Lunes, 18 de Diciembre de 2017
09:34 CET.
Narrativa

Yesterday

Parecía un gusano gordo bajo el ombligo, en el triángulo púbico. Fue por el exceso de adrenalina, dijo Billy, el médico estaba asombrado de lo que provocó la ansiedad, nunca había visto una herida cicatrizar como esta. Se levantó la camisa porque en ese momento no había clientes en la cafetería: él, del otro lado del mostrador, y yo lo enfoqué en un zoom in como el que no aprendí nunca en la cámara Zetnik a pesar de que él tenía la paciencia de ajustarme el lente. Billy el Niño, como el de la película, decía Chela sin sospechar que me quedaría con esta foto de su angelito rubio, con la boca entreabierta (linda boca de niño condenado a la tristeza). Nunca se nos ocurrió que la convertiría en nuestra canción, aunque su voz era terrible, y desafinaba en why she had to go I dont know… Billy había decretado nuestro tema mucho antes, en aquella función. Justo cuando oíamos a Vivaldi y se volvió hacia mí: Te amo tanto, dijo. Es el Largo, del 3er Concerto, dije yo, no se me va a olvidar y pensé en lo que imploro el otoño en un país donde el sol llega a aborrecerse. Pero cuando él dejó caer la camisa solo se me ocurrió: No sabía que una herida pudiera cicatrizar de esa manera.

Al llegar al hospital todavía confiaba en que no fuera nada, Billy me apretaba la mano. Sus ojos (en las áreas más verdes del iris, al borde de la mancha de luz, un vacío entre la esperanza y el miedo) buscaban mis ojos, pero yo estaba tan lejos. Desde aquel balcón miraba la escuela primaria, en la tarde desierta, y no conseguía imaginarla con ruidos de chiquillos, con gritos de maestras. Armando había puesto un casete de Peter Gabriel, nuevo para mí, y aspiré Don’t give up y el olor a cigarro en su boca con el mismo vértigo que sentí al ver a Billy parado en la puerta. Si me dejas me mato, dijo. Una vez que se bajó la camisa nadie imaginaría esa cosa: la larva zigzagueando en su abdomen de atleta. Es tan bello, me desquiciaban las muchachas que lo miraban con descaro, aunque fuéramos de la mano. Ya era así en esta foto, un verdadero angelito, Billy el Niño, decía Chela, como el cowboy de la película. Me incliné sobre el mostrador y lo besé en la mejilla. ¿Te acuerdas de cuándo dijiste que ya no me amabas?, preguntó de pronto. Sí, fue en mi cuarto, él se desplomó en el piso, junto a la cama, llorando.¿Y el ballet?, se me ocurrió para ahuyentar la imagen. Casi era el único heterosexual entre los varones del curso. Le fascinaba Vladimir Vasiliev, Julio Bocca. Le fascinaba Queen y los Beatles (sobre todo "Yesterday") y ahora este otoño de bosques dorados en Europa que jamás he visto, que quisiera ver, dije y lo besé allí también, sin pensar en el público ni en lo incómodo del abrazo entre lunetas por lo eterno de ese Largo. Años después cuando por primera vez oí en CD Las Cuatro Estaciones, no me acordé de este pas de deux de otoño, de este beso húmedo. Y es queBilly, ¡lo bello estanefímero! Por eso se cerró la piel, se arrugó en una lombriz grotesca. Sí, pensé cuando él dejó caer la camisa, quedó peor que aquella cortada en la palma, cuando quise escribir tu nombre con una cuchilla. Qué ardor al abrirse la piel y la estría de sangre iba formando: BILLY. All my troubles seemed so far away,dice Mc Cartney mientras una ráfaga entra y desparrama las fotos por el cuarto, me levanto, cierro la ventana. Separo las que me hiciste en la playa donde todo se ve amarillo, tan distinto, porque el rollo era viejo o porque aún no estaba el gusano en el triángulo púbico, bajo el ombligo. Pero al dejar caer la camisa, qué extraña tristeza. No era solo el silencio en la cafetería.

¿Cómo está Chela? ¿Ha vuelto a tener crisis? Sonreíste casi con sarcasmo. No, está estable. Si la vieras hablando maravillas de ti, ninguna novia mía le parece buena.

