Lunes, 18 de Diciembre de 2017
00:36 CET.
Narrativa

Detritus

Bajo el borde de la saya que agarras contra los muslos solo se ve la porcelana manchada, viscosa: un halo amarillento al nivel del agua. No vayas a sentarte, agáchate sin tocar la taza y no pongas las manos en las paredes, repetía siempre Amalia y te esperaba en la puerta. Entonces no había una mujer con una cajita donde todo el mundo deja un peso, aunque el cartel dice: 20 c.  Qué difícil es controlar el chorro, nunca sale en un haz, como has visto en los varones. Secas suavemente, con el papel que te dio la mujer a cambio del peso. Con la punta de los dedos empujas la puerta empercudida, rayada con nombres, números, palabras obscenas. Amalia tenía razón, todo está sucio: las losas, las paredes, la ventana rota. Hasta hay polvo en el espejo. Solo que aquí, frente a la extensión de azogue, otra vez todo cambia, todo se transmuta. ¿Eres tú? —te pregunta el espejo como la última vez, en el último baño— ¿En qué punto de tu vida estabas entonces, qué tenías? ¿Y ahora, qué tienes? De pronto, por la derecha del espejo, entra la mujer de la puerta. Camina hasta el primer retrete, traba la puerta con el cubo. Se inclina sobre la taza y restriega con un trapo enrollado en la punta de un palo. El vaho del salfumán asciende, revuelve el aire.  Sientes el batir del palo contra el rastro de excremento, coágulos, orine. Qué distinta es la memoria del espejo, no hace esa costra amarilla, aferrada a la porcelana, que hay que arrancar con ácido. Bastaba aquel papel de periódico, ligeramente húmedo. Era mejor hacerlo cuando te quedabas sola, cuando Amalia y Joaquín desaparecían en la curva de la calle. Esperabas unos minutos en la ventana por si acaso, y luego corrías a su cuarto, a su espejo enorme, con marco de relieves. Amalia lo mantenía rigurosamente limpio. Ella misma pasaba el papel mojado de un extremo a otro, hasta por las zonas donde se había descascarado el azogue, los huecos de la realidad —decía. Pero tú revisabas si había alguna franja empañada, comprobabas que el reflejo era limpio, perfecto, solo entonces te quitabas la ropa. Abrías el armario de ella, buscabas vestidos, blusas, chales, sombreros. Te cambiabas una y otra vez y cantabas, bailabas, gritabas…mientras (no sabías por qué), dentro de ese espacio invertido todo lucía  ajeno, distante, como una película. ¡Mierda! —suelta la mujer. Trata de enlazar algo con el palo y lo hala hacia arriba. Se inclina y lo coge con la punta de los dedos en una mueca de asco, de ira. Pero el fondo de la taza no es tan desagradable si la porcelana está limpia, Amalia solo lo hacía con los guantes de goma, tú una vez probaste con la mano, es cierto que el salfumán ardía un poco en las yemas, pero el agua era tan fría en ese túnel, seguro se parecía por dentro a aquella gruta de la que viste salir a Ernesto, Alexis, Diana… qué libres lucían sus cuerpos agitándose bajo el agua límpida, devolviendo un cielo azul postal. Una vez más, eras la única ahí arriba, en el acantilado, la única que no sabía nadar. Ellos se asomaron solo para gritarte: ¡Es lindísimo, tienes que verlo!  Alexis insistía: Tírate, yo te aguanto, no tengas miedo… Pero el peso de los cuerpos no es el mismo cuando uno se sumerge, quién sabe cuán lejos estaría el fondo y cómo serían las piedras, quizás babosas como las marcas que deja el lamido del agua en los arrecifes. Es mucho mejor la cama, cede solo hasta un límite y no hay que mover los pies todo el tiempo. Puedes quedarte tendida, mientras Alexis desciende, muy suave, entre tus rodillas. No te atreviste a confesarle que tenías la menstruación, te fingiste sorprendida: No sé qué pasó, todavía no me tocaba... Lo primero que miraste en el cuarto fue el espejo, rectangular. Sentados en la cama veías su perfil, y tu pelo abierto sobre los hombros. De repente lo abrazaste, y llorabas, sin poder parar, él preguntó por qué, pero era tan largo, tan difícil explicarlo. Se durmió antes que tú, y tuviste tiempo de mirarlo bien, ¡qué cerca lo tenías ahora! Te fijaste en la línea gris de las cejas, debajo la hilera de pestañas, largas y curvas. La boca larga y semiabierta, había dejado en la almohada un rastro de saliva (el detritus es la evidencia más violenta de existir, decía Amalia). Se movió y habló entre sueños, pero las palabras salían entrecortadas y se perdían en el silencio de esa noche perfecta, extraña. Para estar segura, lo dijiste en voz alta: Esto está pasando, esto es real. Te sentaste en la cama, contra la pared, abrazando las piernas. Detrás, allá afuera, respiraba el mar. Miraste las piernas de Alexis, largas, musculosas, con el vello tierno y oscuro. Miraste tus muslos tersos, con restos de menstruación, de semen. El amor solo conmueve en los cuerpos muy jóvenes… —hubiera dicho Amalia— Por eso los usan tanto en las películas. Pero ahora lo pensaste al revés: que era la vida la que hacía las películas. Una semana después ese mismo espejo te daba miedo, como si hubiera acumulado una sustancia aparte del azogue, una maldición. Te dolía la cabeza de tanto vigilar la calle, la curva obligada por la que venían los autos, los bañistas a pie. Eran casi las doce y no tenías sueño, ni recuerdas cuándo te dormiste, solo que te despertó una punzada, un peso en el vientre. La ventana del baño se abría hacia la playa, a esa hora desierta. Las olas iban y volvían bajo un amanecer rosáceo. Te subiste a la taza, aferrada al marco carcomido de la ventana, al absurdo de que él aún podía venir, aparecer de pronto por el agua. Y el lamido de las olas raspaba, se llevaba algo, desgastaba haciendo una llaga… una postilla… un callo...

