Sábado, 16 de Diciembre de 2017
18:20 CET.
Crítica

Un hombre que mira al sudeste

En 2000 Julio Jiménez Jardines se graduó de Letras por la Universidad de Oriente y del curso de Técnicas Narrativas que organiza el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Así que no coincidimos, pues yo entraba a estudiar Historia del Arte justo entonces, pocos meses después de su egreso. Me interesó su mordacidad potente a raíz del accésit al Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba con "Criar una mosca"(2004), donde anunciaba algunos de los rasgos que definen hasta hoy su poética narrativa: un costumbrismo casi delirante y de índole surrealista; la moral del absurdo existencial; un narrador soez, en primera persona, herencia del realismo escatológico de finales del siglo XX; la ubicación de sus historias en espacios alienantes y encerrados; una literatura reactiva, de esencias kafkiana y orweliana a partes iguales, producto estético de las sociedades abocadas al derrumbe del totalitarismo.

Su producción se acerca tangencialmente a lo testimonial-traumático, una actitud escéptica y hedonista, en sintonía con la vocación pornográfica y expositiva de la mejor literatura cubana contemporánea, que mira, no solo allá fuera, al espacio público, sino, sobre todo, al interior del ámbito doméstico, a la convivencia como hazaña diaria.

Si con Cinco perros y un ratón (Ediciones Santiago, 2014) su estilo parecía definitivamente asentado, amén de un más que honorable Premio Oriente de Novela José Soler Puig 2015, con Aptitudes para el baile (notas al guión), aún en trámites editoriales, su más reciente libro, Un mundo tan blanco (Éditions Fra, 2015), acreedor del Premio de Novela de Gaveta Frank Kafka 2015, lo arrastra a un punto de inflexión en su carrera como narrador, ubicándolo en un entreverado de autores malditos, a su modo, una cofradía de inconformes- incorregibles, recalcitrantes todos, integrada por los que le antecedieron en la obtención del galardón que entrega la Embajada de la República Checa en Cuba: Orlando Freire Santana, por La sangre de la libertad; Orlando Luis Pardo Lazo, por Boring home; Ernesto Santana, por El carnaval y los muertos; Ahmel Echevarría, por Días de entrenamiento; Frank Correa,  por Larga es la noche; Ángel Santiesteban, por El verano en que Dios dormía; Abel Arcos, por 9550: Una posible interpretación del azul, y por méritos propios, Julio Jiménez Jardines.

Desde lo argumental Un mundo tan blanco es una noveleta que transcurre en una atmósfera hospitalaria, represiva, habitada por personajes-pacientes, patológicos, que nacieron allí y nunca han salido al exterior de las instalaciones sanitarias. Como opciones heréticas, la deserción del espacio clínico y el desacuerdo grupal e individual ante un reglamento disciplinario que proscribe, desde las intentonas y fugas al más allá, así sea al parqueo, hasta el simple cambio de vestiduras que deseche el uniforme de los internos, cuando el pijama a rayas, como surcos en la piel, habla sobre una sociedad con tendencia al anonimato y la disolución de los individuos, despersonalizados, homogenizados, penalizados, si violan las normas constituidas por las Brigadas Blancas.     

No es casual la elección del personaje protagónico, un amnésico drogadicto, ente de ínfulas demenciales, que se piensa y destruye desde la búsqueda, no de una salida o solución, sino del amor y la amistad, duraderos, perseverantes, a prueba de infortunios y purgas públicas.

Si se analiza con calma el personaje del inadaptado sicótico no es ajeno, como se podría pensar en un inicio, a la tradición literaria cubana, mucho menos en la escritura creativa más reciente, donde emergen a cada rato, travestidos de adolescentes y vírgenes suicidas, mártires del rock-sida, veteranos de la Guerra de Angola, mujeres al borde de un ataque de nervios, una gama de sujetos atormentados por cruentos procesos sociales que los superan. Lo interesante de Un mundo tan blanco es que nunca diagnostica la condición médica por la cual permanecen recluidos los personajes, al parecer de por vida en la institución médica, otras más de las locaciones que atiborran la literatura cubana contemporánea de becas en La Habana, escuelas al campo, manicomios, sanatorios, prisiones y pueblos fantasmas.