Ahora…, dije. Y pensé en aquella foto mía, yo sola en la orilla, con el pelo suelto. Chela la escondió en su cartera, la dobló y una raya blanca partió en dos mi cara. Ni siquiera el golpe que me diste esa noche dejó una señal tan clara: solo una punzada en la mandíbula si intento abrir mucho la boca. Fuiste tú quien descubrió la foto estropeada, y ella admitió que era una brujería para separarnos. Es que había dejado su carrera de vedette solo para criarte, Billy el Niño,  aunque eras su nieto, y ya ni tu madre pensaba en reclamarte. Esta fue con el self-timer, mientras me paraba ante el lente, tú lo activaste y corriste hacia mí. Me agarraste la cintura, de perfil a la cámara: los segundos antes del disparo nos miramos a los ojos. Yo con la trusa azul prusia, bajo la tela estarán los puntos de los pinchazos. Inflamación vaginal, sentenció el ginecólogo. Catorce bulbos de penicilina. Pero el médico de aquel consultorio junto a la calle de almendros, adonde tú nunca fuiste, me aseguró: No tienes inflamación. ¿Te duele cuando tienes sexo? Con la cabeza dije que sí.Los músculos de la vagina son involuntarios, ¿sabes qué significa? Con la cabeza dije que no. Si sientes algún rencor por tu pareja esos músculos se contraen en la penetración. Miré por la ventana y vi las hojas rojas de los almendros: giraban y corrían entre nubes de polvo. Hay mujeres aborígenes que entrenan esos músculos, ¡hasta pueden estrangular un falo durante el coito! Pensó que me iba a reír, pero solo volví a mirar lejos, adonde se dirigían las hojas enloquecidas. Justo cuando iba a levantarme dijo: Mira, esto que te voy a decir te va a parecer extraño. Pero puedes comprobar si lo rechazas a él, teniendo sexo con otro. Y mantuvo la mirada grave, tranquila.

En solo un segundo la tela de la camisa tapó por completo la lombriz, y la otra herida, la de la laparoscopia. Fue horrible, no te imaginas, dijiste. Te amarran, te hinchan, te pican, te cosen… Todo para abrirte enseguida más largo, porque una apendicitis mata, y lo hicieron veloces, entre la camilla, y mis ojos, Billy, donde con desesperación te buscabas y encontraste solo la escuela vacía, los besos de Armando, la voz de Peter Gabriel junto al correr del hilo. Oh, I believe in yesterday, entona dulcementeMc Cartney y separo en la caja las fotos de ahora, las de ayer, en un nailon. Ni siquiera por el calor en la calle entraba gente a la cafetería. El turismo está perdido, murmuré, pero tú estabas serio y solo al rato dijiste: Creo que me voy en diciembre. Sentí el gusano vivo, bajo tu camisa. Sentí la hinchazón de mi boca que revisé cada día de una semana sin poder ir a mi casa, en el pedacito de espejo. Los otros hematomas los podía tapar con la ropa. El médico de la calle de los almendros tenía razón. Cuando Armando empezó a penetrarme pensé que sería igual, agarré con miedo el borde de la sábana. Va a doler, va a doler, pensaba, pero resbaló, suave hasta el fondo. Sentí el peso tibio, dejé caer los muslos, lo abracé, besé todo lo que pasó por mi boca: su frente, sus ojos, y le dije bajo, con todas mis fuerzas: Te amo.

Es el Largo, del 3er Concerto, no se me va a olvidar, te dije Billy, y te besé también, sin pensar en el público ni en lo incómodo del abrazo entre lunetas. Esta vez sí me voy, ya tengo el dinero para mí y mi abuela.

¿Y es seguro?, me pegué al filo del mostrador. Te vi tan cansado, de pronto. Tus ojos, con  istmos sin bordes. ¿Cómo puede no haber un borde, una orilla?, quise decir pero dije: Diciembre está todavía lejos, y tú te habías alejado unos pasos, volviste con un jugo de manzana: Yo lo pago, deja eso. Vi tu mano alrededor del vaso y tuve deseos de mirar la palma, escrutar si había rastros de las veces que hundiste la hoja en una V, solo la V porque Verónica es un nombre tan largo.

¿Billy, y qué harás con la gata?

¿La Muña? Me la llevo conmigo.

Pero cuesta mucho y es tanta burocracia.

No importa, ya lo averigüé todo, le puse las vacunas, compré la jaula...

