Sábado, 16 de Diciembre de 2017
01:31 CET.
Narrativa

Cine móvil

El hermano del medio dijo que los tres nos íbamos de viaje, ya, tierra adentro. Era el único que sabía manejar, por eso se apareció con la máquina que había pertenecido a nuestro padre en los lejanos tiempos de la bonanza.

Los tres canosos, un poco calvos, gordos y con hijos y esposas que apenas practicaban la tolerancia mutua, nunca habíamos vuelto a hacer un viaje juntos desde aquella época en que nos comportábamos como los niños salvajes que nuestro padre encerraba en la parte trasera de su máquina.

Mi otro hermano, el mayor, era quien mejor conocía el camino, aunque igual temía se lo hubieran cambiado o borrado con el paso de los años. Nadie estaba en condiciones tan óptimas como él para intentar recordar la ruta usada por nuestro padre cuando transportaba su pequeña fábrica hacia lugares intrincados donde no existía corriente eléctrica.

Creó un pasadizo secreto que comunicaba con zonas desconocidas, pueblos remotos y desatendidos, a los cuales suministraba las novedades del mundo. Unos años después del triunfo de la Revolución y la gradual militarización del país en permanentes preparativos para la guerra, aún salía en viajes de negocios que podían parecer las clásicas desviaciones del matrimonio, en secreto, porque, además de buscarse la vida, tenía —así se justificaba— responsabilidades con sus clientes, ya que existían películas de primera necesidad que esperaban que él lograse introducir en lugares abandonados por la mano de Dios.

Salimos a través un terraplén en el fondo del pueblo, después tomamos la carretera del aeropuerto a medio hacer, y entramos a una red de guardarrayas de tierra blanca que nos hundieron por último en la maraña de los maniguales y los trillos. El del medio llevaba un mapa abierto sobre sus piernas. Pero el mayor, quien tuvo más ocasiones de escuchar sus cuentos nostálgicos durante la vejez, dijo que buscábamos un pueblo que no existía en ningún mapa.

El cine sobre ruedas, su invento particular, se componía de un grupo de piezas grandes y pequeñas. En primer lugar, una máquina Chevrolet capaz de vencer lo mismo el pasto alto de los meses de verano que el fango y las lagunas de la primavera, luego un proyector adaptado al motor de la máquina a través de cables, y por último una sábana blanca cogida con presillas a un bastidor de madera.

A veces armaba su negocio dentro de un barracón, el que tuviese menos hendijas, para evitar los mirahuecos y los tacaños. Y le contó al mayor, además, cómo se llevaba siempre con él a un poeta improvisador que sabía leer, para que dijese los subtítulos, y a veces hasta los cantaba.

Yo conservaba el recuerdo de una máquina, vista desde mi asiento trasero, muy amplia, con un sinfín de rincones que me permitían esconder muchas cosas. Pero, ahora, me sentía contrariado, porque casi no cabíamos en el interior de aquel latón estrecho.

Avanzábamos a campo traviesa y quizás a demasiada velocidad para las posibilidades de un auto tan antiguo. Más de una vez tomé a mis hermanos por los codos, asustado, creyendo ver venir de frente  una vaca o un caballo.

Se hizo de noche, pero no paramos, seguimos con más atención, tanteando las sugerencias del mayor que disfrutaba su alarde de memoria. Y, cuando creíamos que empezaba a amanecer y dejábamos atrás los miedos y la duda indeterminada de la noche, resulta que sólo arribábamos, nos acercábamos a nuestro destino.

Entramos en la claridad de un sitio habitado amplia y sofisticadamente. No era de imaginar lo que podíamos ver.

Ahora no teníamos delante, y por mucho, uno de aquellos pueblos apagados y en ruinas que estábamos acostumbrados a encontrar en el interior de nuestro país,  aldeas que no levantaban ni una cuarta del suelo en medio de una isla arrasada por las malas leyes, la envidia humana y la furia de los ciclones.

Nadie nos interceptó en la entrada, aunque hubo quien volteó la cabeza para mirarnos. Giramos en una rotonda y nos detuvimos, orillándonos contra una acera, al lado de un pequeño parque.

Los edificios, de tan perfectos, parecían dibujados en vez de construido bloque a bloque. Por la homogeneidad y nitidez de las capas de colores —para unos ojos como los nuestros, que en su vida nunca vieron más de dos casas o una cuadra completa en buen estado— parecía que el pueblo hubiera sido levantado e inaugurado solo unos segundos antes de nosotros llegar: ningún ladrillo cuarteado o sin pintura, y ni una pared descascarada.

El aire fresco transportaba olores dulces y suaves. Se oía una música íntima, salida misteriosamente de un restaurante o una cantina.

Palpitaba la vida nocturna en pleno desarrollo. A pesar de la hora de la noche, se veía que muy pocos por allí preferían meterse en sus camas. Ágiles, y cargados de energía positiva, se repartían entre cafés, teatros y tiendas que, a pesar del tráfico y el comercio incesante, mantenían aspecto de sencillas habitaciones domésticas. El cielo de la noche, opaco y solo desgarrado por alguna que otra estrella, recortaba con precisión los edificios de un pueblo autosuficiente, lleno de luces y serenidad.

