Sábado, 16 de Diciembre de 2017
07:08 CET.
Narrativa

La clase

 

                      Un homenaje a César Vallejo.

 

Todo lo que se entiende es magnífico y todo lo que no se entiende también. Abrí mi netbook como quien abre una caja de coffeecakes y piononos, con la tapa para arriba. Excepto yo, no había nadie con una netbook en aquella área de cobertura donde tuvimos la cobertura. Había alrededor de treinta y cinco escritores y una sola netbook en toda esa área. La clase, allí donde los escritores corren crudos. Desde el principio la clase me pareció magnífica.

A la una de la tarde me inscribí y a las dos de la tarde entré al área. Entré con el pie derecho y me senté con el glúteo izquierdo. Quería ser como César Vallejo, hermética, sensorial, irresistiblemente oximorónica. Por eso el glúteo en contradicción con el pie. Y viceversa. Por eso los coffeecakes y los piononos de fresa. Por eso el Nokia de fresa palpitando en mi bolsillo. Acabo de comprarte un bello collar hindú y voy a almorzar mariscos pensando en ti. Pensando en César Vallejo.

Qué almorcé yo. Qué almorzaron los más de treinta y cinco escritores antes de entrar a una clase que sería una carrera. Resistencia y velocidad juntas, arroz congrí, plátano hervido, huevos pasados por agua. Trilce huevos para trilce escritores.

El no saber es el saber. Hay golpes en la vida tan fuertes. Y la lengua española como lengua tradicional, como lengua prolija y autoritaria, no sirve para expresar esos golpes. La lengua española es la lengua del exilio. El exilio es un área de cobertura donde tienen cobertura más de un millón de escritores. Trilce escritores en total. Lo moderno es la mesa y mi Nokia es la pureza. En el medio de la clase llamé y contesté: yo también estoy pensando en ti.

(Diez minutos de descanso.)

Qué es el hombre, pues ahí donde está. Yo estoy en una clase y César Vallejo está en París comiendo mariscos. Usé un signo. Copié lo que dijo el profesor al pie de la letra (pie derecho), aunque la letra no existe. Lo que existe es la lengua. O al revés. No copié lo que dijo el profesor al glúteo de la letra (glúteo izquierdo) porque hubiera sido un disparate.

El aire acondicionado me erizó los pezones. Miré a mi alrededor y todos los escritores (más de treinta y cinco) tenían los pezones erizados. Trilce pares de pezones en total. Más de lo que cualquier lengua expresaría. Entonces, en ese momento perfecto, pensé que si algún día escribieras un poema para mí, podrías cambiarte el nombre y el apellido y comenzar una vida nueva con un nuevo carné, una nueva nacionalidad. Un poema en lengua española, para ser poema, tiene que ser devastador. Porque el mal decir supera al bien decir. Y César Vallejo, sin saberlo, se tragó una espina. Hay aires acondicionados en la vida tan fuertes.

La persona sentada a mi lado sonrió. Sus enormes piernas y mis pequeños piononos, desde que empezó la clase, criticaban el lenguaje de una manera sutil, igual que César Vallejo. Porque un hombre crítico es siempre hermoso. Y una persona con enormes piernas es siempre hermosa. Y una persona con pequeños piononos es melancólica, siempre. Desde la primera vez que mi Nokia palpitó, se creó una melancolía entre el lenguaje y las cosas. Me di cuenta de algo y lo copié en mi netbook. Que mi melancolía era procesal porque de lo único que podía dar fe era de la intensidad con que te estaba extrañando.

Pero yo no quería producir melancolía, sino extrañamiento. No quería escribir los versos más tristes esta noche, sino comerme la naranja más ácida esta noche, y luego escribir, si acaso, una página sobre César Vallejo en mi pequeña netbook de ciudad, o un mensaje en mi Nokia sin muchos caracteres, y enviártelo, aunque sola, sin saldo, me quedara. Y te mandé un mensaje con más faltas de ortografía que organismos vivos en el lenguaje. Trilce organismos vivos en total. Ilógico.

Presté atención y oí algo así como que César Vallejo era un vampiro chupador de corazones porque se apoderaba de todos y de todas, y nos consumía sin siquiera poner resistencia. Más que magnífico fue aterrador y más que aterrador, magnífico.

El aire acondicionado estaba poniendo fríos los coffeecakes. Golosinas que, por otra parte, no eran reales. La persona sentada a mi lado hizo ademán de chuparme el cuello. Mi cuello como forma del conocimiento. César Vallejo se lo estaba chupando a ella hacía rato. Más allá de chupar, César Vallejo quería conocer otros cuellos, otras naturalezas. Y solo su lengua servía para eso. La lengua de conocer.

Para llegar hasta mí, la netbook atravesó el mar. Vino en un avión desde otro continente, desde otro lenguaje.

Fue sacada de un contexto histórico y fue depositada en otro. Abrirla en plena clase respondió a una especulación del lenguaje. César Vallejo transitó por lo mismo. La ignorancia, la muerte, la sexualidad. Una prisión espacial, pero sobre todo temporal. Un estado del cuerpo.

(Diez minutos de descanso.)

Sin querer, borré todo lo que había escrito. Así construyó César Vallejo el poema. Tachando, borrando, destruyendo. Cuando te fuiste, me destruiste. Eso es lo único de lo que puedo dar fe, de la destrucción. ¿Sabías que el cementerio donde César Vallejo fue enterrado está lleno de flamboyanes oscuros? Flamboyanes que, por otra parte, no son reales.