Es cierto que siempre te prefirió a ti, a pesar de que fui yo la que pasó noches en vela, impidiendo que se moviera para no provocar otra escara bajo el yeso. Cuando la levanté de la acera esa mañana no imaginamos que alguien la había golpeado, la pata le colgaba porque el hueso salió, perforando la piel. Debía doler más que esos surcos de sangre en la palma, ¿verdad, Billy? Más que cuando entrabas en mi vagina. Después vino la espera en la clínica de Carlos III, la incertidumbre por la integridad de sus patas, sus caderas también fracturadas. Barajeo todas las fotos de la caja. Nunca hiciste fotos de la Muña. Para cuando había engordado y caminaba, ligeramente coja por el clavo de platino, su cola ya coposa, sus ojos apacibles, ya tú llegabas casi siempre a medianoche, hablabas de una reunión, alguna casa de estudio adónde yo no podía ir. La Zetnik yacía en la parte más oscura del escaparate, la que jamás revisé por miedo a las cucarachas. ¿Te acuerdas de cuándo dijiste que ya no me amabas?, preguntaste. Me acuerdo, Billy, fue en mi cuarto,tedesplomaste en el piso, junto a la cama. Y  llorabas. El self-timer nunca nos dio mucho tiempo. Todo fue activarlo y correr hacia mí. Estábamos ahí, deperfil a la cámara: los segundos antes del disparo nos miramos a los ojos. Billy el niño, decía Chela y enseñaba esta foto de su angelito rubio, con la boca entreabierta.

Detrás de los cristales, La Rampa parecía la calle de otra ciudad, de otro país. No hay oxígeno, pensé y estaba segura de que recordarías esa tarde, yo abrazada contra tu cuerpo bajo la sábana y el sopor del cuarto con manchas de humedad, una sola ventana hacia el pasillo por donde entraba luz, en lo que fue el hotel Perla de Cuba, decía Chela, no te imaginas cómo era antes del 59

Eres mi oxígeno, susurré bajo el sopor de la sábana. Empujé suavemente el vaso vacío. Sí, diciembre está todavía lejos, murmuraste. Vi el gusano hacer un último espasmo bajo tu camisa. Quiero darte una cosa, dijiste. Te recuerdo inclinado sobre la barra, poniendo aquello en mi regazo. Todavía funciona. Palpé el objeto duro bajo el nailon, lo abrí y vi la cámara Zetnik, el comprobante que nos dieron en la tienda. Cómo escapó a la lluvia de aquel ciclón, la que empapó las fotos que te negaste a darme: el agua cae por el tragaluz donde nos parábamos a ver el cielo, el agua hace flotar la maleta y el papel afgacolor enrolla trozos de arena, de mí en la orilla con el pelo suelto, tú y yo corriendo hacia la mirada del lente, para encontrarte en mis ojos, Billy, justo antes de que sonara el self-timer. Te amo, ¿sabes? y, es el Largo del Tercer Concerto, nunca se me va a olvidar.

El día que fui a la consulta sola, en la calle donde hay tantos almendros, (las hojas rojas se amontonan en la acera, las desparrama el viento) el médico me aseguró: el cuerpo memoriza. Pero en enero cuando entré al hotel  solo quedaba lo de siempre, la punzada en la mandíbula si intento mantener la boca abierta. El nuevo jefe de caja sonríe con picardía al oír mi pregunta. ¿Billy? Se fue, está en Miami desde diciembre... Hasta habían cambiado las cortinas, pusieron unas de color púrpura, como las del escenario aquel día, ¿te acuerdas Billy? Los bailarines giraban en el pas de deux despacio, (y entonces no sabíamos qué efímero es lo bello, todo lo bello del mundo estaba en ese Largo). No queda una fotografía en la caja y me doy cuenta de que no están tus primos. El que mataron (que tanto se parecía a ti, con su boca linda, de niño condenado a la tristeza) ni el que lo mató, que ya está libre y cada vez que lo veo me repite lo mismo: ¡Cómo me ha mandado fotos Billy, tienes que verlas…! Pero son fotos sin marcas (nunca se ven en las fotos, no importa cuánto la adrenalina se filtre, en el triángulo púbico, en la vagina). ¿Te acuerdas de cuándo dijiste que  ya no me amabas? Lo recuerdo,Billy, fue en mi cuarto, te dejaste caer al piso y llorabas.

Las fotos que ahora me faltan, me aseguró tu primo, son las de tu bebé: Lindísimo, dijo, y salió tan rubio, ¡igualito a Billy...!

Sí, así era Billy el niño, el de la película, querrá decir Chela pero nadie le hará caso, y para demostrarlo buscará en cajas viejas, revolverá papeles, y se volverá loca cuando no encuentre esta foto.

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