Lunes, 18 de Diciembre de 2017
21:24 CET.
Narrativa

Cóctel Molotov

 

Mis pensamientos son cócteles molotov. Aunque no siempre. A veces también son bazucas. Pero esta mañana siento que me explotan dentro de la cabeza, así que son cócteles molotov. ¿Por qué me irán tan mal las cosas? No digamos ya en el amor, donde lo corriente es que me vayan mal, sino en otras áreas. Por ejemplo la de mis investigaciones en torno a las chaladuras del crimen pasional. En el amor, las cosas empezaron a irme mal desde que me casaron con una vaca. Fue mi primera experiencia, es decir mi primer trauma matrimonial. Y tenía solamente dieciséis años. El jefe del batallón donde pasaba el servicio militar supo que había estado acosando sexualmente a una de las vacas de una vaquería colindante con nuestra unidad, y se encargó de organizar la boda. Buscó a un notario, vistió a la vaca de blanco con su correspondiente corona de laurel sobre los tarros. Entonces nos convocaron a todos para el polígono de los ejercicios. Allí, frente a la tropa en pleno, se llevó a cabo la ceremonia. Hubo ambiente festivo. Pero al final no fui feliz, pues, por más que me esforzara, la vaca no salía embarazada. Tampoco llegué a conseguir que me mirase fijo, ni una sola vez en todo el tiempo de nuestra relación, pero eso se lo habría perdonado. Las vacas, solo Dios podrá explicar por qué, no saben mirar fijo, o no saben mirar fijo a los ojos, puesto que para algún sitio deben saber mirar. Me gustaría conocer a cualquier persona que esté segura de haber intercambiado miradas a los ojos con una vaca. Hay un texto de un escritor polaco que vivió muchos años entre vacas argentinas. Y él deja constancia de un cierto entrecruzamiento de miradas al blanco de los ojos que sostuvo una vez con una vaca. Pero su testimonio no me convence. Tiene toda la traza de las percepciones sugestivas. Dice el polaco (su apellido, Gombrowicz, me tuerce la lengua) que aquel intercambio de miradas entre una vaca y él los igualó a los dos. ¿Será que creyó haberse convertido en una vaca en el momento en que miraba a la vaca? ¿O será que solo se sintió argentino como la vaca? Nunca tuve tratos con vacas argentinas pero no me parece que sean muy distintas a la vaca que fue mi esposa. Y si hay diferencias, supongo que no radiquen en sus respectivas formas de mirar. A todas las vacas les gusta hacernos creer que nos miran, pero yo juraría que nos ven sin mirarnos. Al revés de lo que hacen las personas. Y si aquel polaco escribió tal zarandaja debió ser porque estaba recordando lo escrito por otro escritor, según el cual, los ojos que a ti te miran son ojos porque te miran y no porque tú los ves. Con lo que tampoco estoy de acuerdo, porque entonces ¿qué podríamos decir que son los ojos de los ciegos? Ojos que son ojos porque tú los ves. Del mismo modo que los ojos de las vacas son ojos porque te ven, por más que no te miren, o que no te miren fijo a los ojos. Si lo sabré yo, habiendo sido esa una de las causas de mi primer fracaso matrimonial.

 


José Hugo Fernández nació en La Habana en 1954. Ha publicado las novelas Siluetas contra el muro (CreateSpace Independent Publishing Platform, Miami, 2010) y Hombre recostado a una victrola (CreateSpace Independent Publishing Platform, Miami, 2011), entre otros libros.

Cóctel Molotov se presenta hoy en el Festival 'Vista' de Miami.

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Imagen de Anónimo

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