Lunes, 18 de Diciembre de 2017
00:36 CET.
NARRATIVA

Reykjavík y tú (fragmento)

Entrar al Metropolitan Museum y quedar decepcionado ante las ruinas y estatuas. Trapos. Piedras que fueron columnas. Joyas oxidadas. Máscaras de valor invaluable. Heces históricas.

Escupir en una esquina. No importan las cámaras de seguridad. Escupo en el piso y en la pared. En los banquitos de temporada. También en un lienzo maltratado por la iluminación de vanguardia. Parece una pintura de aliento recónditamente holandés. Todos los cuadros aquí lo parecen. Nueva York sigue siendo en muchos sentidos New Amsterdam.

En La Habana me gustaban más los museos. Eran más rupestres, menos mentirosos. Tenían algo de otro mundo. Un no-sé-qué irrecuperable en los Estados Unidos de América. Como lluvia de infancia. Como el humo de las locomotoras en las películas. Como soñar con muertos. Como despertar y no estar parado otra vez aquí, en la mierda metropolitana de la capital del planeta.

Cuando mi mente se acelere un poquito más, vendré a este mismo sitio a orinar, a defecar. Un viejo indecente de cuarenta y tantos. Con suerte, también a suicidarme en una galería del Renacimiento. Será un corte limpio, altanero, de cirujano, con una de aquellas cuchillas de afeitar que solo se vendían en Cuba. Sputnik, Vostok.

Ah, mis brazos abiertos, las muñecas goteantes. Las venas vacías, vaciadas, enviciadas de verse verterse. Vocabulario, vocubalario. Los colores inevitables, vitales, vitrales. Las palabras no paran. El rojo de la sangre, el rojo del comunismo, el rojo de las pañoletas de los pioneros, el rojo del triángulo tétrico de la bandera, el rojo del capirote ridículo del Cardenal, el rojo revolucionario que baña los sueños anémicos de nuestro Marat más marxista que Marx.

Y después del rojo y la rabia, viene entonces el descolor que fue excluido del arco iris y que por eso mismo lo incluye completo: el lujo del blanco, el luto del blanco, la lujuria del blanco, la locura del blanco. Plata perversa, piel pálida, leche tibia desde tus tetas hasta mis testículos. Ah, morir en un museo de la metrópolis y con la lengua afuera: música mística de la mediocridad.

Avanzo. Paso a paso. No quepo en mi aburrimiento. Retrocedo. Pose a pose. No me cabe una pizca más de asombro. Me pierdo y vuelvo sobre mis pasos. Es tan cándido este laberinto. Estoy cansado de permanecer horas y horas de pie. Tiritando. Y encima tener que contarlo, sin entender bien cómo o por qué. Ni para quién. Hace mucho que no tengo contemporáneos. Los cubanos somos cada uno una isla. Teatro de títeres sin titiritero. Y en cada una de esas islas ya no habita nadie llamado Orlando Luis.

Debo calmarme. Tampoco quiero asustar a medio planeta. Al menos, no hoy. Me comporto. Soy un ciudadano de primera categoría, un intelectual incisivo. Así que miro cada objeto como si fuera posible la Historia. Como si fuera posible la Humanidad. Como si la cultura misma no fuera otra cosa que los incontables cadáveres de un libro para niños llamado La Historia de la Humanidad

Respiro. Recorro los salones y espacios. Aguanto la respiración. El oxígeno se acumula. El aire me hiperventila los bronquios. Estoy a punto de decir algo muy grande, lo intuyo. Muy reactivo, como el ozono. Magistral, tú lo intuyes, mi amor. Muy reaccionario.

Decir desde de la garganta y aún más abajo. Desde el páncreas, qué privilegio. Desde la ingle, qué intemperie. Desde la pinga en sí. No sé qué me pasa, no sé lo que nos pasó. Cuéntenme, coño. No me dejen solo, hijos de puta.

Palpo las palabras empinadas bajo mi portañuela, ante un lienzo en blanco con un punto en blanco borrado en 1902. Barbarie sobre barbarie sobre barbarie. Bodrio sobre bodrio sobre bodrio.

Levanto la vista. Aprieto los muslos. Siento la dureza de mis testículos. Duelen. Cojones coagulados de comida basura. Cruzo las rodillas y, como peor puedo, trato de disimular mi erección. Pena de tener un pene: conjugación predecible para mal rematar un párrafo.