El espacio venció al tiempo. El área de cobertura empezó a vencerme. Durante los diez minutos de descanso cerré mi netbook como quien cierra una caja de masas reales. Masas que, por otra parte, contenían bicarbonato. Lo mismo que le preocupó a César Vallejo de sus masas, el contenido. Brazos, madre, paredes, hombre inválido, libertad. Lo mismo que me preocupó a mí en el medio de la clase cuando mi Nokia volvió a palpitar. La palabra poética contra el lenguaje. El lenguaje contra mi Nokia. Mi Nokia contra los piononos. Los piononos contra las piernas enormes de la persona sentada a mi lado. ¿Sabías que desde que te fuiste hay una guerra en el mundo?

No entré a la clase para interpretar el mundo, y menos para cambiarlo, entré a la clase para abrir por primera vez mi primera netbook en la primera alergia de mi primer día. Cuando César Vallejo llegó a París también fue su primer día. Conoció a una muchacha, se mudó a su casa, vendieron la casa y se fueron de paseo. No le gustó Maiakovski, no le gustaron las flores, no le gustó la anestesia, no le gustó el lenguaje. Escribió sus poemas humanos, pero no los organizó. Seguramente comió mariscos el primer día del resto de sus días. Trilce días en total. Quiso escribir pero le salió espuma.

Abrí la caja y los coffeecakes ya no estaban. En sus lugares, trilce cebollas moradas.

Un hombre pasó con un pan al hombro y los más de treinta y cinco escritores que escuchábamos la clase quisimos comprarle pan. Panes que, por otra parte, eran palabras.

La persona sentada a mi lado me miró con cara de aparta de mí esos piononos y yo la miré con cara de aparta de mí esas piernas, porque la vista, como el lenguaje, es indiscreta, pero no pasó de ahí porque la vista también es magnífica. La vista es una sabiduría. Y la naturaleza es otra sabiduría más.

(Diez minutos de descanso.)

Antes de entrar a la clase vi fotos tuyas en internet, rodeado por la neblina de un cráter. Las cuatro horas que duró la clase estuve viendo esas fotos frente a mí, rodeada por un tipo de neblina superior. Envuelta en la neblina original.

Las cosas que ocurrieron en la clase salieron publicadas después en los periódicos. Una época de guerra es una época de periódicos. Los más de treinta y cinco escritores atrapados en la clase no teníamos idea de lo que iba a suceder. Algunos conocían al hombre César Vallejo, pero otros, como yo, solo nos habíamos estremecido con sus poemas. Tuve un leve estremecimiento al darme cuenta de que mi Nokia se había caído, la tarjeta SIM agonizaba en el suelo rodeada por un tipo de neblina acondicionada. Si el Nokia se me rompía perdíamos la qué. La comunicación. Yo era responsable de mi propia área de cobertura. Y César Vallejo no importaba en esta área. Mis glúteos se entumecieron. Trilce glúteos en total. Y entonces la clase finalizó. El lenguaje del origen dio paso al lenguaje del fin. Los piononos dieron paso al hambre. Todos aplaudíamos porque la clase había terminado.

Pero la puerta estaba cerrada. Cerrada para siempre. El aire acondicionado amenazaba con descender bajo cero. Las piernas de la persona sentada a mi lado se cubrieron de escarcha. A los más de treinta y cinco escritores se nos caían las orejas, las narices y los labios. Trilce pezones cayeron al suelo. Yo conservé los míos gracias a César Vallejo que seguía dándome vueltas en la cabeza y esas vueltas mantenían mis pezones tibios, entre otros órganos.

Al otro día por la mañana, el último día de nuestros días, la puerta se abrió como una caja de mokas, hacia fuera. Los corresponsales de varios periódicos entraron y alguien apagó el aire con un mando a distancia lleno de botones grises y un solo botón amarillo, y un botón azul, y uno verde. La hilera de ambulancias significaba que estábamos muertos.

El tercer día salimos del hospital. Antes de entrar al hospital creí verte ayudando a los ambulancieros, pero no eras tú. Era una leve necesidad del lenguaje. Te llamé y viniste, y me ayudaste a sentarme en la camilla, a acomodar la cabeza, pero no eras tú. También creí ver a César Vallejo entrevistando al profesor, con un micrófono inalámbrico en la mano. César Vallejo le preguntaba: dígame con sinceridad, profesor, qué piensa usted de César Vallejo. Pero un hombre sincero lo mejor que puede hacer es callarse. Un hombre verdaderamente sincero no necesita decir que lo es. Ni aunque César Vallejo se lo pregunte.

El cuarto día por la mañana no quedaba en el hospital ni uno solo de los más de treinta y cinco escritores. Nos bañamos, nos perfumamos y nos largamos. Para hacer cualquier cosa en la vida menos escribir y menos leer, sobre todo a César Vallejo. Leer a César Vallejo es vivir en la guerra.

El trilce hospital de la ciudad había quedado liberado del lenguaje.

Con aquel cúmulo pesado a cuestas, salí al vapor de la ciudad corriente y logré llegar al centro. Los piononos derretidos olían a harina y saborizantes. En mi Nokia palpitaban trilce llamadas perdidas, tuyas, y un mensaje, tuyo, donde me contabas: acabo de ver El paso suspendido de la cigüeña y me pregunto por qué todo lo que tocamos nos duele.

La netbook no podía detener su dispositivo, un disco portable hecho en Corea. Todo era de otra forma. Entendí, de pronto, por qué te fuiste. ¿Sabías que desde que te fuiste no había entendido por qué?

 


Legna Rodríguez Iglesias nació en Camagüey, en 1984. Ha publicado una novela, dos libros de cuentos, un libro de literatura infantil y varios libros de poemas. Este cuento pertenece a su libro No sabe/ No contesta (Editorial Cajachina, La Habana, 2015).

Abel Fernández-Larrea reseña No sabe/ No contesta.

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