Viernes, 15 de Diciembre de 2017
16:39 CET.
Poesía

Texto catártico para compartir en las redes sociales

 

Enciendan una lucecita, enciéndanla aquí, al lado de mi oreja donde he pintado el infierno, y que arriben también los alfileres para desandar la impotencia que me asiste.

Voy a dibujarle aquí un ratón, o mejor, el vómito de un ratón que no pudo con el pedazo repugnante de mi carne hecha sonido, vulgares interjecciones, cáscaras despeluzadas, vacíos que semejan la bazofia de un pantano.

Cantar, cantar. ¡Gritar! Tú qué ahora me lees, ¿alguien me lee?, ven a gritar conmigo desde el vórtice de mi rabia, ven a engordar el punto ciego con tu cuerpo y tus pensamientos compartidos, profanados por un rabiar semejante. Ven, conéctate. Te gusta, o no te gusta mi estado de espantada criatura. A Flor le gusta, a Mary le gusta, a Qvalibre ¿no le gusta?

Emoticón, ¿estás ahí?

O.K, estoy aquí, abro mi chat, chat, chata... qué rico suena, oye cómo va, mi ritmo...

Y ahora, qué hago, qué pinto con esta lágrima oscura que brota de la desolación. Ah, la soledad es un jinete sin cabeza que busca saciar la sed en una laguna de leche.

Ya comparto un poema crepuscular, demodé, todo en minúsculas, sin comas ni puntos, un poema como mis sueños, sin espacios ni pausas, y lo cuelgo allí, en el borde de un mundo virtual donde agonizan otros poemas chatarras. Ahora aparezco tarde, pudriéndome, salamandra comida por los albatros de Baudelaire con su picos quemados por la pipa de la sobrevida, renqueando a través de la cubierta del olvido.

¿Te gusta?

Y no tengo nada qué decir, o sí, les puedo decir que era sábado y descansaba bajo el rojo de flamboyanes florecidos, allá en los ochenta, y descubría a Rilke, sus ángeles terribles. Vibraba, las flores del flamboyán caían sobre mis ojos y se unían en el cuerpo desnudo, delgado como una cuerda de guitarra, y en el cabello encrespado se anidaba la nieve de Casal. Tarareaba luego una canción serpenteante de Raúl Torres, "Candil de nieve", y nos hundíamos al centro del dolor. Yo era joven entonces, y el mundo ancho y obsceno y a la vez mínimo y duro como tazón de barro para beber los espejismos. Tornasolada, sin un anillo de plata, cruzaba París en globo. Comme ça va, mademoiselle, comme ça va, ça va bien, merci, chéri amie. Me fugaba a Estambul y a Bombay cansada de tanta cúpula, me enrollaba en la seda blanca de la aurora boreal, y la palabra cólera era solo un porífero, un animal de simetría radial que apenas se movía y nos limpiaba la piel. Sí, la palabra cólera, esponja inofensiva equilibrando el mundo.

Remolinos de largas aspas grises, el tiempo en un solo pie, girando en bloque, cercas de púas apretando la flor única de mi esperanza. Flor de cabeza recortada, distinta, inocente. Azul/gris, prusia/índigo, añil/verdelimón, sombra/hueco, vacío/vacío, nada/mal, nada/mar, lapislázuli... No eran angustias fugaces, no eran estrellas. Salir a buscar, encenderme frente a los muros. Detrás la multitud, delante el monumento al sacrificio. Delante tú, amado mío, lloviznado, con un abrigo maltrecho y una cruz de madera para ofrecer. Atrás, bien atrás, yo y la raíz torcida por el miedo.

Y quién toca en mi esqueleto esa música de gitanos, cómo abrirlo sin antes no romperme como una muñeca de biscuit.

¿Ya no te gusto?

¿Qué comentas? ¿Soy procaz pesimista?

Anillos infinitos, raídas esperanzas tecleando mi corazón. ¿Compartir?

¿Subir una foto, un video, un espacio? Hundirme, hundirme.

¿Esperar como un sapo bajo la piedra? Ser/no ser, abismo/nada.

Buscar, escarbar en los cimientos. Isla enquistada, ¿estás ahí?

¿Etiquetar? ¿Me lees?

 

¿De dónde saco los gusanos para alimentar a mi hijo?

Soy mis hijos, y con solo nombrarlos la rabia no se transmite.

 


Ileana Álvarez nació en Ciego de Ávila, en 1966. Sus últimos libros publicados son la antología personal Trazado con ceniza (Unión, La Habana, 2007) y Escribir la noche (Letras Cubanas, La Habana, 2010). Junto a Maylén Domínguez editó la antología Catedral sumergida. Poesía cubana contemporánea escrita por mujeres (Letras Cubanas, La Habana, 2013). Este poema pertenece a un libro inédito.

Otros poemas suyos: Ecología de la fe, Una canción comida por los ratones, Safo implora a la espuma y Entraré en esa habitación sin puertas...

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