El espacio de reclusión colectiva e individual es una constante ambiental y escenográfica de la escritura creativa en Cuba. No es solo una cortina o telón de fondo con música incidental incorporada; es el entorno simbólico donde transcurren muchas de las historias de nuestras vidas. Julio Jiménez también está recluido a perpetuidad y su literatura es la resultante de observar el proceso de enajenación del individuo en su condición de ser humano racional, obligado a sufrir su inmersión involuntaria en una piscina de gelatina, casi viscosa del todo, donde permanece atrapado sin salida, empantanado, sin una escapatoria posible de intentar.

Julio Jiménez Jardines, escritor entrenado, nutre su literatura de muchos referentes cultos, fílmicos, textuales, por supuesto, pero no siempre, porque también habla el argot popular.

Narrado a modo de un diario neurótico donde se avanza y retrocede en el tiempo a voluntad del personaje protagónico, que intercala escenas e introspecciones, Un lugar tan blanco no es una noveleta que transcurre en una sociedad humana ficticia del todo. Por el contrario, aunque pretende enmascarar el referente geopolítico, es imposible soslayar el argumento de una historia que se remite a una realidad demasiado cercana como para ser eludida para pretender salvar así la integridad física del autor, sabedor de los riesgos que asume. Bastaría apenas el homenaje explícito a la canción "Sábanas blancas", del cantautor Gerardo Alfonso, o la apropiación a lugar de la retórica novelada y el estilo formal de las noticias luctuosas en televisión para entrar en situación dramática con una verdad nacional que se disfraza de absurdo porque narrar en las claves del realismo crítico, en esos términos, es aún imposible, desde las entrañas del monstruo.

Un mundo tan blanco es un ensayo sobre la ceguera y la senectud política, el anquilosamiento de ideales grandiosos trastocados en consignas vacías, de los que ven todo, siempre, en blanco y negro, o en escala de grises, en medio de un vacío luminoso pero silente, deshumanizado, que solo los complace a ellos.      

Muchos son los tópicos que anegan la novela de una credibilidad abrumadora, casi brutal, al enumerar sin piedad un catálogo de calamidades canónicas, consustanciales, recurrentes en los procesos sociales guiados por las izquierdas más tradicionales y conservadoras que, al intentar arreglar el mundo con las mejores intenciones, acaban pervirtiendo sus móviles y el camino correcto, implementando decisiones aberrantes, que entran en conflicto evidente con las bases humanistas de cualquier proyecto político pensado a la zurda.

Julio Jiménez Jardines emplaza para desmontar, una vez más, el mito nacional socialista del Hombre Nuevo, en apariencia puro, superior, a salvo de la contaminación radioactiva de los valores consumistas y pragmáticos del capitalismo globalizado y posmodernista.

También denuncia el carácter clasista y excluyente de la sociedad cubana contemporánea, que aparenta ser horizontal e inclusiva cuando en verdad es pirámide vertical, personalista, en la que el ejercicio del poder es un privilegio de una casta de afortunados individuos, autoinvestidos de toda la autoridad administrativa, que encarnan, en el caso de la novela, en los miembros de las Brigadas Blancas. Los linchamientos colectivos a los desertores que deciden abandonar el hospital para encontrar alguna terapia ocupacional fuera del claustro, o cambiarse de ropa, reclaman otra observación.

Los actos de repudio a los inadaptados y supuestos traidores a la Patria, esa fauna exótica e invertebrada, apostillada artificialmente desde el poder político intolerante que les adjudicó el apelativo denigrante de gusanos, constituye no solo una página oscura de la historia de la nación cubana, sino también el ingrediente básico de cierto tipo de literatura revisionista, que se remite al pasado conocido pero deformado para intentar corregir los olvidos usuales. De ahí la estructura funcional del diario personal como remedio contra la amnesia colectiva. También en la novela, en un plano que rebasa con creces el panfleto político, aunque juegue con candela en tal sentido, es loable el intento de reconstruir la noción de ciudadanía y sociedad civil organizada desde una perspectiva no sesgada por ningún criterio ideológico, aun cuando habla una que otra vez de la frugalidad material, el acceso estrecho a internet, el triunfo del burocratismo organizado a la manera de la mafia, sin olvidar otros ítems como  el trasiego de sustancias psicotrópicas, no solo en un sentido directo sino también figurado, como una alegoría del consumo de cualquier producto que afecte la conciencia del hombre, droga dura que nos ablanda el cerebro e incapacita para resistir de manera cívica, pacífica.