Se abrió una ventana detrás de nosotros, con potencia, golpeando contra la pared, y asomó un hombre con el torso desnudo que nos miró por un instante, aunque nosotros nos quedaríamos observándolo todavía cuando levantó la cabeza para darse un trago, escupió hacia la calle y, luego, pasándose la mano por su cabello engomado, dirigió una mirada suspicaz hacia ambos extremos, sonrió y cerró la ventana —esto último con delicadeza—. Lo conocíamos bien. Sus canciones en el filme Tú y las nubes, del año 1955, habían causado una ola de llantos y desmayos femeninos que nuestro padre ayudó a extender por los campos más distantes.

Alguien que fumaba recostado a un poste en la esquina, esperó que aquella escupida cayera al pavimento y pasaran sobre ella uno, dos, tres autos, para aplastar su cigarro con la punta de un zapato y venir caminando despacio, con sus manos embutidas en los bolsillos de su gabán y con un sombrero de ala corta que no alcanzaba a cubrir su cara cortada, ni su media sonrisa. Tomó a una mujer que salía del edificio por un brazo y se detuvieron a conversar frente a una escalera, en la puerta de un bar. Enseguida se les unieron otras mujeres, de facciones angulosas, envueltas por un halo maldito.

Al principio nos miraban de reojo. Sin duda hablaban del equipo de forasteros llegados al pueblo. Y, con gestos bien diferenciados, desde lejos, se nos insinuaban, a pesar de que su protector, un hombre rudo al que solo conseguíamos ver una mitad de su cicatriz, se esforzaba por acapararlas y desviar su atención.

Se nos encimaban, como sin querer, caminando provocativamente. Mis hermanos retrocedieron, siendo de la opinión de que el más joven era quien debía dar la cara por la familia y solventar un asunto de apetito o curiosidad femenina.

"Vaya, si es la Garbo...", dijo el del medio.

¿Dónde estamos?, yo me sentía tentado a preguntar. Pero el mayor, el de memoria mejor abastecida y entrenada, no tenía al respecto ninguna duda y suspiraba tranquilo. "En Sabanalamar."

Aquel nombre no me remitía a ningún sitio conocido de la geografía, aunque sí a una confusa leyenda, sobre un conde que planificó fundar un país en el monte del centro de la isla, y derrochó su fortuna intentándolo, o la enterró al final de su vida en algún punto que solo vieron sus esclavos, a los que esa misma noche envió al otro mundo, para él convertirse desde entonces en vagos rumores, bromas y cuentos sobre un jinete sin cabeza que por las noches sale a recorrer los límites que iban a ser las fronteras de su nación privada.

El nombre se dejaba paladear y envolver en evocaciones. Y, por más que yo intentaba justificar la confianza que me inspiraba, junto con la condición mínima del lugar, tan improbable, tan vivo y tan recogido, ningún elemento encontraba que me hiciese recordar algo ya visto o vivido, ni en las personas, ni en las cosas. Sin embargo, percibía un gusto familiar en el sonido del nombre, y pensé que, por tratarse de una palabra compuesta, el lugar podía remitir a una metáfora donde se unían también otras cosas y otras personas no menos impresionantes. Evidentemente faltaba el mar. Con el nombre de su ciudad, tal vez solo querían entregarnos, a los visitantes perdidos, un acertijo o un enigma para que nos quedáramos conectados.

¿Qué significa?, iba a preguntar a mis hermanos que se movían alrededor de una fuente de agua, atraídos por una pareja de cisnes labrados en una piedra entre azul y verde. Pero me encontré con su cara de enorme preocupación. "¿Qué te pasa?", me dijeron. "A mí nada —les respondí—, pero, ¿y a ustedes?"

Ambos habían perdido los colores de sus caras, de las manos, de la ropa y de todas y cada una de sus partes. Pero, así como yo los veía, increíblemente, ellos también me veían a mí: en blanco y negro.

"¿Que nos sucede?"

Las mujeres, después de examinarnos de cerca, contrariadas, nos dieron la espalda y volvieron, con paso apurado y descompuesto, a recogerse en torno a su galán. Él las esperó, bajo la luz de la esquina, sin rencor, sonriendo.

Nuestra excitación era creciente y legítima. Pero, en aquel lugar apartado, siempre seríamos, para todos y cada uno de ellos, unos viejos y anacrónicos hombres con aspecto de cintas de celuloide.

El mayor, inmóvil, suspiraba. El del medio, impaciente, daba saltos, esperanzado en poder quitarse de arriba un rayo de luz negra. Creía que alguien nos estaba apuntando, desde algún techo, con grandes reflectores.

Amagaba irse caminando en una dirección y, repentinamente, corría hacia el lado opuesto y estiraba y encogía sus brazos sin motivo alguno. Confiaba que, si conseguía separarse aunque fuese un milímetro del reflector que lo cubría, iba a ver pasar o reaparecer nuestro color original.

 


Francis Sánchez nació en Ceballos, Ciego de Ávila, en 1970. Sus últimos libros de poemas publicados son Extraño niño que dormía sobre un lobo (Letras Cubanas, La Habana, 2006) y Epitafios de nadie (Oriente, Santiago de Cuba, 2008).

Más narrativa suya: Lazo sanguíneo, Borges en La Habana, Ballet rojo e Historias de fantasmas.

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