Cuando escuchaste su voz, cuando lo viste en la acera, en la esquina de Malecón y Prado, lo primero que notaste fue que tenía el pelo más largo. Su olor, exento de salitre, de humedad. Aquel día… —dijo, con voz tranquila— de verdad quería ir. Hizo una pausa justo cuando paró aquel carro, el primero que no tenía subido el cristal. Faltaban segundos para el cambio de luz. No sabes de dónde salieron esos pasos que diste, desesperada hacia la ventanilla: ¿Pasa el túnel...? El chofer asintió, hasta se inclinó para abrir la puerta. Y al subir, al caer en el asiento, sentiste que te hundías, que no pisabas fondo… Asustada, lo buscaste en el espejito retrovisor: Alexis seguía ahí, de pie en el borde de la acera, como si esperara que el carro se detuviera de un golpe. Quisiste gritar ¡pare!, pero ya el chofer aceleraba y viste la diagonal de un muro, las losas del túnel, el ruido creció y las luces se volvieron un vértigo amarillo. El retrovisor desapareció, como el detritus en el remolino de la taza, se perdió en el espejo de Amalia, quien ya para esa fecha enviaba aquellas fotos con Joaquín desde Madrid, los dos de pie, contra un espejo enorme. Y la vieja reliquia con marco de relieves seguía soltando los pedazos de azogue, de realidad. Pasó a ser testigo de los cambios del cuarto, del desalojo del armario. Y hasta veía entrar a Edgar, (el que conocías también desde segundo grado y te aseguró que Alexis se había quedado en México). El espejo no reaccionaba ni cuando, doblada contra el escritorio, te mirabas desde un violento escorzo. Las posturas obscenas te aburrieron pronto. ¿Eso es todo? —le dijiste a Edgar— ¿ser libre es solo ser vulgar? Pero esa misma noche te sentiste frágil, casi real, algo escapó en el orgasmo dejándote esa indefensión que solo consigue una enfermedad, un accidente. Edgar susurraba: Te gusta porque el espejo hace una presencia, una tercera persona, es como no estar solos… No te atreviste a decirle que esa era una sensación gastada, como el acceso del clítoris por primera vez, a los nueve años, cuando te sorprendió Amalia frente a su espejo. Si había algo que aún te fascinaba era este abismo bajo una superficie plana, y cómo desaparece donde falta el azogue. Una prueba intangible de que existes, menos violenta que el detritus —hubiera dicho Amalia—, sí, menos violenta que esos vellos incrustados en el jabón que quitas con la uña, que el rastro resbaloso en la jabonera, que raspas con salfumán. Mira… ——dijo aquella tarde Alexismientras se enjuagaban en la ducha del patio, y señaló la arena que se acumulaba en la rejilla, el churre que se perdía en el interior del caño— ¿Recuerdas aquello de "la energía no se crea ni se destruye"? Incluso el churre no desaparece, sóolo cambia de sitio. Entonces te volviste hacia Edgar: Todo lo que estoy quitando va a parar a otra parte… Como el sol cuando dejamos de verlo pero está saliendo en otra parte del mundo. Edgar te había agarrado la mano y gritó: ¿Estás loca? ¡El salfumán quema! Puso tu mano bajo el chorro y la volteó varias veces, luego te secó cada dedo, cuidadosamente. Fue esa noche, te acuerdas bien, la última vez que lo hicieron contra el escritorio. Pensaste que no ibas a cerrar en ningún momento los ojos y miraste hasta el final, hasta que su brazo se crispó en tu cintura, cuando su cara se aflojó en tu espalda y la tuya se distendió con las lágrimas que goteaban sobre el mueble. Fue justo en ese instante que vino aquella idea: ¿por qué no desaparecer de ese espejo, borrar para siempre esa dimensión del cuarto? Edgar se sorprendió un poco pero terminó accediendo. Lo que no entendía es que hubiera que romperlo. No puedo venderlo —le decías— hay mucho de mi vida registrado en ese azogue, y cuando él alegó sobre la reflexión y no sabes qué leyes, respondiste que los espejos son objetos raros, de brujos y alquimistas, que alguien podría acceder a esa memoria oculta. Edgar cedió por fin, y al día siguiente todavía te buscabas en el espacio vacío, en el cuadrado de polvo, de un azul más oscuro que el resto de la pared. Las fracciones (reducidas con golpes lo más posible) refulgían desde el fondo del latón, y al verter basura encima te repugnó como si lo hicieras sobre tu propio cuerpo. El espejo del baño Edgar lo escondió en alguna parte. Puso un cartón contra el del interior de la vitrina. Solo sobrevivió el espejito del vanity, el que te regaló Amalia antes de irse. Abrías solo una ranura para que no perdiera ese olor a guardado, a algo remoto, a