de llamas, quiero abrazar
a una mujer de fuego

Hacen fiesta: una charanga en el portal atrae
a los locos del pueblo, llegan jóvenes del brazo
de soldados y de excursionistas chamuscados
por la playa, pienso con horror en la saleta
sombría donde está, a unos pasos del baile
y de la estatua de un rey desnarizado   Pienso

en las minucias que acumula este palacio: unas
pulgas vestidas, estibas de páginas de libro, una pieza
de ropa de un poeta, Alfredo   Un empleado
invita a entrar y verlas en tanto la orquestica
descansa y vuelve a iniciarse la cumbancha

Una vez cerca de mí tocaron notas
enhebradas misteriosamente
fue en una tarde cuando repartían
premios colegiales y decían
prosas que pasaban por versos   
Conocí la asonancia de la siesta
de un fauno interrumpida
a ratos por un timbre de teléfono
a través del cual voces brutales
intercambian sin descanso
tonterías   Una siesta cerrera
es cuanto quiero: cuando
andaba en la tierra ese francés
llamado Debussy ya yo
me había transformado
en momia.

 


Sigfredo Ariel nació en Santa Clara, en 1962. Sus libros más recientes son la antología de poemas Ahora mismo un puente (Efory Atocha, Madrid, 2012) y el poemario Recreos para la burocracia (Unión, La Habana, 2015). Este poema pertenece al libro inédito Todos los hierros.

Otros poemas suyos: En la calle de la Cruz, 78 vueltas por minuto, Adiós, rubia nicotina y Grullas de Bután.

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