Lunes, 11 de Diciembre de 2017
18:14 CET.
Crítica

Un triste tigre negro nos convida

Cuando uno pensaba que ya se habían inventado todas las fugas, las de Bach, que son leves pero profundas; las de Alcatraz, que son impredecibles; La fuga de las horas, la Tocata y Fuga, e incluso esas antiguas y constantes fugas de uno mismo, que pertenecen más al mundo de los lelos, o al reino de Freud, llega José Hugo Fernández cabalgando un tigre negro que es el más terrible de los tigres: un tigre nocturno y alucinado donde escapa el protagonista de esta novela para ser, en sueños, lo que no puede ni podrá ser en vida.

Un tigre como metáfora del miedo, como representación de la fuga, como visualización de todo lo que nos va devorando el alma. Un tigre que uno espera ver, con su veloz salto azabache, y que espera en silencio, párrafo tras párrafo, solamente para comprender que, a la manera de aquel tigre de Tracy, o tal vez al felino lleno de fuego y maldad que describió William Blake para que nos persiguiera eternamente, es intangible, invisible, e intocable. Pero que nos tragará irremediablemente entre temblores.

También Jorge Luis Borges habló de un tigre, como si se refiriera al tigre negro de esta novela atrevida y divertida de José Hugo Fernández cuando escribió sentencioso: "Un tercer tigre buscaremos".

Era este. Era el que ruge y ronronea a través de los tres planos de esta novela que habla de miserias y alucinaciones, de la actualidad y de un pasado que idealizamos todos para que nuestra fuga de un presente horroroso no deje marcas de colmillos.

Una novela en tres momentos, que fluye contada con asombro en primera persona por un hombre que se hace doble: el enfermo mental que usa esos hongos que nacen sobre la mierda de las vacas en pleno campo para convertirse en un reportero de un diario sensacionalista de los años 40, y que, en su deseo de ser algo, o alguien, en busca de la credibilidad y casi de la perfección, comete un delito que le perseguirá desde el sueño hasta su fatídica realidad, obligándolo a entrar en una espiral de miedos y delirios.

Este es el retrato que hace, fuera de la novela, José Hugo Fernández del protagonista de El tigre negro: es un tipo totalmente enloquecido, cínico, nihilista, ex preso, exloco de manicomio, marginal, periodista independiente por accidente (de la barriga), escritor al que no le publican ni le dan trabajo, un tipo sin hogar, sin conciencia política ni ciudadana, a quien las cosas le van mal en el amor, como en casi todo, y que no tiene amigos, ni abrigo familiar.

Ese es, en breves y duros trazos, su semblanza, que pudiera ser la de Nelson La Situación, otro de los personajes que viajan a lomos de este tigre, quien dice de sí mismo que el día que nació su madre parió dos gemelos: él y su miedo.

Quiero leer el párrafo donde realmente comienza todo, es decir, donde nace ese tigre en medio de una selva cotidiana. En su sueño delirante, en esa fuga a los años 40 del siglo XX, el protagonista se transforma en un periodista deseoso de conectar con un público morboso, y con sus jefes. Esto es lo que cuenta de uno de sus primeros encargos:

"Pongamos por caso una fotografía del fiambre exangüe y con el puñal clavado hasta el cabo en la mitad del pecho. Pero en aquella habitación el cadáver y el arma homicida estaban cada cual por su rumbo, como los ojos de un bizco. Así que en mala hora se me ocurrió ir rápidamente a recoger el cuchillo para clavárselo en el pecho al cadáver con la sana idea de tomarle algunas fotos. Dicho y hecho. Había logrado adelantarme a la policía y a los demás reporteros mediante esa ocurrencia que indudablemente me situaba a un paso del palo noticioso, pero a menos de una nariz de la cárcel".

Va por ahí uno de los caminos de esta narración divertida y llena de imaginación, y que nos plantea, como si nos encontráramos un oscuro tigre sentado en nuestro sitio preferido del sofá cuando llegamos a casa, este acertijo: ¿La búsqueda de la credibilidad, el deseo de la perfección son buenos o son nefastos en la vida?

Así, con testimonios propios que parecen de otros, entre el sueño y la vigilia, navegando entre la amarga realidad de una miserable Habana actual, y esa recurrente fuga a un pasado donde el héroe o el antihéroe de la novela se siente protegido y lo idealiza para encontrar los amores y las aventuras que la dura vida real le tiene negada, transcurre o camina ese tigre negro que José Hugo Fernández nos invita hoy a disfrutar.

Pero no piense el lector que sus ojos se llenarán de repulsión y de desgracias. La miseria está ahí como telón de fondo, pero en el fondo esta es una novela divertida, profundamente divertida y llena de burlones acertijos y guiños.

Y donde se cuentan esos sueños que sueña, con hongos alucinógenos, el falso periodista del ayer, que hace feliz al hombre de hoy. Y uno no sabe nunca dónde  empieza o termina la locura.

O si los tigres negros nos rodean siempre, pero nunca los vemos, hasta que ya es demasiado tarde.

No digo más. Ahora este tigre les pertenece. Cómprenlo y llévenlo a sus casas.


José Hugo Fernández, El tigre negro (Miami, 2015).

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