misterio. El resto fue más fácil de lo que parecía. Aprendiste a pintarte los ojos siguiendo la sensación de la punta pastosa entre las pestañas, los cambios de peso se notan por el espesor del cuerpo dentro de la ropa y hasta era posible peinarse guiándote por la presión del peine, sus dientes abriendo surcos dentro del pelo. Te volviste experta en detectar un espejo antes de entrar en su radio: en columnas de tiendas, alguna cafetería, las casas donde los ponen en la sala, por la moda del feng shui, de frente a la puerta. De los baños públicos casi desaparecieron por los 90. Los amish no usan espejos, dijo Amalia una vez. Entonces se podía, solo era cuestión de salvarse de la trampa, del reverso. Y al notar cualquier cristal desviabas la vista. Cuánta superficie atragantándose de gente, de poses, de pensamientos. Hasta oías sus voces, sus jadeos, (de placer y de dolor) cuando pasabas cerca de una zona de azogue. Pero era posible seguir de largo, ignorar los sonidos, hasta la señal de luz. Era posible el olvido. Y funcionó hasta esa mañana, cuando Edgar se antojó de viajar juntos a Matanzas para que sus padres por fin te conocieran. Llegaron de madrugada, y estabas tan cansada que no notaste aquel rectángulo, al final de la pared. Te sorprendió al amanecer cuando te sentaste en la cama, extrañada de no encontrar la ventana de tu cuarto, (lo primero que buscabas al despertar). La extensión plateada estremecía los objetos que entraban en su dominio. Era a causa del aire, pero decidiste que no, que todo lo que entraba a formar parte del azogue se volvía incierto, inconsistente. Si  ladeabas la cabeza el temblor se expandía, incluso al cuerpo de Edgar, desnudo entre tramos de sábana. Y ese otro cuerpo que se acerca, ¿Eres tú? —preguntaba el azogue. Y tocabas la boca que ahora se diluía, más suave, donde antes había un rictus, un declive que absorbe la tristeza —ironizaba Amalia tapando con polvo facial su propia marca. Sí, como la arena chupa el agua que se le aproxima, hubiera dicho Alexis. Cuando Edgar despertó y te vio frente al espejo, estaba tan feliz que no pareció asombrarse. Al acompañarte al baño, por si acaso te indicó el espejo ovalado, pero te encogiste de hombros y entonces te abrazó, murmurando: No te demores, nos esperan para desayunar. Sentada en la taza, debieron pasar cinco, diez… tal vez doce minutos. Pasabas la punta de los dedos húmeda, por el relieve vertical, bajo el blúmer. Desaparecer los espejos no había cambiado nada. Muchas veces, cuando Edgar se quedaba leyendo en la cama, incluso si desde ahí te leía algún poema, seguías buscando en el baño esa libertad. En el último segundo, antes de contraerte, te veías correr, perderte en un espacio blanco. No eras mujer, ni niña, ni siquiera un latido en el centro de algo. Eras la plenitud de una conciencia donde no había ningún mal, ninguna tristeza. No había sentido esto con nadie —le dijiste a Alexis esa noche, antes de que se durmiera— Yo sola sí, desde niña, pero con parejas… nunca. Llegué a pensar que el verdadero sexo era masturbarse. Como en todos esos momentos que uno llama mágicos, (pero solo después), él sonrió como si ya lo supiera. Y cuando te hundiste en su pecho sabías que no había que agregar nada. ¿Te falta mucho? La voz de Edgar te estremeció. ¡Ya voy! —gritaste abriendo la pila para que el ruido disfrazara tu voz. En ese mismo momento fue que lo notaste, allí, junto a la bañera, el pomo con un líquido amarillo. Debió quedársele a la madre de Edgar, pensabas cuando lo alzaste del piso examinando la etiqueta. La tapa, empotrada en la boca, no fue fácil sacarla, y era imposible no recordar a Amalia escondiendo el salfumán después de remarcar en el papel con pintura negra: VENENO. Pero ni siquiera ella te dijo que sería tan horrible, que abrasaría enseguida la lengua, las encías, ¿fue el espejo lo que sonó cuando te agarraste al caer? O tal vez la puerta en un solo golpe, contra la pared. Eso sí, recuerdas la cara espantada de Edgar mientras algo arrasaba, demolía por dentro, y contraer o soltar o tragar el agua que te vertía en la boca no producía alivio. El azogue miraba desde su superficie pulida, lisa, donde los gritos rebotan, a los padres de Edgar y más caras borrosas, ¡si hubieran sabido que se veían ajenos, distantes, como en una película! Después vino ese frío de la camilla contra la espalda, como el agua en el túnel, perderse en el pasadizo de porcelana, quedarse ahí, inmóvil, junto a las marcas del detritus.

