Lunes, 11 de Diciembre de 2017
10:46 CET.
Narrativa

El hombre del Mar de Banda

Recién le han dado un nombre al mar. A ese particular mar que por siglos y siglos creerán que es un lago. Un nombre anterior al nombre que le darán las sucesivas tribus hasta que llegue la gran tribu de los blancos, dueños de la pólvora, el texto y todos los nombres de la resucitada tierra.

Este hombre no es un jefe. Tiene la triste autoridad de los hombres que son imprescindibles a los jefes. Ha aprendido a ser leal sin incurrir en la complacencia. Discreto sin cerrarse a las confesiones. Valiente sin ocupar la leyenda. Las mujeres de su casa lo atienden con la callada solicitud del desamor. Sus hijos ya son, como todos los hijos, un enigma. A su cuerpo y a sus sueños se le están acabando los años. Está solo. Está otra vez de vuelta. 

Confía en ese mar y el nombre de ese mar. Desde niño ha escuchado crecer ese nombre. En principio, era un nombre complejo, obtusamente metafórico, entre los pescadores que se atrevían a pasar la noche sin tierra firme a la vista. Luego, las variantes del nombre de ese mar alcanzaron las lenguas selva adentro. Las mínimas lenguas del forrajeo y el incesto. Finalmente, el nombre se hizo simple, directo, de sal y madera. Entre gente que no había visto ese mar, ningún mar, el nombre transmitía el misterio de los volúmenes oscuros e inmensos. Un nombre que es acción y objeto, como una barca y sus redes y el frenesí de la plena pesca.

Hace días que este hombre evita a su propio séquito. Se disculpa con achaques de anciano, con innecesarias reparaciones a sus canoas, con caprichosas exploraciones en las insignificantes cercanías. La observación de ese mar le ha revelado el espíritu de los hombres. La marea alta y la marea baja del espíritu. Ha visto a los jóvenes ocultar provisiones en una lejana caleta. Frutas demasiado verdes, aceites de palma y girasol, pieles, cuerdas, ceremoniales joyas. Demasiadas hachas. Demasiadas flechas. La impedimenta de un viaje sin regreso. Ocultan, sobre todo, la feroz ilusión de ser diferentes. Los más indiscretos no cesan de hablar de las costumbres de la luna llena y la cadena de islas que desembocan en un estrecho de aguas desesperadamente azules. Si hay pájaros que van y vienen, ¿a dónde van, de dónde vienen?

Con una antorcha de luz viva, con un remo que no miente en la tormenta, este hombre aguardará por los jóvenes en alta mar. La historia no da fe del hecho. Caben esperar las dudas, los crímenes, la celosa hermandad, la anónima nobleza de las fundadoras travesías. En el poema, en la tierra de nadie de las cosas escritas, donde un nombre expresa el mar y las barcas y los días entre un destino y otro destino, bien pudo ser, bien puede que este hombre sea el primero en pisar las rojas, insaciables, corales playas de Australia.


Andrés Reynaldo nació en Calabazar de Sagua, en 1953. Su libro publicado más reciente es El problema de Ulises (Hypermedia, Madrid, 2015).

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