El colaboracionismo y la delación sistemática ante las autoridades policiales y políticas (si acaso es posible separar los poderes) de cualquier actividad o actitud sospechosa, punible, es otra experiencia común que documenta la vida privada de los otros, que dejan de ser tal, ahora parte de un plan maestro de vigilancia sistémica, fruto de la paranoia de observación por parte de un Estado policial, que en teoría reprime a los desobedientes y díscolos con la dulzura condescendiente de un hermano mayor. La novela rebosa de guiños alucinógenos y vomitivos, textuales, al Julio Cortázar de Carta a una señorita en París, un ejemplo apenas.

Un mundo tan blanco es una novela casi esperpéntica, iconoclasta para bien, muy política, levemente propagandística, sin llegar a la adulonería o el entreguismo de otros autores, bien asentados fuera de Cuba, que han hecho carrera y se armaron de una reputación corrosiva. Un mundo tan blanco es una novela anecdótica y atemporal, contradictoria, imprevisible, una de las primeras narrativas del deshielo cubano, que apuesta por los cambios inteligentes y necesarios para que Cuba deje de ser esa nación gris, uniformada, verde olivo.

A Julio Jiménez Jardines, un hombre extraordinario y extraño que mira al sudeste, no le importará chocar con la pared de las palabras y el escarnio de sus detractores, cuando los amantes y amigos devendrán enemigos íntimos con los cuales compartir la cama y los tragos amargos. Él nos advierte en cada línea: no confíen absolutamente en nadie. Por eso estoy seguro que no le temblaría la mano para pedirle al director que le deje guiar la orquesta, mientras una multitud de locos eufóricos toman por asalto el Hospital, entonando la Oda a la Alegría, ese coro de voces sobrehumanas que siempre nos sorprende y emociona hasta los huesos.

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Comentarios [ 4 ]

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Pareciera que lo único que hay que hacer para ser un escritor "digno" (?) es llegar a Miami. Es así que aquí en la pequeña habana y el South West funciona lo que he dado en llamar "la otra UNEAC": gente que sin conocer a un autor lo tildan de mediocre por vivir y publicar en Cuba. Como está el yogurt, sí, pero también la carnepuerco...

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Bueno, Arenas fue finalista del UNEAC con Celestino Antes del Alba. Y Victoria ganó El Caimán Barbudo con uno de sus cuentos. Cabrera Infante, por su parte, hijo de padres comunistas, apoyó abiertamente a Fidel Castro hasta que se desencantó con él. Así que purito purito no lo vamos a encontrar.

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Publicar en Cuba no significa necesariamente pactar con el sistema. Todo lo que ha publicado Julio Jiménez tiene su sal y su pimienta, no abiertamente antisistémica, que no tiene por qué serlo, pero si muy crítica, desde su posición de escritor honesto. Y todos saben lo que le espera ahora que salió a la luz Un mundo tan blanco. Quizás el ostracismo, pero ese es el precio a pagar, su cuota de sacrificio por una Cuba diferente.  Y si, es un esccritor maldito. El no trabaja en el Centro Onelio Jorge Cardoso y si lo hiciera eso no significaría nada en absoluto. Un trabajo como otro cualquiera, que no se va a morir de hambre.

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Firma; El Pionerito Diabálico'Maldito' Julio Jimenez? Con estos premios Santiago 2014, Oriente 2015, la Beca del Onelio del Chino Heras, todas aprobadas y reaprobadas por el MINCULT y el ICL? No jorobe el articulista y DDC,  'Maldito'?Cabrera Infante, Carlos Victoria, Labrador, Arenas deben estar dando vuelcos en la tumaba, jajajaja, malditos por estar al lado de Amhel Hchavarria, un premio a libros prohibidos y con puesto laboral en el Centro onelio y premios en toda Cuba castrista, jajaja. Como está el yogurt, caballeros.