Pero cómo ahoga el olor del salfumán, entra quemando en la nariz, en la garganta, enfría las manos hasta el hueso. Te vuelves hacia la mujer que hace un rabioso círculo con el palo. Ahora la ves tirar de la cadena y la taza hace ruido al tragar, como si le doliera, como si le raspara. No sentarse nunca en la taza —insistía Amalia—, las marcas que deja el detritus se adaptan, parasitan. Las hembras aspiramos todo por la vagina. Abres la pila del lavamanos, enjuagas bien los dedos frotándolos con fuerza. Miras el espejo por última vez.

 

Qué ruido hace aquí afuera. Buscas entre los caminantes que cruzan lo más rápido posible  el parque, escapando del sol, entre los que se aglomeran frente a la guagua. Y cuando estás a punto de pensar que Alexis se cansó de esperar, lo descubres en el círculo de césped, bajo el Quijote de hierro, enjuto y oxidado, tan triste en su ademán de desafío. Alexis alza la vista al sentir tu sombra proyectada sobre las páginas del libro. Sonríe, abre mucho los ojos y pregunta: ¿Por qué te demoraste tanto?

 


Verónica Vega nació en La Habana en 1965. Es autora de la novela Aquí lo que hay es que irse, traducida al francés como Partir, un point c’est tout (Christian Bourgois, 2010). Este cuento pertenece al libro inédito Y si el túnel fuera de cristal.

Otro cuento suyo: Chocolate.

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