Miro al cielo. Reparo en el falso techo de los pabellones. Lámparas anacrónicas, detectores de humo, sensores de movimiento. La nuca se me quiere partir. Veo alarmas futuristas. Bajo la cabeza, miro al suelo. Veo alcantarillas construidas antes que el propio edificio. Y una salida de emergencia que dice EXIT en, por supuesto, rojo sobre un fondo blanco. Uniforme de la Cruz Roja cubana. Otra válvula de escape: el éxodo como sucedáneo del éxito. Terapia intensiva insular, insulsa, insultante.

Me mareo. Busco apoyo en una pared. Espero que nadie la haya escupido, vomitado, meado o cagado antes que yo. Es el hado de los apátridas. Me encandila una pantalla extrafina con mapas y flechas, instrucciones de píxeles que una bocina paladea en esa lengua muerta llamada el inglés: You, Are, Here. Parece, pronunciado, argot, cubanoamericano, del peorcito: ese argot sacado de Google Translate con que hoy te hablan los hijos de los Peter Pan millonarios.

Angustia anglo con carácter retroactivo. Es simple, es atroz. Es vertiginoso, es real. Estoy yo, soy ahora y aquí. Qué náusea de qué náusea. Búscame antes de que sea demasiado temprano para encontrarme.

No se sienten ni rastros de calefacción. Tengo el cuerpo entumido desde hace días. Me duelen los dedos. Se me rajan los labios. Sangro sensacionalmente por la nariz. Se me olvidan las cosas. Tengo hambre y no me dan ganas de comer. Lo que mastico no me sabe ni a hierba. Este es el fin. No me muevo. El mío, el tuyo, el nuestro. Ya era hora. Hace mucho que nos merecíamos una verdad así. Terminal. Qué belleza, cuánto veneno. Qué intimidante estado de intimidad. Y en público. Necesitaría ir al baño. Me estoy muriendo de miedo, de miseria. De misericordia, también. Me estoy acordando de mí. Soy todos, soy nadie, soy Orlando Luis.

Casi termina marzo y todavía hace un frío que cala. Pero igual estoy rodeado de niños neoyorkinos con sus ropitas de sport. Para ellos no existe el clima. Sonríen a sus ocho o sus veintitrés años como si la vida estuviera por empezar. Hoy, por ejemplo. Este atardecer a medio camino de la primavera.

Ninguno de ellos ha oído nunca la palabra fidel. Ya tendrán tiempo. O no. Tal vez sus maestros y padres los han traído al museo precisamente para buscar este tipo de iluminación. Tal vez son judíos cubanos. Tal vez sean hijos de la anorgasmia gay de un Alan Gross con un Super Elián, por ejemplo. Necesitamos un superhéroe de urgencia. Necesitamos necesitar una noción de nación.

Aquí están los hijos de los hijos de la guerrilla latinoamericana, puestos a crecer lejos de las ráfagas y cerca de sus tarjetas de crédito. El Tercer Mundo y sus caudillos del subdesarrollo. Política de lo siniestramente correcto. Obamificación de la solidaridad, democracia de utilería. Ganó Fidel. Mírame, de madre, y por tu horror no llores. No tengo desperdicio. Los mejores posamos como piltrafa, como desparpajo, como perdedores del proletariado. Pero no hay cordura sin una dosis concomitante de calamidad. Desde José Martí ningún cubano escribía con tanta angustia cubana desde Nueva York.

Niños. Los miro no con malicia, sino con maldad. Que es lo más parecido a la contrición. Los amo, punto final. Los niños son la enfermedad del futuro. No paran de moverse. Imitan a insectos, a personajes brownianos de alguna serie clase Z de televisión. Son niños vírgenes de Norteamérica, una civilización post-castrismo. Qué lástima. Viven en plena apoteosis del espectáculo, en medio del idilio de la cultura del copy-and-paste. Son cultos y comen pastas. Son una secta gástrica desde el kindergarten hasta la academia.

Yo trago en seco. Esputo estéril, imposible volver a escupir. Además, tengo hambre, para que se enteren. Los mejores pasamos hambre en Nueva York, ¿y qué? Así que acato el EXIT rojo de neón sobre neones blancos, y salgo propulsado por este gas noble hacia el patio central. Como un peo de patria, espejo de impertinencia. Me voy a desmayar, voy a sufrir un descenso. Como Fidel.

 


Orlando Luis Pardo Lazo nació en La Habana en 1971. Ha publicado Boring Home (Premio Franz Kafka, 2009) y editó la antología Cuba in Splinters: Eleven Stories from the New Cuba (OR Books, Nueva York, 2014). Este fragmento pertenece a una novela en preparación.

Más narrativa suya: ¿Qué hacemos todos aquí?, El hematólogo y A Lawton ni soñando.

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